El rebelde Josey Wales: Huido a Texas y La ruta de venganza de Josey Wales, de Forrest Carter

26 agosto, 2016

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Forrest Carter (1925-1978) no fue un autor prolífico, “solo” cuatro novelas, pero sí muy destacado, dejando al margen los motivos ajenos a los literarios, por los que se le supone un pasado segregacionista. Centrándonos en lo que nos interesan, atestiguan su talento Huido a Texas (Gone to Texas, 1973) y La ruta de venganza de Josey Wales (The vengeance trail of Josey Wales, 1976), recientemente recuperadas por la fundamental serie Frontera de la editorial Valdemar. De la adaptación cinematográfica de la primera de estas novelas nos ocuparemos en nuestro próximo artículo.

Tanto unionistas como confederados organizaron sus guerrillas de irregulares. En la zona nordista destacaron, no precisamente para bien, los llamados polainas rojas, en tanto que en la sudista, los actos de rebeldía también tuvieron sus propios nombres y sus apellidos, como William Clarke Quantrill (1837-1865) o William T. Anderson, apodado El Sanguinario (1839-1864).

Nada ejemplifica mejor esa escisión entre los territorios que el oportunismo del encargado de la barcaza que cruza un río de Misuri (Capítulo VI).

Es el de Josey Wales un personaje que, como recuerda Alfredo Lara (-) en su presentación, deambula entre la bruma de lo histórico y lo ahistórico, en los márgenes de lo épico y lo novelesco; de lo romántico-legendario, en definitiva. Del mismo modo que la causa de la guerra acaba por difuminarse para dar paso al bandidaje y la crueldad intrínseca de cada cual. Este fuera de la ley lo es por decisión propia, pero también por un vacío existencial. Una carencia que se va compensando de la forma más imprevista y azarosa, a lo largo de toda la novela Huido a Texas.

Forrest Carter
Y aunque Wales no formó parte de los guerrilleros de William Quantrill, este se inserta en dicho ámbito, una vez rechazada, por razones tan sencillas como complejas, la amnistía oficial de 1865. Y es que en todo conflicto bélico se produce un epifenómeno, por el cual una guerra acontece dentro de otra guerra, en las que la causa se esfuma para dar pie a las rencillas y pesares personales, manifestados, en repetidas ocasiones, a modo de crudas represalias.

Recientemente, un veterano comentarista de los que hablan ex cátedra en los medios de difusión -no entremos ahora en detallar acerca de la difusión de qué- aún equiparaba los graves disturbios raciales acaecidos últimamente en EEUU con la “salvaje” Conquista del Oeste, que es lo que siempre se suele traer a colación a falta de argumentos más informados, como si no hubieran mediado el tiempo y las circunstancias. Lo cierto es que hacer daño es relativamente fácil, tanto entonces como ahora. En concreto, la vida de Josey Wales da un vuelco inesperado aquel día de 1858, cuando su familia es asesinada a manos de unos desalmados polainas rojas y, literariamente, esta vida pasa a cubrir un concreto arco temporal que culmina en 1868, con la secuela.

De Wales escribe Carter que era pura montaña (I), ya antes de pasar ocho años cabalgando (verbo eufemísticamente rico) y mascando tabaco.

In the foothills, de Albert Bierstadt
Es curioso constatar en la novela la presencia de un humor torvo o (sanamente) torcido a cargo del personaje descrito por Carter, ya que este rasgo se traslada literalmente a la adaptación cinematográfica. Un sentido del humor que forma parte del proceso psicológico del personaje literario; incluso, en los certeros momentos en los que el lector puede penetrar en la mente de Wales casi telepáticamente, como sucede cuando es sorprendido por unos cazarrecompensas (IV) o, igualmente, respecto a la psicología del maduro cheroqui que lo acompaña, Lone Wade, del jefe comanche Diez Osos, o ya en la secuela, del pistolero Pancho Morino y el célebre apache Gerónimo (1829-1909).

En este sentido, Wales establece una relación tan intensa y sincrónica con el indio Wade que las palabras ya no eran necesarias (XIII). El mismo Diez Osos también se hace cargo de los sinsabores y dobleces del lenguaje cuando asegura, con total convicción, que los embaucadores siempre se expresan con dos lenguas, como los políticos. En su memorable encuentro con Josey Wales (XX), ambos se expresan como individuos, y no en representación de ningún gobierno o grupo ideológico.

The Last Council, de Mort Kunstler
Es este un recurso narrativo que es potestad de un narrador que sabe colocarse “fuera del relato”, para así poder avanzar o retroceder en el tiempo, abarcando la totalidad del mito y sobrevolando tanto la leyenda como determinados aspectos históricos (las reflexiones sobre la idiosincrasia de las tribus indias o los padecimientos de los protagonistas).

El personaje central queda perfectamente descrito, además, por medio de su habilidad en el manejo de sus colt cuarenta y cuatro, tan ágil que fue imposible distinguir un tiro de otro (XII). Así lo refrendan la entrada y el posterior incidente en territorio texano, o incluso mediante la forma de Wales de disparar su tabaco mascado a objetos, lagartos y perros. Abundando en esta composición, entre uno de sus recuerdos como fuera de la ley, está la precaución de hacer frente a los adversarios procurando tener el sol a la espalda, lo que Wales cumple escrupulosamente. 

Razones no le faltan para ello, la sensación de que las poblaciones habitadas son como islas dispersas en un mar arenoso de procelosos forajidos se incrementa por medio de comportamientos agresivos, solo a veces, honestos en su ferocidad frente a los que solo se sirven de estos como un refugio para su sadismo (XVI). Hasta que, poco a poco, Wales recompone parte de esa humanidad escindida, con la incorporación de otros personajes tan vapuleados como él. Tal como lo resume Lone Wade, si alguien le dice a otra persona que es familia, quiere decir que lo entiende (XVI).

Lee and Jackson, de Mort Künstler
A pesar de que el último capítulo de Huido a Texas (XXIV) denota cierto transcurrir del tiempo en el rancho que será la nueva vivienda de los personajes, la acción de La ruta de venganza de Josey Wales tiene lugar poco después, tras el áspero recorrido de redención que supone el relato precedente. El nombre de Josey Wales sigue siendo tenido en cuenta en muchas millas a la redonda. Incluso en México, país descrito como una herida cargada de ira (IV).

Este será el escenario principal de esta nueva incursión, no menos ingrata para algunos de sus protagonistas, si bien algo más lineal y sin la total fascinación desplegada en la anterior aventura. Acción e introspección se alternan en una novela aún más descarnada si cabe, en la que la frontera entre núcleos urbanos y paisajes se difumina totalmente: aquí el mal anida en todas partes, sin distinción, adornado por el grito de justicia salvaje del vengador, de un gozo inhumano (V).

Sin duda, en ambos relatos, los enemigos de Josey Wales son mucho peor que él. No olvidemos que, en primer lugar, el ex granjero y hombre de montaña es víctima antes que verdugo. Wales es un asocial, pero aún se rige por un código ético bien definido, apartándose, en lo posible, de los males a terceros. Como recuerda otro de sus acompañantes y amigos, el mexicano Chato, piensa lo que hace más que lo que dice (XII).

Twilight, de F. E. Church
De nuevo resurge la capacidad del narrador para reflexionar desde el “presente” (aquí de forma algo más maniquea, en cuanto a la visión de los conquistadores o del estoicismo espiritual de los indios apaches, XIII); a lo que sumamos la fortuita y bienvenida camaradería entre desconocidos que pronto dejan de serlo. De este modo, Wales trabará amistad con el indio tullido Pablo Gonzales (sic) que, a su vez, buscará el poder formar su propia familia junto a otros personajes descompuestos. En lontananza quedará la figura del aguerrido Gerónimo, líder indiscutido de los indios apaches.

En La ruta de venganza de Josey Wales cabe destacar la ejecución de dos duelos; uno a la manera clásica, entre Josey Wales y el pistolero Pancho Morino (IX), personaje secundario pero bien delineado; y el culminante, entre Wales y el inhumano capitán mexicano Jesús Escobedo y su tropa de irregulares, imagen viva del despotismo y de la adicción al poder. Duelo último en el que no es difícil detectar -desconozco si de forma intencionada o no- un guiño cinéfilo al enfrentamiento final planificado por Henry Hathaway (1898-1985) en su excelente Valor de ley (True Grit, 1969).

Escrito por Javier C. Aguilera

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