El autocine (XXVIII): Ulises, de Mario Camerini

09 agosto, 2016

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El viaje debería ser un fin y no un medio, aunque no tengamos conciencia de ello, o únicamente conozcamos aquello que queremos conocer. Pero sucede que entre lo que deseamos conocer bien puede hallarse lo desconocido, el afán de aventuras, incluso por encima de otras obligaciones. Tal es el caso del héroe clásico Ulises, interpretado para la ocasión y con su habitual entusiasmo por Kirk Douglas (1916).

La primera vez que tenemos noticia suya de una forma física -y no a través de sueños o premoniciones- es durante su encuentro con Nausicaa (Rossana Podestá) en la isla de los feacios, lindando con Ítaca. En su trance de náufrago, Ulises no recuerda su nombre, pues sufre de amnesia. Es una aguda forma de justificar el retraso de su vuelta a casa. 

Por ello, el ya legendario héroe no narra sus experiencias ante unos expectantes Diomedes (Alessandro Ferzen) y Alcino (Jacques Dumensil), como sucede en el original literario, sino que lo hará para sí mismo, conforme vaya recuperando la memoria. Un recurso ingenioso, por el cual las peripecias vividas son visualizadas a través de analepsis o flashbacks, que incluyen imágenes del episodio del Caballo de Troya, a modo de breves estampas.

En cualquier caso, durante su permanencia en la isla, Ulises puede haber olvidado su identidad, pero no así sus múltiples habilidades y adiestramiento. Ciertamente, el drama del relato se focaliza con igual intensidad, sino más, en la figura de su esposa Penélope (Silvana Mangano) y su hijo Telémaco (Franco Interlenghi).


Hasta tal punto siente el viajero la llamada de lo ignoto, que expresa claramente a su tripulación la nostalgia de lo que no he visto. De esta manera, Ulises presenta de forma pronunciada una doble naturaleza (no unificada, puesto que lo escinde en su relación con los demás, más que consigo mismo). Por un lado, la que anhela la tranquilidad del hogar (y el buen gobierno), y por otro, la que le impele hacia lo desconocido. Es el suyo un mundo que aún presenta bastantes lagunas, prestas a ser exploradas. Aspecto que, en la actualidad, podemos extrapolar al resto del cosmos.

En este sentido, la posterior estancia en la isla de Circe será decisiva. La Maga también está interpretada por Mangano, lo que ofrece otra interesante dualidad. En este reino donde predominan las tonalidades azuladas y verdosas, Ulises ve en Circe el rostro de su amada Penélope, como forma de intromisión en la mente del hombre, mostrándose -también a los espectadores- bajo los rasgos de la seducción más tentadora; o bien, conforme a los parámetros estéticos de Ulises, por parte de este, tal cual él la ve. Es la erótica del éxito (de Troya) y un modo de atraer a un “alma gemela”, para que estés tan solo como yo lo estoy. Al menos, por una noche… que acaba convertida en seis meses.


El hecho es que Circe hace las veces de Calipso en el relato cinematográfico, y el episodio también incluye la entrevista -más que una visita- en el plano del Hades. Son otras dos buenas soluciones puestos a reparar en gastos y en pulcritud argumental. Lo que no varía es el hecho de que, al hablar con sus compañeros de armas y con su fenecida tripulación, Ulises comprenda la responsabilidad de una existencia no consagrada únicamente al ámbito terrenal.

No son las citadas las únicas -e inevitables- licencias que ofrece la película. En su enfrentamiento con Polifemo (Umberto Silvestri), la narración obvia el divertido detalle de la huida bajo el vientre de las ovejas, no tanto por cuestiones del decoro como de verosimilitud. A su vez, el grupo de pretendientes que asola el palacio de Ulises encuentra un inmejorable portavoz en el Antínoo de Cefalonia encarnado por el insustituible Anthony Quinn (1915-2001).

Como curiosidad, la idea de tensar el arco de Ulises como prueba “imbatible”, destinada a los aspirantes de la mano de Penélope, es primeramente sugerida a Telémaco por la criada Euriclea (Sylvie). Cuando al fin Ulises lo tense e imparta justicia de época más que poética, el héroe habrá completado el círculo de su viaje terreno, iniciado con la campaña de Troya, para dar paso a una mayor apertura de conciencia (el recorrido espiritual esbozado en el Hades y reclamado por Penélope, al final de la película).


Se suele recordar al realizador italiano Mario Camerini (1895-1981) por esta bien elaborada e imaginativa puesta en escena de la Odisea de Homero (c. VIII a. C.), que sin duda merece ser tenida en cuenta dada su buena factura cinematográfica. Producida por Dino de Laurentiis (1919-2010) y Carlo Ponti (1912-2007), Ulises (Ulisse, Lux Films, 1954) contó con la fotografía del excelente Harold Rosson (1895-1988) y con una no menos sugestiva música de Alessandro Cicognini (1906-1995), editada, en su día, por el sello Legend (CD08).

Podemos comprobarlo en el bello pasaje de las sirenas, o en el ejemplarmente filmado desquite de Ulises hacia los antedichos pretendientes, que casi son contemplados como la personificación de unos amenazadores entes revividos.

Antes de que esto suceda, un Ulises disfrazado de mendigo ha hablado con Penélope –sin que esta se aperciba de su identidad-, tras lo cual, en lugar de ser reconocido por la fiel sirvienta o ama de llaves Euriclea, lo es tanto por Telémaco como por su leal perro Argos (al que aún esperan saludables días de celuloide).

Escrito por Javier C. Aguilera



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