El autocine (XXIII): Planeta prohibido, de Fred McLeod Wilcox

09 marzo, 2016

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En alguna ocasión, al contextualizar una obra con objeto de trascender su confección espacio-temporal, me he referido a la posibilidad de ponernos en situación de recordar a todos aquellos a los que dicha obra hizo soñar y maravillarse. Personas que fueron como nosotros somos ahora. Para William Blake (1757-1827), un pensamiento llenaba la inmensidad. La magistral y disfrutable Planeta Prohibido (Forbidden Planet, MGM, 1956) participa de ese espíritu.

Fue escrita por Cyril Hume (1900-1966), en base a una historia de Irving Block (1910-1986) y Allen Adler (1916-1964), con evidentes reminiscencias shakesperianas, y cuenta con un inolvidable diseño de producción y acabado formal, el cual proporciona una alta gama de matices, bien ensamblados por la fotografía de George Folsey (1898-1988), la dirección de Fred McLeod Wilcox (1907-1964), los excelentes decorados de Cedric Gibbons (1893-1960) y los sugestivos fondos pintados por el departamento artístico de MGM, bajo la supervisión de Arthur Lonergan (1906-1989). Para unos efectos especiales más concretos y elaborados, el estudio echó mano de algunos de los más competentes profesionales que trabajaban a las órdenes de Walt Disney (1901-1966), como Joshua Meador (1911-1965). El resultado es el espectacular y antológico monstruo del id que acosa a los expedicionarios del planeta Altair 4.


El único superviviente de una expedición llamada Velero Phon ha sido el doctor Edward Morbius (el excelente Walter Pidgeon). Curiosamente, Morbius es doctor en filología y, por lo tanto, no un científico al uso; lo que constituye todo un acierto a nivel argumental. Pero Morbius no está solo en el planeta Altair 4, pues tiene la compañía de sus pensamientos, además de la de su ingenua y encantadora hija Altaira (Anne Francis) o la del popularísimo -a posteriori- robot Robby (una creación de Robert Kinoshita [1914-2014]).

Todos estos personajes recibirán la visita de una misión de investigación y rescate encabezada por el comandante J. J. Adams (Leslie Nielsen). Casi han transcurrido veinte años desde que la expedición del filólogo tocara puerto en Altair. Es este un planeta de vivo colorido y características morfológicas terrestres, en el que habrá ocasión de comprobar cómo el carácter y actuaciones del misterioso Morbius no se corresponden con las del típico científico loco.

Por su parte, el buen Robby asegura hablar varias lenguas, y el espectador no puede evitar sentirse identificado con él, al menos en parte, pese a que Morbius explique, parafraseando las leyes de la robótica propuestas por Isaac Asimov (1920-1992), que no se le deben atribuir sentimientos humanos.


La joven Altaira es una especie de Blancanieves que se divierte con los animales (¿reales?) del planeta. Ella es, precisamente, la única extraterrestre de la película, pues ha nacido en el planeta en cuestión. Un lugar tan acogedor que un tripulante de la misión de rescate asegura que uno se acostumbra pronto a ver dos lunas en el cielo.

Sin embargo, al igual que acontece en la Tierra, el familiar entorno se puede revestir de mil peligros, como sucede con el tigre que termina abalanzándose sobre dos de los protagonistas. Si bien, también hay lugar para el descubrimiento, como demuestran, a su vez, los jeroglíficos de una civilización desaparecida, tecnológicamente avanzada (es importante el matiz), de la que apenas se conoce su principio o final, pero de la que se especula que bien pudieran haber sido hermanos del espacio que una vez visitaron la Tierra… Dos civilizaciones alejadas en el tiempo y el espacio, con enigmáticas similitudes arquitectónicas, matemáticas, evolutivas, teológicas, físicas y lingüísticas.

Entre los aciertos más celebrados de la película, se encuentra el empleo de la cámara subjetiva para denotar la presencia de otro ente extraterreste; en principio, un personaje no invitado a la fiesta. En realidad, la naturaleza de este último resultará ser igualmente terrestre, como de nuevo tendrá ocasión de comprobar el espectador. Y es que al igual que sus invitados venidos de la Tierra, o el objeto de su estudio, la civilización del pueblo krell, el doctor Morbius también desea ir más lejos, aún dentro de su ámbito. No se conforma con su reclusión intelectual. En este sentido, no es extraño que, en ese afán innato y compartido, sea el médico de la nave visitante (Warren Stevens) el primero en querer probar las ventajas del mecanismo cerebral de los krell.


Si pioneros fueron los efectos especiales de Planeta Prohibido, también lo fue la propia concepción de la película, en su defensa del género de ciencia ficción, material del que están hechos estos sueños de la razón. Lo demuestra una filmación en el formato estrella del cinemascope, con destino a un público tanto juvenil como adulto; o de igual modo, la precursora banda sonora, estructurada a través de tonalidades electrónicas, compuesta por Louis (1920-1989) y Bebe Barron (1926-2008; en su día editada por Crescendo/Small Planet: PRD-001).

En una de las escenas descartadas (pero recuperadas para la edición en DVD, en sus contenidos adicionales), el comandante y el médico hacen alusión a las ondas cuánticas (gravitacionales) y hacen una apreciable referencia a la alquimia como madre de posteriores ciencias (otro ejemplo lo constituiría la astrología). A lo que podemos añadir otra alusión interesante, ya dentro del montaje oficial de la película, como aquella que nos asegura por medio de la voz en off del prólogo que, en el futuro que nos muestra el relato, se ha podido superar la barrera de las distancias al rebasarse la velocidad de la luz. Otra excelente aportación del guión la hallamos en el hecho de que Robby se muestre incapaz de suprimir a la monstruosa criatura que acosa a los repobladores de tan sorprendente planeta.


En Altair 4, los visitantes extraterrestres son los propios seres humanos, como es posible que ocurra un buen día. Tal vez entonces tengamos acceso a lugares tan asombrosos como el subterráneo mundo Krell, del que retenemos la sensacional imagen en perspectiva de su maquinaria, además de la formación de las huellas de pisadas sobre el terreno, alrededor del perímetro de la astronave terrestre, junto con su avance hacia el interior de la misma.

La creación o destrucción por la mente que propone Planeta Prohibido se materializa hasta tal punto que, al igual que sucede con el género de la ciencia ficción, lo que existe en dicha mente o en la fantasía, realmente puede llegar a cobrar vida.

Escrito por Javier C. Aguilera


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