¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, de Philip K. Dick

18 febrero, 2016

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Philip K. Dick
Como se suele decir, no somos conscientes de lo que tenemos hasta que lo perdemos. Las devastadoras consecuencias del cambio climático manifestadas a lo largo y ancho de 2015 han puesto al fin en funcionamiento, o eso parece, el ímpetu y la maquinaria de legisladores y empresarios que, dejando al margen a los aprovechados climáticos que practicaron su particular agosto, han venido desoyendo durante décadas los consejos de los científicos. Cuán demasiado tarde es solo el tiempo lo sabe.

En el siglo XX (la acción de nuestra novela se sitúa en el año 1992), los recursos de la Tierra están agotados y los animales extinguidos; salvo el humano, claro está, que sobrevive bajo la lluvia ácida y ha generado androides como mano de obra para los colonizadores del espacio exterior. Representante de una ficción tan pura como dura, Philip K. Dick (1928-1982) es autor de complejas alegorías y de una verosimilitud siempre en entredicho, en la que se cuestiona la percepción de lo real y también de lo imaginado, aspecto último que bien puede erigirse en la realidad misma, tanto para el personaje de ficción como para el lector.

A través de sus libros, Philip K. Dick jugó de forma estimulante con el universo alternativo de nuestra mente, además de anticipar nuevas e inquietantes formas de vida que se fusionaban con la mecánica. Buen ejemplo de ello es su conocida novela ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (Do androids dream of electric sheeps?, 1968; Edhasa, 1981-1992; Biblioteca de C.F. Orbis, 1986; Planeta, 1994; Cátedra, 2015).

En ella, tras unos versos introductorios de Yeats (1865-1939) y la curiosa noticia sobre la longevidad de un galápago, se sintetiza la naturaleza conflictiva de nuestra realidad, en base a planteamientos éticos, sociales y filosóficos, abordados mediante un estilo de fría sobriedad y la continua incertidumbre de las imágenes figurativas.

El relato gravita en torno a la cotidiana rutina de un funcionario desilusionado, que personaliza a toda una sociedad. Cazador de bonificaciones del departamento de policía de San Francisco, Rick Deckard tiene por principal cometido retirar a los androides que regresan a la Tierra y que, por lo general, se distinguen por la ausencia de empatía (si consideramos tal rasgo como un elemento privativo de los androides).

Aspecto que encuentra una equiparación evidente en la relación que Deckard mantiene con su esposa, la irascible e indolente Iran. Ambos son portadores de una ausencia de emociones que, cuando finalmente se materializan, siempre es por vía de lo artificial o como consecuencia de esta. Un abatimiento existencial que Dick sabe transmitir al lector.

Se da la circunstancia, además, de que el presente es el primer trabajo de envergadura de Deckard. Para llevarlo a cabo, el policía cuenta con un aparato destinado a efectuar el test físico-psicológico Voigt-Kampff (como se apunta acertadamente, en continua actualización).

Aunque este no es el único mecanismo que interacciona con la psique. La novela se abre con un diálogo en el que el matrimonio discute acerca de una especie de despertador automático que controla los estados anímicos (y al que se agregan cajas de empatía, armas láser, coches policiales aéreos, protectores genitales anti-radiación, etc.). Lo artificial invade una sociedad en la que todos critican pero nadie renuncia a nada, en pos de una colectividad tan artificial como sus inmateriales soportes.


La cúspide de esta organización social está representada por el señor Eldon Rosen, de la Rosen Association, sita en Seattle y lugar en el que nuestro investigador entrará en contacto con la sobrina de este, Rachael (capítulos IV-V), un personaje que sufrirá una dañina transformación a consecuencia de su aproximación hacia parámetros netamente humanos (en la novela, Iran suple a la Rachael cinematográfica).

Otros episodios llaman la atención, como la tapadera androide (despectivamente, andrillos; o pellejudos en la adaptación para el cine), establecida a modo de comisaría y a la cual es conducido Deckard, que finalmente logrará escapar con la ayuda de Phil Resch, otro personaje de nebuloso pasado e incierto futuro, al que se suman John Isidore, mezcla de ingeniero, mecánico y veterinario, con dificultades de articulación fonética; la inquieta Pris Stratton, la cantante de ópera Luba Luft (IX y XII), el líder de los androides, Roy Batty, o el policía soviético Sandor Kadalyi… Para Philip K. Dick, existen tantas visiones del mundo como personajes presenta la narración, en tanto que en la versión cinematográfica prevalecerán las de Deckard y Roy.

De este modo, los androides representan a toda una minoría de seres biológicamente vivos, aunque no reconocidos legalmente. Entidades que, a veces, pueden ser confundidas con enfermos de esquizofrenia (el Deckard cinematográfico lo sintetiza de forma ejemplar al señalar ¿y si la máquina no funciona?). Literalmente, se trata de sacrificar lo artificial para poder adquirir aquello que nos resulta real.


Pero como hemos señalado, un aspecto distingue a los androides (en la obra literaria): carecen de lo que se llama empatía (XI). Lo que conlleva una situación de incertidumbre identitaria y un clima de sospecha mutua entre los habitantes de la urbe. ¿Quién es lo que dice ser? Infiltrados y tapaderas se agazapan como en un régimen totalitario.

Para Deckard, esta interacción conllevará, no obstante, un cambio en su punto de vista con respecto a los androides (XII). Como Rachael, también él se enfrenta a sensaciones y posibilidades nuevas (XVI-XVII), convertido en ejemplo de supervivencia de una sociedad que se acaba (anticipándonos de nuevo a la versión cinematográfica, Deckard se cuestiona la ausencia de sentimientos de androides y cazadores blade runners, preguntándose ¿qué demonios me estaba pasando?).

Otra característica de la novela a tener en cuenta es la omnipresencia de la televisión -hoy día, ordenador, tableta, o lo que sea…-, que “grita” y “trona” pese a no haber más que un solo canal disponible. Se nos asegura, irónicamente, que está dirigida a los normales que quedaban (II) y cuenta con espectáculos de éxito como los de Amigo Buster. Al cual se suman las consabidas corrientes neo-filosóficas y morales; en esta ocasión, las llamadas Leyes de Kippel -apenas esbozadas-, o la presencia mesiánica de un tal Mercer, otro personaje virtual puesto en entredicho y descrito por la joven Pris como una entidad arquetípica de las estrellas (VII). Ciertamente, una advertencia de Philip K. Dick acerca de los nuevos “salvadores” o, así mismo, respecto a las flamantes aristocracias laicas que vienen a ocupar los espacios vacíos de estos. Como declara Isidore, se me ha ocurrido que el Amigo Buster y el mercerismo están en pugna por nuestro yo psíquico (VII).

Futuristic City, por Rich35211
Para desentrañar el onírico título de la novela debemos tener en consideración otro de los aspectos vertebradores del relato, que afecta directamente a la psicología de los personajes humanos: su interés por adquirir un animal vivo, como símbolo de estatus social. Atracción que responde a un anhelo impostado pero primordial, que en tanto se materializa, obliga a adquirir o elaborar maquetas que suplan a los originales. En el caso de Deckard, se trata de una oveja mecánica, e incluso de un sapo con sus correspondientes moscas eléctricas, que actúan a modo de simulacro de una realidad ya extinta.

Una interacción que conlleva el respeto simulado hacia aquello que tiene -o tuvo- conciencia propia, por parte de un Rick Deckard continuamente escindido entre el interés por auto-superarse, y una sociedad y allegados que se lo niegan. No en balde, podemos entender el sueño y los anhelos como una segunda vida.

De forma minuciosa y caótica, ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? desgrana las visiones de unas mentes atormentadas, donde paisajes, rostros y recuerdos se dan la mano antes de separarse para siempre. En esta realidad, solo la mirada de lo simultáneo prevalece, y es la antesala de la locura y la alienación.

Escrito por Javier C. Aguilera


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