El autocine (XXII): La residencia, de Narciso Ibáñez Serrador

06 febrero, 2016

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La Residencia se halla localizada en mitad de ninguna parte, perdida en medio de una región umbría y boscosa. Allí residen y se instruyen las difíciles e inadaptadas hijas de la sociedad decimonónica, bajo la estricta batuta de su directora, la señorita Fourneau (una excelente Lilli Palmer). El acceso a tales dominios, por medio de una vetusta verja de hierro, se asemeja a la entrada a otro mundo (aunque la acción se sitúe en una imprecisa Provenza francesa, o los exteriores se correspondan con la bella región de Comillas, cerca de Santander). Este es el escenario de La residencia (Regia-Anabel Films, 1969), un caserón de claras reminiscencias góticas cuyos recovecos –como tantas veces ocurre- también son los de la psique.

Junto a estupendos actores de soporte como Tomás Blanco (1910-1990) o el siempre libidinoso Víctor Israel (1929-2009), dan cuerpo y excelente fuste al relato la fotografía de Manuel Berenguer (1913-1999), la música de Waldo de los Ríos (1934-1977) y los decorados de Ramiro Gómez (1916-2003), todos encauzados por el estupendo guión de Narciso Ibáñez Serrador (1935), que bajo el pseudónimo de Luis Peñafiel, se basa en una narración de Juan Tébar (1941).

Su realizador, el propio Ibáñez Serrador, ilustra la historia por medio de ágiles movimientos de la cámara, proporcionando una elegante puesta en escena gracias a los desplazamientos laterales, como sucede cuando la directora del centro muestra los entresijos del colegio (¡no todos!) a una nueva alumna, Teresa Rabel (Cristina Galbó) y a su tutor (Tomás Blanco).


Otros elementos destacan en la realización. Como la presentación “de espaldas” de la maestra y directora, desde el punto de vista del espectador, la cual dicta sus clases -otro detalle a tener en cuenta-, cual figura temida y ominosa, aunque como también habrá ocasión de comprobar, con alguna que otra humana debilidad. Al fin y al cabo, en la residencia se acogen disciplinas variadas y envidiables, más cercanas a las artes liberales del trivium y el quadrivium que a los actuales y funestos diseños curriculares, como son la danza y la música, la literatura y la matemática, la pintura, el dibujo, la escultura, la floricultura y el arte culinario. ¡Incluso se lee en el refectorio a la hora de las comidas, como se hacía en los antiguos monasterios!

De igual modo, cuando una maceta cae al suelo en el invernadero, Serrador no rompe su puesta en escena para intercalar imagen alguna, sino que esta se inserta en el discurrir del plano cuando Fourneau, que así se llama la directora, acude a ver qué es lo que ha sucedido.


El rigorismo y la disciplina conforman un ambiente siempre dispuesto a encontrar la horma de su zapato, como acontece con la actitud de la insubordinada señorita Lucy Lessier (Juana Azorín), o con el descaro de la élite de alumnas que se ha formado en torno a Fourneau. La presencia de un varón ajeno al complejo, Enrique (Clovis Dave), supone un esporádico alivio para las jóvenes, centrado en algunos encuentros en la leñera, que también se “gestionan” a cambio de la obtención de otro tipo de favores. Un aspecto que se completa de forma notable con la secuencia de la cómplice frustración de quienes saben que, en efecto, una de sus compañeras está yaciendo con Enrique.

Pero junto a estos encuentros estrictamente carnales, acontecen otros de tono más “inocente” y romántico, como los que el recluido hijo de Fourneur, Luis (John Moulder-Brown) mantiene con Isabel (Maribel Martín), otra de las alumnas. Dos personajes a los que Ibáñez Serrador encuadra, significativamente, tanto juntos como separados, ahora sí, por medio de una alternancia de planos confirmada por el montaje.

Los vetustos cimientos y corredores de la casa, finalmente recorridos por Fourneur e Irene (Mary Maude) en un remedo del juego del gato y el ratón, se transforman en el decorado de una caza en la que cazador y cazado se dan la vuelta por partida doble. Sobresale, además, la acción paralela entre Luis, encerrado en el pasaje de la caldera que da acceso a las corroídas duchas, y lo que acontece en estas, junto a la bien llevada elipsis que la sigue, por la cual Teresa ya ha establecido contacto con el joven.


Otro buen detalle reside en el hecho de que las muchachas se duchen vestidas, lo que proporciona otro arranque de rebeldía por parte de la inconformista Lucy.

La sensación angustiosa de lo cotidiano y lo moralmente instituido se ejemplifica mediante otra secuencia entre Fourneur y Luis, en la que un plano destaca por mostrarlos frente a frente, de forma amigable pero en imposible plano de igualdad. Del mismo modo que Teresa se nos aparece también de espaldas cuando es sometida a vejaciones (lo que hoy lo llamamos “bullying” o acoso escolar, el triste resultado es el mismo) por las citadas secuaces de la directora.

Un clima asfixiante que deriva en un final apoteósico que nos remite a las estupendas adaptaciones que de Poe (1809-1849) realizó Roger Corman (1926). Y es que, ¡nada peor que ser tenida por una fugitiva en esta residencia!

Escrito por Javier C. Aguilera


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