Para el sábado noche (XLIX): Almas de metal, de Michael Crichton

26 enero, 2016

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Con frecuencia, no es difícil constatar cómo un exceso de expectativas acaba desembocando en una experiencia agridulce, e incluso decepcionante. Hoy día, cualquier novedad editorial o cinematográfica se ve rodeada de una amplia cobertura mediática, a veces también mediatizada, que juega en contra del elemento sorpresa que el lector o el espectador podría agradecer de cuando en cuando.

Parece que ya no existe el derecho al descubrimiento, al margen de los intereses particulares. Hasta la imaginación se nos oferta como un artículo más. Pero hubo un tiempo en el que el diletante que observaba la cartelera impresa y accedía al rito de la proyección de un estreno, sin apenas más información que la de su título, comprobaba cómo lo inesperado y lo gratificante se daban la mano ese día.

A los personajes que acceden a los mundos recobrados y paralelos de Almas de metal (Westworld, MGM, 1973) también se les ha prometido su parcela de imaginación, unos instantes de misterio, sorpresa y aventura… pero la emoción ha sido contratada previamente.

La compañía Delos se encarga de ello, proporcionando el tipo de vacaciones que el cliente desee experimentar, en un entorno de recreación histórica, cuidado hasta el más mínimo detalle. La gama incluye la posibilidad de una estancia en el mundo medieval, el romano o el del oeste. De este modo, los sets se pueblan metafórica y literalmente de seres no exclusivamente humanos, porque junto a los clientes coexisten los mecanismos artificiales en forma de robots, tan parecidos a los humanos que no resulta fácil distinguirlos.

Naturalmente, la compañía encargada de la fabricación y reparación de tales mecanismos incorpora precauciones para que no se produzcan incidentes con las personas reales, por parte de los robots o entre ellas mismas. A menos que se manifieste una variable inesperada…


Es lógico que los replicantes de Almas de metal (por una vez, un buen título, pese a no tratarse de una traslación literal del original) cometan sus fallos, ya que están hechos a imagen y semejanza del humano, que fue quien creó las máquinas, dotándolas de un instinto de conservación que no es privativo de los creadores.

En suma, serán las vacaciones más inolvidables para Peter Martin (el posteriormente realizador Richard Benjamin) y John Blaine (James Brolin), en un principio, encantado de convertirse en el malo de la película. Dos amigos que se verán las caras con el lado más realista del salvaje oeste, o lo que es lo mismo, del ser humano. Porque meterse en líos tiene un costo en la ficción como en la realidad; la identificación de los protagonistas con dicha ficción es plena. Como le sucede al lector que vive su relato. No en vano, el arte es particularmente evocador. Se puede contemplar o vivir el mundo -o varios mundos- por medio de la música, la pintura, la arquitectura, la literatura, el cine…

Yendo un paso más adelante, la fantasía de Almas de metal permite experimentar lo que sentían los personajes de nuestras ficciones favoritas, o mejor aún, los de carne y hueso en que estas se han basado.


Son estas, creaciones con las que nos hemos sentido plenamente identificados; muchas veces, más que con la realidad circundante (lo mismo que les sucedía a los protagonistas de la estupenda Sesión Continua, José Luis Garci, 1984); o con las que hemos soñado toda la vida.

Un fingimiento virtual que, pese a todo, vivimos como real. De hecho, en Almas de metal las balas son reales, aunque los desafíos y peligros sean un simulacro. Realmente, el reto no es tanto interactuar con los replicantes, sino constatar quiénes son visitantes como Peter o John. Respecto a los primeros, están diseñados para sangrar como auténticos seres humanos. Y siguiendo esta línea de evolución, en base a un veterano y noble argumento de la ciencia ficción, los robots serán capaces finalmente de razonar y tomar determinaciones.

Pero el desafío se expande, puesto que no es igual la moral de nuestro presente que la que imperaba en los territorios de frontera de 1880 y, mucho menos, en el siglo XIII. En este sentido, las declaraciones de clientes satisfechos, concentradas en el arranque de la película, son harto elocuentes, y denotan una auténtica evasión, más allá del mero entretenimiento: “esto es lo más real que he hecho en mi vida” o “qué bien me he sentido allí”; hasta lograr la exteriorización de los anhelos más reprimidos… “supongo que sí eran robots aquellos a los que disparé…


Como recordaba Jacques Lacan (1901-1981), la verdad tiene estructura de ficción. En el guión y realización de Michael Crichton (1942-2008) destacan además otros momentos de puesta en escena, como los que se refieren al mantenimiento del complejo y a la evolución de la Inteligencia Artificial, contemplados como la trastienda del propio cine.

Y al contrario de lo que sostiene algún pensador y ensayista actual, la ficción no consiste en ser ajeno a la realidad, sino que, a menudo, nos permite ser más conscientes de ella, por encima del valor evasivo de la misma. Máxime en un momento en que hemos de contemplar atónitos cómo gobernantes siniestros se permiten ordenar el envenenamiento de quienes les estorban, o cómo muchachos de corta edad, víctimas del acoso escolar, se quitan la vida, en tanto que compañeros, padres y educadores guardan el silencio propio de los cobardes.

Escrito por Javier C. Aguilera


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