Clásicos Inolvidables (LXXXVII): Romancero viejo

28 enero, 2016

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Conforme nos sumergimos en una sociedad cada vez más conectada, comenzamos a olvidar cómo era vivir antes de esta excesiva comunicación. Muchos lectores recordarán momentos de su vida donde la conversación a distancia era por teléfonos fijos y por la calle tan solo podías usar una cabina, pero si alguien quería ponerse en contacto contigo, no tenía más que esperar pacientemente. Esta realidad cada vez nos parece más lejana, especialmente a las nuevas generaciones, pero lo importante es remarcar que es posible, incluso que aún lo es para una gran parte de la población mundial.

De la misma forma, la difusión de noticias sobre lo que pasa en el mundo, en nuestro país o incluso en nuestra ciudad es ahora masiva, estamos en general sobreinformados, infoxicados. Antaño, sin embargo, las noticias tardaban más en difundirse y la mayoría de hazañas o hechos relevantes se cristalizaban en producciones literarias. No nos debe extrañar que lo que hoy consideramos ficción, en la Edad Media fuera considerado como una lectura de lo real, muchas veces una forma de transmitir historias del pasado a partir de la recreación lírica o juglaresca, sirviendo para divertir como para informar y recordar viejas anécdotas. No obstante, en la mayoría de las ocasiones la ficción acababa por inundar y solapar la realidad, teniendo un fin didáctico y de difusión ideológica ya fuera eclesiástica o nobiliaria.

No hemos cambiado tanto en la esencia. Si hoy triunfan, pese al pesar de muchos, los programas televisivos de prensa rosa, con personajes propios de este mundillo, en el pasado eran temas similares los que ocupaban la literatura más popular. Si viajamos a nuestra Edad Media, los grandes hits del momento versan sobre historias turbias, traiciones, asesinatos, hazañas bélicas, tramas políticas y pasionales y, en definitiva, toda una serie de relatos similares fragmentadas en forma de romance, seguramente a partir de los largos cantares, pero ya de forma selecta según el público. En el siglo XIV encontramos los primeros romances, aunque la mayoría fueron recopilados durante el siglo XV, conviviendo con la lírica culta. Para Menéndez Pidal, gran estudioso de esta etapa, los romances eran los restos de un naufragio, el de la épica.

Retorno del Calvario (1891), de Herbert G Schmalz
Acercarnos hoy a este tipo de poesía puede resultar una experiencia curiosa, en tanto que nuestra concepción actual de los versos se acerca más a la visión de la lírica intimista, aquella que nos hace concebir a los poemas como piezas bellas. Pero los romances cumplían una función social: servían para entretener, incluso para informar, e igual que hoy reponen los antiguos capítulos de seriales televisivos, los romances eran los capítulos fragmentados de antiguos relatos épicos e históricos. Incluso su métrica, tan conocida hoy como octosílaba, con rima asonante en los versos pares quedando sueltos los impares, se postula en su origen, según algunos críticos, como largos hexadecasílabos u octonarios, con rima continua.

En la actualidad se propone su lectura como octosílabos, según perduró en la tradición posterior a partir del Romancero nuevo desarrollado por autores cultos (como fue el caso de Lope de Vega y Luis de Góngora), aunque algunas ediciones, como la de Cátedra, sitúan la lectura en su considerada forma primigenia. Sea cual sea la opción con la que uno se acerque a los romances, entrar en ellos es sumergirse en otro tiempo del que tanto han bebido las historias fantásticas actuales, que se sitúan en falsas edades medias, las novelas de caballerías posteriores y gran parte de las historietas que se transmitían como anécdotas populares. Resulta complicado referirnos a la unidad de contenido de los romances, en tanto que abarcaban desde ciclos históricos y épicos, como el del Cid o el rey don Rodrigo, hasta temáticas legendarias y de carácter más novelesco o lírico, aunque en todos se muestra un mismo estilo de vida, sin importancia de que el protagonista del romance sea de un bando u otro, en el caso de la lucha entre moros y cristianos.

Fotografía de Alhama de Granada, extraída de Granada Natural y editada por LJ
La musicalidad y sencillez que encontramos en estos poemas va ligada también a ciertos fragmentos que resultan auténticas sentencias que pueden remover al lector actual. Otro rasgo particular del romance es la enorme presencia del diálogo, siendo muchas composiciones directamente una conversación entre personajes o incluso un monólogo. Podemos reconocer que la lectura completa de todos los romances no es una experiencia ligera, aunque se puede recurrir a un acercamiento a través de sus ciclos, incluso os animamos a recitarlos en voz alta para comprobar el ritmo tan marcado y sonoro. Podemos destacar, por ejemplo, el Romance de Abenámar, que nos acerca al diálogo entre el rey Juan II y el moro Abenámar mientras el primero contempla Granada, ciudad que finalmente se transfigura en mujer con la que mantiene un último diálogo, con el que se cierra el poema. Destaca su ritmo, pero también la capacidad metafórica de convertir a la ciudad en esposa y observar la codicia-amor del rey cristiano por la belleza del sitio que desea conquistar y que teme no poder lograr.

Los romances se centran particularmente en tragedias, íntimamente relacionadas con la guerra, aunque la acción bélica suele quedar eludida. Así, en el Romance del alcaide de Alhama, el moro protagonista es informado de la pérdida de la ciudad, avisado por un mensajero que le remite la condena del rey por no haberla protegido, aunque el final del romance nos muestra el auténtico castigo del alcaide, la muerte de aquellos a los que quería. Algo similar sucede en el Romance del rey de Aragón, que comienza con la alabanza del paisaje que se observa, los territorios conquistados, y se acaba con el dolor interior del rey, expresado en monólogo dramático, al saber que no solo ha perdido a personas que estimaba en esas guerras lejanas, sino también que la vida ha pasado.

Granada desde el Sacromonte, fotografía de MB con edición de LJ
También hay espacio en los romances para temáticas más cercanas al folletín, como la trama de doña Isabel de Liar, desplegada en varios romances sueltos, donde nos acercamos a la vida de una amante del rey, madre de dos de sus hijos, que se convierte en objeto de las envidias de la reina, una mujer estéril, y, por tanto, acaba siendo asesinada por su mandato, como observamos en el Romance de doña Isabel de Liar. En otros romances, observamos la venganza del rey al enterarse de la muerte de su amante. Incluso la lírica del Romance del prisionero nos acerca a un momento sutil, pero que logra cierta trascendencia íntima: el único consuelo de un reo es el canto de un pájaro.

En definitiva, un conjunto amplio de romances que muestran un gran atractivo en forma y fondo, una merecida lectura pausada. No debemos cerrar nuestra mirada al pasado ni tratar de aplicar tampoco una moral contemporánea a relatos que nos hablan desde el medievo, pero sí podemos apreciarlos en sus matices, en su musicalidad y en esos sentimientos trágicos que aún hoy conservamos.


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