Clásicos Inolvidables (LXXXI): Silvas americanas, de Andrés Bello

04 diciembre, 2015

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Andrés Bello (retrato atribuido a Moinvoisin)
La trayectoria del venezolano Andrés Bello (1781-1865) nos remite a una vida agitada, pero centrada en un objetivo evidente: la mejora de la situación de América. La vida de un humanista, un hombre abierto a todos los saberes como Goethe, que desempeñó labores en filosofía, poesía, traducción, filología, educación, política y como jurista.

Como mencionábamos, estuvo vinculado esencialmente al empeño de desvelar la realidad de su tierra fuera de las ideas propagadas por los exploradores europeos, aunque sin despreciar la tradición cultural de la que bebe; precisamente fue un defensor de la pureza y la castidad del idioma castellano. Podemos reconocer en Andrés Bello a un autor que entremezcla un espíritu neoclásico, aún latiendo la época de la Ilustración, con ciertas pasiones románticas, centradas esencialmente en la defensa del espíritu del pueblo americano. Ante esta presentación, no debemos dudar de que nos encontramos ante una figura relevante que realizó muy diversas labores a lo largo de su vida.

Comenzó a ser conocido precisamente por sus traducciones, comenzando por obras clásicas hacia las que ya mostraba interés desde su juventud, imitando a poetas como Horacio o Virgilio. Fue maestro de Simón Bolívar y ocupó un puesto político en Relaciones Exteriores, emprendiendo así un viaje a Londres entre 1810 y 1829 para conseguir el apoyo británico a la independencia venezolana, empresa frustrada que finalmente le haría permanecer en tierra europea donde algún tiempo. Regresó a América para instalarse en Santiago de Chile, donde llegaría a ser senador y publicaría sus principales obras sobre gramática, como la Gramática de la lengua castellana destinada al uso de americanismos (1847), y derecho, redactando, por ejemplo, el Código Civil chileno.

De su variada obra, vamos a referirnos a su poesía, esencialmente a dos de sus poemas que han sido generalmente editados bajo el nombre Silvas americanas. Ambas composiciones fueron escritas durante su trayectoria en Londres. En la capital inglesa llegó a tener una situación económica precaria que no le impidió desarrollar su trabajo como escritor, dirigiendo La Biblioteca Americana (1823) y El Repertorio Americano (1826), publicando en la primera la Alocución a la poesía y en la segunda, A la agricultura de la zona tórrida. En los tres años que transcurrieron entre ambas silvas (nombre del tipo de estrofa que emplea el autor), se puede percibir un cambio en la orientación e intención de Bello, aunque ambas parten de la intención primaria de aportar un caudal de conocimientos amplios para servir de base a una nueva civilización independiente: la americana. Andrés Bello se convierte así en uno de los primeros y principales propulsores del tema americano.

En la actualidad seguramente nos parezca normal comprender que existen diferentes faunas, ni mejores ni peores, quizás más peligrosas o más hermosas, pero, en definitiva, solamente diversas. Sin embargo, cuando Europa proyectó su mirada a la América que estaban conquistando, lo hicieron con ojos de superioridad. Aunque hubo quienes observaron en el recién descubierto continente un paraíso idílico similar al Edén, como reflejara por ejemplo Colón en sus diarios de navegación, a lo largo del siglo XVIII se sucedieron los tratados que despreciaban la naturaleza, considerándola inferior, impura, inmadura; la misma visión que se situaba sobre los indígenas, oscilando entre el indio bueno sobre el que había que situar un carácter paternalista o el mal indio, afín a la naturaleza y a la barbarie.

En este lado de la disputa se situaban autores como Montesquieu, David Hume, el conde de Buffon o Corneille de Pauw, mientras que otros trataban de erigir una defensa por los ciudadanos americanos, como Juan de Cárdenas. Benito Feijoo, Hipólito Unánue o Francisco de Güemes y Horcasitas.

Andrés Bello trató de reivindicar la naturaleza americana, procurando animar la individualidad política y cultural de sus conciudadanos. En Alocución a la poesía, nuestro autor comenzaba invitando a la musa a conocer la naturaleza americana, abandonando a la culta y avarienta Europa por un nuevo territorio virgen. Se sucede así la representación de una naturaleza libre, sin el hombre, junto a algunos temas patrióticos, incluyendo anales bélicos. En consideración de Bello, se trataba de una invitación a escribir sobre América, a continuar la labor inacabada por Europa, que estaba cayendo en el absolutimo. En definitiva, incentivar a los poetas ofreciéndoles el material de la naturaleza, entremezclando a visión neoclásica de la realidad, incluyendo las referencias mitológicas y los tópicos horacianos y virgilianos, como el locus amoenus, con la afirmación romántica de la libertad y del espíritu de la nación.

Quizás se le puede achacar a Bello el poco realismo frente a su idealismo ilustrado. A su sincera intención se une un aparato retórico, acentuado en la otra silva, que tiende un puente con los antecedentes europeos. En efecto, solicita a la musa que vuele hacia América, pero se lo pide a la Divina poesía que ya reside en Europa; es decir, recoge la tradición de los grandes autores ilustrados, como Rousseau y Voltaire, así como de los clásicos grecolatinos. Junto al vuelo de la poesía, sobrevuela el continente americano cantando sus grandezas. Un alegato por la individualidad de América y, también, por su independencia.

Divina poesía,
tú, de la soledad habitadora,
a consultar tus cantos enseñada
con el silencio de la selva umbría;
tú, a quien la verde gruta fue morada,
y el eco de los montes compañía;
tiempo es que dejes ya la culta Europa,
que tu nativa rustiquez desama,
y dirijas el vuelo adonde te abre
el mundo de Colón su grande escena.
[...]
y sobre el vasto Atlántico tendiendo
las vigorosas alas, a otro cielo,
a otro mundo, a otras gentes te encamina,
do viste aún su primitivo traje
la tierra, al hombre sometida apenas;
y las riquezas de los climas todos,
América, del sol joven esposa,
del antiguo océano hija postrera
en su seno feraz cría y esmera.

El tópico se acentuaría finalmente en A la agricultura de la zona tórrida, donde mostraría el menosprecio de corte y alabanza de aldea, es decir, criticaría la ciudad moderna y alabaría el trabajo en la naturaleza. En esta silva se produce un cambio de orientación, pues aunque vuelve al tema americano, dedicándose a las maravillas del mundo ecuatorial y a celebrar sus paisajes, en esta ocasión está invitando a los lectores americanos a regresar al campo, a dedicarse a las sagradas faenas de las paz, beatus ille. De nuevo, un locus amoenus donde se detiene de forma minuciosa para describir la realidad desde los llanos hasta las selvas.

Esta invitación a la vida campestre, a la recompensa natural y espiritual de los agricultores, se completa con el elogio de la paz y la búsqueda de la (re)construcción, yendo contra la corriente bélica que se sucedió en los tres años entre la primera silva y esta. Por ejemplo, en 1924, un año después de Alocución a la poesía, se produjo la batalla de Junín, donde se consiguió la independencia de Perú tras derrotar al ejército español. Frente a otros poetas, como Olmedo, que elogiaron en su poesía las diferentes hazañas bélicas, Bello prefirió orientar su aspiración hacia la paz y hacia la tierra que tanto amaba y recordaba desde la lejanía londinense, criticando la epidemia bélica, de continuas guerras civiles que asolaban América.


A la agricultura de la zona tórrida propugna así un estilo de vida donde la agricultura forma parte fundamental de la educación y se convierte en un fin para la ciudadanía. De nuevo, el tema y los tópicos horacianos se unen al ideal virgiliano, aunque en esta ocasión se abandonan las referencias mitológicas clásicas sustituyéndolas por las referencias al Dios cristiano. Por contra, se produce una crítica contra la ciudad moderna, partiendo de su experiencia en Londres. En la urbe inglesa, Bello fue testigo de la miseria y, aunque se considera progresista, rechaza las consecuencias de la industrialización y el ocio pestilente ciudadano, de ahí su evidente intencionalidad agrícola.

Podemos percibirlo así como un antecedente de las preocupaciones que después ostentarían otros autores. Juan Agustín García criticaría en La ciudad Indiana la situación de Buenos Aires como una ciudad creada a expensas del campo, con una riqueza urbana procedente de fuentes turbias. Unamuno alabaría esta crítica, con la que sería afín, igual que sucede con Pío Baroja, quien en La busca (1904) no dudó en visionar la ciudad moderna como un lugar donde hacen dinero con sangre.

¿Amáis la libertad? El campo habita,
no allá donde el magnate
entre armados satélites se mueve,
y de la moda, universal señora,
va la razón al triunfal carro atada,
y a la fortuna la insensata plebe,
y el noble al aura popular adora.


El problema desde nuestra actualidad lectora es saber apreciar una poesía que tiene una intención tan evidente y, en definitiva, tan política y social. La literatura desarrollada en la época ilustrada nos puede resultar demasiado utilitarista (por ello, también algo monótona), una especie de herramienta para un fin concreto, aunque con esta idea estemos imponiendo un velo demasiado general a toda una corriente literaria con numerosas vertientes y muchos autores. Andrés Bello pertenece evidentemente al clasicismo, recupera y bebe de la cultura grecolatina y europea, pero en su fondo se vislumbran inquietudes románticas, aunque no fueran percibidas por los jóvenes autores románticos de su época, que llegarían a rechazarlo.

En conclusión, observamos en sus Silvas una bella descripción de su añorada tierra americana, un ejercicio por situar la naturaleza de América como objeto de la poesía, rompiendo con los moldes impuestos desde la visión externa, pero sin ignorar la cultura que le precede.

Escrito por Luis J. del Castillo

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