Los Goonies, de Richard Donner

15 noviembre, 2015

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A la memoria de Mary Ellen Trainor (1952-2015)

Aún en distintas culturas y bajo distintos nombres, existen lo que conocemos como ritos de paso o de iniciación, cuyo principal objetivo es el advenimiento “oficial” de la edad adulta. Pero este itinerario hacia la madurez también debiera ser reversible, para de ese modo, poder recuperar lo que Rainer Maria Rilke (1875-1926) denominó la patria del hombre. De hecho, tales ceremonias sí que existen realmente, por medio de determinadas obras de la literatura o el cine, como Clamor de indignación (Hue and cry, Charles Crichton, 1947), Exploradores (Explorers, Joe Dante, 1985) o Los Goonies (The Goonies, Warner Bros., 1985).

Es el último fin de semana para la pandilla de los Goonies, y el grupo se va congregando, no sin cierta pesadumbre. El padre de Mike Walsh, apodado Mikey (Sean Astin), es una especie de conservador histórico que, con los años, ha ido acumulando en el trastero de su casa toda una serie de recuerdos y objetos fascinantes. Hasta tal punto que el ideal aventurero que acabará impregnando a los chicos es, en cierta forma, el mismo que los progenitores han dejado pendiente.

El lugar donde el grupo halla el mapa del tesoro que les conducirá por la senda en la que se cumplen los sueños es un auténtico desván de la fantasía, un tesoro en sí mismo que durante años ha estado aguardando, arrinconado y olvidado, como las propias ilusiones de la infancia. No es extraño, por tanto, que sea el propio Mikey el primero en sentirse atraído por dicho mapa, o el primero que acceda a la cámara del tesoro y se encare con el pirata Billy, el Tuerto.


De igual modo, y desde esta perspectiva pre-adolescente, es contemplada la edad adulta. Es decir, como un pintoresco juego. Tal será el punto de vista con el que Richard Donner (1930), realizador de carrera interesante aunque con un final demasiado difuminado, aborde el relato; por medio de una puesta en escena tan dinámica como contenida, cuyo exponente más llamativo es el retrato de la alborotada familia Fratelli y su fuga de la comisaría de policía.

De hecho, la imagen de la banda de forajidos se halla más cerca del cómic (humorístico) que de la seca realidad. La mamma interpretada con inolvidable desparpajo por Anne Ramsey es un disparatado trasunto de Kate Ma Baker (1873-1935) -o de su leyenda-, y otro tanto sucede con sus vástagos (Robert Davi y Joe Pantoliano).

Todo ello, tomando como urdimbre el revoltoso guión de Chris Columbus (1958; en base a una historia de Steven Spielberg [1946]), indeleblemente armonizado por la extraordinaria banda sonora de Dave Grusin (1934) que, además, rinde un sentido homenaje a las películas clásicas de capa y espada, mediante la incorporación de algunos de los compases de la obra maestra de Max Steiner (1888-1971) para El burlador de Castilla (Adventures of don Juan, Vincent Sherman, 1948).


Aún no quedando exenta de riesgos, esta visión desprejuiciada y jovial se traslada a otros aspectos simpáticos del guión de Columbus, como la “facilidad para los idiomas” de Clark, apodado Bocazas (Corey Feldman), las trampas que el pirata Billy, el Tuerto va tendiendo al grupo a lo largo de su accidentado recorrido, o los mecanismos autodidactas que emplea Data (Ke Huy Quan), junto a otros cachivaches “marca de la casa”, que bien podrían ser la representación más objetiva de ese reino de la imaginación (o de esa vida que no ha de carecer de inventiva e ilusiones).

También es esta perspectiva la razón por la que el “monstruo” del relato, Sloth (el malogrado jugador de rugby John Matuszak) sufre una progresiva humanización cuando, una vez liberado de sus ataduras, entra en contacto con los chicos.

Es el de ellos un viaje al centro de la fantasía, en unos escenarios tan sugerentes como el restaurante abandonado que da acceso a un túnel inmemorial, los pasadizos subterráneos o, por supuesto, el galeón pirata. La única diferencia es que los filibusteros y contrabandistas de antaño son ahora modernos falsificadores de moneda.


De igual modo, es de destacar en ese recorrido la visita al Pozo de los Deseos o el “examen” que propone otro de los artilugios, esta vez musical y confeccionado a base de esqueletos, que los Goonies encuentran a su paso.

Un apunte singular es aquel por el cual Mikey insiste en dejar como tributo al viejo pirata toda una bandeja repleta de monedas de oro. A esas alturas -o profundidades- la ilusión del muchacho ya se ha trasladado al resto de miembros de la pandilla, siquiera por un breve pero intenso periodo de tiempo, lo que incluye a Sloth y Gordi (Chunk en el original: Jeff Cohen), que finalmente harán acto de presencia rasgando las velas del navío pirata, emulando la soltura esgrimida por Errol Flynn (1909-1959) en las películas de Michael Curtiz (1886-1962).

En suma, toda una singladura que concluye con la significativa imagen del galeón surcando nuevamente las aguas.

Escrito por Javier C. Aguilera


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