Blake y Mortimer, de Edgar Pierre Jacobs

03 noviembre, 2015

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Edgar Pierre Jacobs
Las parejas no solo funcionan en el cine o la literatura, también en el cómic, que tiene bastante de ambos.

Definir un mundo alternativo que nos devuelve a un escenario de gentes con sombrero, capaz de entroncar con los aspectos más atractivos de la “vida real”, y saber plasmarlo sobre el papel por medio de la denominada línea clara, es lo que logró el ilustrador belga Edgar P. Jacobs (1904-1987), en un principio cantante de ópera, profesión que abandonó pronto para dedicarse a dibujar por entero.

En España, las aventuras de Blake y Mortimer son actualmente editadas por la casa Norma Editorial.

Philip Mortimer es un físico nuclear escocés, algo confiado, pero finalmente intuitivo y resuelto. El capitán Francis Blake, más flemático aunque igualmente hombre de acción y principios, es un oficial galés de los servicios de inteligencia británicos (MI-5). Su principal antagonista a lo largo de numerosos relatos será el “indestructible” coronel Olrik (físicamente, un trasunto del propio Jacobs).

Blake y Mortimer hicieron su aparición por primera vez en la revista Tintín, el 5 de septiembre de 1946. De hecho, Jacobs había trabajado como ilustrador de decorados en los álbumes de Hergé (1907-1983). Aunque ello no conlleva una ruptura de estilo -como ha sucedido en otros casos-, vamos a distinguir entre dos periodos creativos, puesto que, tras la muerte del progenitor (primera fase), la serie ha venido siendo vivamente continuada por otros artistas (segunda fase, aún en activo).

Blake y Mortimer
PRIMERA FASE: LOS RELATOS CLÁSICOS

La primera aventura de Blake y Mortimer es El secreto del Espadón (1947), que se divide en tres tomos. Se trata de un relato, huelga decirlo, primerizo pero enérgico, definidor y de tono hiperbólico (la destrucción de una ciudad como Roma), con acción a raudales y una considerable tensión desde la primera viñeta, con el indiscriminado ataque de una potencia totalitaria al conjunto de naciones. El suspense lo proporciona una narrativa de cuenta contra reloj que, en su mayor parte, tiene lugar en el interior de la base secreta del Espadón (un avión de combate que aglutina a científicos y militares), situada bajo una inmensa masa de roca (tomo III).

Pero a pesar de tan trágicos acontecimientos, derivados de los sucesos de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), Jacobs no olvida introducir en las peripecias de sus protagonistas, simpáticos giros de suerte o infortunio, marca característica de la casa belga (o, al menos, reconocible herencia de Hergé). La narración se desarrolla en secuencias y hasta en planos totalmente cinematográficos, con influencia de la literatura pulp y de los seriales de espías. Posteriormente, el ostensible trazo a lápiz dará paso al más detallado empleo de la plumilla.


El sugerente y enigmático mundo egipcio será el escenario para la siguiente aventura de Blake y Mortimer, que ya enlaza con la parte más mistérica de sus aventuras. El misterio de la gran pirámide: El papiro de Manetón se ambienta hacia 1948, tras los trágicos acontecimientos relatados en el Espadón.

El origen de la civilización egipcia se pierde en la noche de los tiempos”, dicen las palabras introductorias del autor, a las que se añade cierta información acerca de quién fue Manetón, personaje relacionado con otras figuras históricas como Akenatón (Amenofis IV) o Tutmosis IV (con su famosa estela en la Esfinge). Así, hasta el III A.C., cuando Egipto se hallaba bajo la dominación griega.

Al misterio de la desaparición del papiro en cuestión, se suma el suspense acerca del paradero del capitán Blake, al término de este primer volumen. Las respuestas a estas preguntas las encontraremos en la continuación del relato, La cámara de Horus, nuevamente pródigo en golpes (¡ciertamente!) de azar y de humor (por ejemplo, Mortimer no se da por aludido cuando alguien se refiere a un “barbudo entrometido que anda por ahí”, lo que le ocasionará más de un disgusto). Un buen hallazgo argumental es el procedimiento del olvido inducido, por el que los protagonistas acaban por no recordar nada de lo acontecido, ni del gran misterio que, en efecto, se oculta en el interior de la Gran Pirámide, para de ese modo, poder salvaguardar su (benéfico) secreto.

La marca amarilla
La marca amarilla es una de las más célebres aventuras de Blake y Mortimer. La trama transcurre en pleno Londres, capital de la niebla y de atractivos rincones, como el Club Centaur, frecuente punto de reunión de nuestros protagonistas, donde además se puede almorzar o cenar. Cual Mabuse fritzlangiano, el autor de las tropelías que ensombrecen la ciudad parece poder controlarlo todo sin facilitar a cambio la menor pista acerca de su paradero. Lo que sí conoceremos será la vivienda de los dos amigos, situada en Park Lane y regentada, of course, por una british ama de llaves, la eficiente Mistress Benson.

Muchos recordarán la secuencia, enormemente cinematográfica, que transcurre en Limehouse Dock, los muelles de la ciudad, y que se extiende por las alcantarillas de la urbe. Sobresale, además, la excelente idea de la búsqueda del ejemplar de un libro que se tiene por “inencontrable” (en un tiempo en que aún no existían los buscadores online). El relato culmina felizmente en Nochebuena.

A continuación, El enigma de la Atlántida es una aventura que da inicio de forma inmediata, cuando Blake y Mortimer avistan un OVNI (del que nosotros solo podemos distinguir su estela), atravesando el cielo de la noche. Los dos amigos se encuentran en una isla de las Azores, aunque el grueso del relato transcurre bajo tierra, un espacio en el que los expedicionarios van a redescubrir toda una civilización olvidada por los libros de historia, y a la que tratarán de echar una mano, evitando una felonía que podría acabar con la existencia de ambos mundos.

No podemos dejar de hacer mención del bosque subterráneo, o de la capacidad de Jacobs para desarrollar un acertado cliffhanger (situación límite) a cada salto de página (un peligro que queda imaginativamente resuelto en la siguiente).


En S.O.S. Meteoros, un accidentado viaje conduce a Mortimer ante la presencia de otro colega, el profesor Labrousse de París. Un atropellado recorrido que, más tarde, el científico escocés tratará de reconstruir a pie. La incorporación de Blake, mediada la acción, permite a Mortimer vagar por las afueras de la capital francesa en unas gratas imágenes de contemplativa incertidumbre, en contraposición con el no menos tortuoso periplo del capitán Blake, en su intento por alcanzar la ciudad. Ambas “set pieces” convierten el álbum, en mi opinión, en uno de los más memorables.

Como consecuencia de esta peripecia, todo un “regalo envenenado” le es legado al profesor Mortimer en La trampa diabólica, de manos de uno de los científicos involucrados en la anterior aventura. Pero como no hay mal que por bien no venga, el artefacto en cuestión servirá al físico para trajinar por la prehistoria, el Medievo y un destartalado futuro, para asombro de los habitantes del porvenir y desesperación del capitán Blake.

Se trata de un relato de pura acción, sinopsis más gruesa y la (in)oportuna presencia de otro traidor (sito en el futuro del ser humano), en el que, si acaso, cabe destacar el estupendo requiebro final, por el cual Mortimer salva la vida en su propio espacio-tiempo por el hecho de ser portador de un elemento proveniente del mañana. Ciertamente, ¡el presente también puede llegar a convertirse en una constante e impredecible incógnita!


El caso del collar es un enigma “a la antigua usanza”: el robo de un objeto valioso, en esta tercera aventura de Blake y Mortimer ambientada en tierras francesas. Destaca el (nuevo) recorrido por las alcantarillas de París, que nos retrotrae a folletines como Los misterios de París de Eugène Sue (1804-1857), junto a la descripción gráfica del refugio secreto de los delincuentes. Esta “ausencia de pretensiones”, convierte el álbum en otra grata andanza, perfectamente delineada por el autor. 

Finalmente, Las tres fórmulas del profesor Sato fue la última aventura desarrollada por Jacobs (el tomo segundo hubo de ser completado por Bob de Moor [1925-1992], años más tarde). En esta ocasión, Mortimer se encuentra en el escenario de un Japón ancestral y legendario, lo que proporciona un novedoso y cálido ambiente al relato.

Durante la primera parte de una trama sostenida por androides y el mundo de la incipiente cibernética, como posible nuevo orden mundial manejado por el consabido grupo alternativo “en la sombra”, destaca la casa-laboratorio al borde del mar del profesor Akira Sato. Por su parte, en la continuación, será la secuencia en lo alto del Hotel New Otani, ¡mientras se desatan conjuntamente una tormenta y un terremoto!; junto al sostenido clímax que acontece en la referida casa del acantilado.



SEGUNDA FASE: LOS NUEVOS RELATOS

Una nueva trama relacionada con el espionaje -y el contraespionaje- vertebra El caso Francis Blake, primera aproximación a los personajes de Jacobs por manos ajenas; en este caso, las del guionista Jean van Hamme (1939) y el ilustrador Ted Benoit (1947).

Una de las primeras características que advertimos es que, sin mayores consecuencias que vulneren la naturaleza de los personajes y su contexto, se han aligerado considerablemente los rótulos descriptivos (a veces innecesarios o redundantes) insertos en las viñetas. En este caso, la acción entre Blake y Mortimer se va alternando cada dos páginas, en la mejor tradición del relato de suspense, hasta desembocar los dos personajes en las hermosas tierras de Yorkshire, donde acabarán desmantelando un complot conspirativo. Estamos en junio de 1954, tal y como tenemos ocasión de comprobar por el almanaque de una comisaría.

Tres años más tarde, en 1957, acontece La maquinación Voronov, obra de Yves Sente (guionista, 1964) y André Juillard (historietista, 1948), cuyo telón -de acero- de fondo, es la competición por la conquista del espacio. Estamos ante una nueva y bien hilvanada trama de espionaje e infiltrados, secuestros y traidores a porrillo, encuentros clandestinos en parques o auditorios… que nos muestra a un capitán Blake colaborando estrechamente con su organismo gubernamental hermano, el MI-6 (ministerio de exteriores), en tanto que Mortimer se encuentra en el Centro de Investigaciones Científicas e Industriales de Moscú, asistiendo a un congreso.

La premisa me recuerda bastante a La amenaza de Andrómeda (1969), de Michael Crichton (1942-2008); en este caso, se trata de sacar de la Unión Soviética una muestra de la temible bacteria “Z”. Una excelente idea la hallamos en esa “isla privada” (un compartimento aislado) que se sitúa en el interior de la embajada británica en la URSS.


Una serie de saltos temporales o flashbacks nos conducen en La extraña cita (Benoit y Van Hamme) al encuentro con un antepasado de Mortimer, el cual ha sido hallado en (o devuelto a) EEUU, país al que acude el científico escocés para la identificación y demás (inusitados) trámites. El tándem Blake-Mortimer se bifurca nuevamente por sendas paralelas. Conviene tener en cuenta que la aventura se sitúa un año antes de El enigma de la Atlántida, en que la actitud de Mortimer respecto a los “platillos volantes” es bastante más abierta (aquí peca a veces de cientifismo hermético), por lo que destaca la charla de este con su colega, el profesor Walter Kaufman, que tratará de abrirle los ojos, en el porche de su casa.

El misterio está convenientemente servido, e incluso teóricamente bien rematado. La naturaleza de los sorprendentes infiltrados bien podría ser la descrita, aún siendo complementaria al origen claramente extraterrestre de los referidos habitantes de La Atlántida o, al menos, no excluyente de otras hipótesis, como la teoría de la superación -o burla- de la velocidad de la luz a manos de otros vecinos del cosmos; un aspecto al que se añade la presencia de los conocidos “hombres de negro”. El relato también enlaza con El secreto del Espadón y con la sociedad humana mostrada en el posterior -según la cronología de la ficción- La trampa diabólica, cuyo futuro aún no se ha visto alterado por el presente. En cualquier caso, es el de La extraña cita un enigma que Mortimer habría estado en disposición de aclarar con mayor prontitud si hubiera conocido el idioma español (la pista final se la proporciona su colega, el profesor Ramírez).

Elementos como la incorporación del aparato de televisión en los hogares, el desfile de vehículos de época y otros detalles de ambientación de la década de los cincuenta (en la casa del profesor Kaufman), incluyendo un cine que proyecta Tierras lejanas (1954) de Anthony Mann, o el complejo dedicado a la investigación aeroespacial, perdido entre las llanuras de Kansas, enriquecen un álbum superlativo, ejemplarmente narrado e ilustrado. Hasta los cuadros de la habitación del hotel en que se aloja Mortimer se me antojan una “reproducción” de las pinturas de Remington (1861-1909).

Mortimer frente al villano Olrik
En la primera parte de Los sarcófagos del Sexto Continente, La amenaza universal (Sente-Juillard), asistimos al tan esperado primer encuentro entre Philip Mortimer y Francis Blake -asunto no abordado por Jacobs-. Es decir, al modo en que ambos personajes se conocieron y forjaron una amistad que coincidirá con la pérdida del “primer amor” para uno de ellos, al estilo de lo que le sucediera a Sherlock Holmes. Para ser participes de ello, hemos de trasladarnos a la India colonial de 1933, aunque el “presente histórico” de la aventura se sitúa durante los preparativos de la Exposición Universal celebrada en Bruselas en 1958.

De nuevo, se presta la debida atención a los detalles de ambientación (Jacobs ilustró sus obras en un tiempo que ahora debe ser reconstruido). Elementos que también incluyen aspectos relativos a los núcleos familiares de ambos personajes. Si acaso, el exceso de credulidad por parte de los hindúes al tragarse el regreso a la tierra de un antiguo y pérfido emperador redivivo, que les promete la libertad y que se contrapone a un cameo del líder Gandhi (1869-1948), supone un discurso algo plano, pero a cambio, de vuelta al presente, podemos asistir al reencuentro con el sirviente y hombre de confianza de Blake y Mortimer, el diligente Nasir, o con los profesores Labrousse y Ramírez, todos ellos conocidos de anteriores episodios.

La segunda parte del relato, Duelo de espíritus, sitúa a los personajes en plena Antártida, con el fin de enfrentarse al cerebro virtual con el que el coronel Olrik, en otra de sus muchas vidas y cual viajero astral, ha podido llevar a cabo toda una serie de tropelías en los sistemas eléctricos de la referida Exposición, un poco en la línea de lo expuesto en La marca amarilla.

Unos jovencitos Blake y Mortimer se conocen
El santuario de Gondwana (de los mismos autores que el anterior) será el próximo destino de la pareja. Se trata de un mítico continente para determinadas culturas. Como ya sabemos, conocemos muy poco de nuestro remoto pasado; descubrimientos fortuitos han permitido construir rígidas taxonomías donde apenas se ha contemplado la posibilidad de otras civilizaciones ya desaparecidas, procedieran de donde procedieran, y realmente lejanas en el tiempo. Esta es la línea argumental de la presente aventura, directamente dedicada, por medio de uno de los personajes, al antropólogo y arqueólogo Louis Leakey (1903-1972).

De este modo, se organiza una expedición a Nairobi (Kenia) con el fin de concretar la posibilidad de hallar los restos de una cultura apenas conocida, en tanto que, volvemos a ser partícipes del pasado de Mortimer. La pirueta argumental final hace que la secuencia precedente con el científico, releyendo las memorias que anda escribiendo a trompicones, se cargue con un nuevo significado.

A esta conclusión se añade una resolución deus ex machina, de marcado carácter fortuito, como tantas de las cosas que tienen que ver con el proceloso proceso de la vida, junto a un nuevo “lavado de memoria” de los protagonistas, tal cual sucedía en El misterio de la Gran Pirámide (tomo II). Todo ello, encaminado a preservar ciertos misterios inextricables de nuestra existencia.

Blake y Mortimer en compañía del fiel Nasir
En La maldición de los treinta denarios, nuevamente desarrollada en dos tomos, nos retrotraemos al año 1955. Un nuevo descubrimiento debido al azar pone a Mortimer tras la pista de otro hallazgo histórico: la posibilidad de que Judas sobreviviera a su “ahorcamiento” y llevara su arrepentimiento hasta las costas griegas, junto con el precio de su traición.

En una nota inicial, el guionista Jean van Hamme explica la ardua elaboración de este nuevo relato, tras el fallecimiento del dibujante René Sterne (1952-2006) en pleno proceso. Pero lo cierto es que el álbum no se resiente de tan trágica circunstancia, a pesar de contar con un guión algo más endeble que el de La extraña cita. No obstante, en el segundo volumen las situaciones parecen quedar mejor resueltas, y corregidos ciertos “golpes de efecto”, incluso inocencias, achacables al guión de Van Hamme. Tras el refuerzo adicional de Chantal de Spiegeleer (1957) en esa primera parte, las ilustraciones fueron continuadas por Antoine Aubin (1967) y Étienne Schréder (1950), y entre ellas destacan las de la cueva donde, presumiblemente, fue sepultado el malhadado apóstol, así como todo el entramado de los prosélitos nazis y su querencia por el misticismo de los artilugios revestidos con una pátina mágica.

El recorrido por el interior de la caverna Aquerusia es el preludio de un final a lo Indiana Jones, con fulminación de villano incluido (lo que, por cierto, contradice de modo fulminante la idea de que el cristianismo “se limitó a copiar otras creencias pretéritas sin aportar nada nuevo a cambio”; un tópico –más que una opinión- puesto en boca de Mortimer, que en modo alguno habría suscrito el científico -al menos en semejantes términos-, a lo largo de las indagaciones matrices).


Excelente resulta El juramento de los cinco lores (Sente-Juillard), no solo por evitar la enésima aparición del villano Olrik, sino también por su atractivo argumento. Como tuvimos ocasión de recordar en su día, hubo un momento en la vida y carrera de Thomas Edward Lawrence (1888-1935) en que se sintió traicionado. El relato pone nombre al autor de dicha traición, antes de que la acción se traslade a 1954.

En esta ocasión, será Blake el personaje del cual dispongamos de una valiosa información adicional. El escenario es la incomparable ciudad inglesa de Oxford, auténtico contrafuerte del relato gracias a las esmeradas ilustraciones. A modo de curioso (y merecido) remate, Mortimer es admitido “por primera vez” en el exclusivo Club Centaur como miembro honorífico.

El siguiente álbum es La onda Séptimus, de Aubin y Schréder, en base a un guión de Jean Dufaux (1949) que sitúa los hechos un mes más tarde de los conocidos y sonadísimos acontecimientos de La marca amarilla. No en vano, la presente historia es una continuación de aquella aventura. Nuevamente se emplean con acierto los recursos de una acción progresiva y en paralelo (Blake por un lado y Mortimer por otro, hasta que convergen; aquí habría que incluir también la personal deriva de Olrik); todo ello, en base a una trama algo más compleja de lo habitual, en la que se entremezclan realidad y ficción, junto a estilísticos toques de surrealismo, como sucede con el nada encubierto homenaje al pintor Magritte (1898-1967).

La insania mental de algunos de los personajes de soporte también tiene su lugar específico en la ficción. En esta ocasión, la celebérrima onda inventada por el profesor Séptimus (La marca amarilla) es aplicada a un ingenio extraterrestre, con el fin de provocar una invasión en la que los humanos serían, muy a su pesar, unos meros conectores e instrumentos (en efecto, el homenaje se extiende a las películas Hammer del profesor Quatermass, de las que también nos ocupamos en este blog, e incluso al propio Jacobs, por medio de una serie de guiños al Espadón y otras aventuras). Destaca la nueva secuencia por el subsuelo de Londres.


La vara de Plutarco (Sente-Juillard) es el último álbum publicado en español hasta la fecha. Retrocedemos hasta el año 1944, en plena conflagración mundial, y unos años antes de que acontezcan los terribles pero sorprendentes sucesos imaginados por Jacobs en sus tres volúmenes seminales del Espadón.

Esta precuela ofrece, en su primer tercio, un enfrentamiento en los cielos de Londres, a modo de reducida pero ejemplar Batalla de Inglaterra, entre el capitán Blake y sus compañeros de vuelo, y el piloto de una nueva y mortífera arma volante. Pero el relato pronto se centra en los sugestivos entresijos de los métodos de cifrado y decodificación (algunos de considerable antigüedad), propios de la segunda contienda mundial. Lo que no evita un percance en las comunicaciones, cuando Blake y Mortimer se dirigen a Gibraltar en avión; una estupenda ocurrencia de guión, a la que se suma el ardid de las balizas, o la llamada Estancia Tracer, un búnker en el interior de la misma fortaleza.

En La vara de Plutarco, Blake retoma su amistad con Mortimer tras los episodios descritos en la aventura de Los sarcófagos del sexto continente. Ambos hallarán apoyo en personajes tales como el comandante Benson -una de las ideas más felices del álbum- y otros miembros del Estado Mayor. Así mismo, destaca el escenario de las tres bases secretas de los británicos. La primera, en una zona remota en el distrito de los lagos; la segunda, situada en el interior de un (hasta entonces) gran parque público, y la tercera, en el Peñón de Gibraltar, tal cual resolvió Jacobs en el tercer volumen del Espadón.


A estas alturas, funciona al dedillo la tensión que se deriva de la identidad de los característicos personajes de soporte: ¿serán quiénes aparentan ser?

La idea base es que tras los acontecimientos de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), se produce la variable de los hechos bélicos con que arrancan oficialmente las aventuras de Blake y Mortimer, sin escatimar nuevos aspectos relacionados con la Guerra Fría, tan certeramente ilustrados en posteriores (¡o anteriores!) relatos. Sin duda, una ingeniosa forma de enlazar con la historia “real” de nuestros personajes, y de ahondar en sus características, sin caer en el mero formulismo.

La acción desplegada en La vara de Plutarco queda debidamente clausurada, si bien, abierta a la prolongación de otra aventura, que se anuncia como un nuevo volumen del ciclo de El secreto del Espadón.

Simpática caricatura con los principales protagonistas 
Para finalizar, proporcionamos una relación de los álbumes que componen toda la serie, con el año original de su publicación en francés:
  • El secreto del Espadón (1947)
  • El misterio de la Gran Pirámide (1950)
  • El misterio de la marca amarilla (1953)
  • El enigma de la Atlántida (1955)
  • S.O.S. Meteoros (1958)
  • La trampa diabólica (1960)
  • El caso del collar (1965)
  • Las tres fórmulas del profesor Sato (1970-1990)
  • El caso Francis Blake (1996)
  • La maquinación Voronov (2000)
  • La extraña cita (2001)
  • Los sarcófagos del sexto continente (2003-2004)
  • El santuario de Gondwana (2008)
  • La maldición de los treinta denarios (2009-2010)
  • El juramento de los doce lores (2012)
  • La onda Séptimus (2013)
  • La vara de Plutarco (2014)
  • El secreto del Espadón (2015)
Escrito por Javier C. Aguilera


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