Clásicos Inolvidables (LXXVIII): Don Juan Tenorio, de José Zorrilla

30 octubre, 2015

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Para comprender cabalmente la personalidad y obra de José Zorrilla (1817-1893), debemos imaginárnoslo joven, vagando de noche por los cementerios como un vampiro y dejándose crecer el pelo como un cosaco, tal cual lo describió un amigo de su padre, para pasmo de este último.

Como se suele decir -y no hacer-, de sus peripecias juveniles podría extraerse material para una película, tal vez no demasiado aleccionadora (coexiste cierta aquiescencia con el personaje re-creado), pero sin duda divertida (remito a la concisa biografía de Aniano Peña para Cátedra [Letras Hispánicas, 1992], o, por descontado, a los comentarios del propio Zorrilla en sus fabulosas memorias, descritas en esa prosa de desprejuiciada afinidad que solo proporciona un espíritu romántico frente al mundo). 

El conflicto dramático: un padre magistrado que se opuso toda su vida a la ocupación del hijo, incluso cuando este obtuvo el éxito. El escenario: su propia y desbordante imaginación, sus mundos y ensoñaciones, con el aliciente que supuso el abordar, bajo ese prisma, los entresijos vallisoletanos de su juventud, junto a los sevillanos y toledanos de su adolescencia. La obra: uno de los textos (referentes aparte) más universales e inmortales de toda la literatura española: Don Juan Tenorio, publicado y representado por primera vez en 1844.

La conclusión sería obvia, y es que por mucha técnica de que uno disponga, todo está en la mirada. Y la de José Zorrilla fue tan personal como apasionante.

De Don Juan Tenorio siempre me llamó la atención la interactuación con el elemento fantástico. Zorrilla apodó esta pieza como drama religioso-fantástico, entendiendo su naturaleza redentora -o de toma de conciencia-, con la notable particularidad de que sobrevuela continuamente el componente ético o piadoso: para el pendenciero Juan existen los actos sin consecuencias -morales- hasta que entra en juego ese elemento misterioso, en este caso, ligado a una determinada visión o interpretación de lo religioso: la materia realmente se transforma bajo el nombre del dios o de la corriente espiritual que cada cual prefiera.

Arrepentimiento in extremis, cuando la vida física está periclitada y la espiritual parece perdida, un aspecto que, personalmente, me retrotrae al final del vizconde de Valmont en la novela Las amistades peligrosas (1782), de Pierre Choderlos de Laclos (1741-1803). Pese a que esta identificación no se suele establecer, es muy probable que Zorrilla conociera la obra. 

Por lo demás, este ingrediente fantástico es contemplado como una auténtica violación de la realidad, dentro del espacio de lo visible.

Cuando Don Juan aparece en la vida de José Zorrilla, el autor ya tenía un considerable bagaje en cuanto a obras dramáticas se refiere; dramas históricos, comedias al estilo del siglo de oro y hasta imitación de tragedias clásicas, y al igual que le sucediera a Arthur Conan Doyle (1859-1930) y a otros personajes que acabaron detestando alguna de sus creaciones más populares, a Zorrilla no le agradaba que le recordaran como el autor del Tenorio, exclusivamente.

Don Juan and the statue of the commander, A. E. Fragonard
Pero, si bien es cierto que el resto de su obra no carece de interés, en modo alguno (ya tendremos ocasión de abordar las leyendas en un futuro), no es menos cierto que, tanto en los tiempos que corren como en los que han corrido, el mero hecho de ser recordado y haber sido representado año tras año, es en sí mismo un logro indiscutible que, en muchas ocasiones, los propios autores son los menos indicados para valorar.

Podemos añadir aquí a determinados críticos y literatos que llegaron a considerar como incomprensible la salvación del personaje principal, desde sus propios puntos de vista ontológicos o, peor aún, políticamente ideológicos, cuando lo realmente incomprensible estriba en afear a un autor su propia cosmogonía o tratar de trasladar los parámetros del presente a la antigüedad, como instrumento de valoración crítica. Ciertamente, es un error especialmente grave en un estudioso de la literatura el negar las cualidades de una obra de ficción atendiendo a condicionamientos que, además, constriñen la libertad del creador.

Representación de Don Juan Tenorio
Por su parte, juventud y atractivo son dos cualidades que, en el arte, a veces se han asociado a cierto concepto de lo diabólico, como imagen del irreprimible poder seductor del libertino (o el macarra). No es extraño, por tanto, que Inés reproche a Juan el poseer algún tipo de amuleto que la atrae como un imán (Acto IV, escena III).

En el caso de Juan e Inés -permítaseme prescindir de los don formales-, dicha salvación incluso conlleva la transmutación de los cuerpos físicos en otra forma de ser que, pese a todo, es capaz de conservar la identidad de que se hizo gala en esta vida (rebasamos pues el ámbito de lo estrictamente religioso para adentrarnos en el terreno de lo genérico trascendente, como rasgo relevante de la modernidad del autor –aún fijado en una religiosidad muy concreta-). Tal cual lo expone Zorrilla, el amor presenta un lado oscuro (fisiológico, de conquista, vanidad y presunción), pero también de entrega y plenitud. En este sentido, son muy destacables las palabras de Inés que se refieren al enamoramiento como cualidad universal (Primera parte, acto III), por mucho que estas estén sujetas a su experiencia individual.

Pero el lazo afectivo expuesto y desarrollado por el autor es más complejo aún (o romántico). Conlleva asuntos como el libre albedrío o la predestinación, y el nacimiento del amor en Inés corre paralelo al de una conciencia no cultivada en Juan, que desembocará en la confirmación de dicho amor. Un acto de pura alquimia anímica, lejos ya de las presiones y circunstancias estrictamente sociales (el otro material no corpóreo empleado por Zorrilla).

Los rasgos de modernidad no terminan aquí. Otros elementos argumentales convierten Don Juan Tenorio en una pieza extraordinaria. Tales como la muerte aparente de Juan a manos del capitán Centellas, sin saberlo el primero; el hecho de que la presencia de Inés, en forma de sombra (II: I, IV), se deba a que aún no ha concluido su misión en este mundo; o cierto juego (para los menos fantasiosos, desaliño) con el tiempo, que incluye el acierto de la alternancia de acciones (escenas) entre Luis y Juan, junto a sus criados, en el acto II de la primera parte. 

Posteriormente (comienzo de la segunda parte), una vez desencadenados los funestos acontecimientos principales, el salto temporal se encomienda a la figura de un escultor, a su vez, transformador de la carne en otra materia, en este caso, la piedra. De igual modo, sobresale la invitación chulesca al comendador por parte de un Juan desatado, “pues podré saber de ti / si hay más mundo que el de aquí / y otra vida en que jamás / a decir verdad, creí”.

Es por ello que el joven achaca todo lo que de extraño le acontece a la ilusión de los sentidos y al vino y, en última instancia, a un ardid pergeñado por Centellas y su criado. En el acto tercero (escena dos de la segunda parte), Juan acaba acudiendo a la invitación que le ha devuelto el comendador en el mausoleo erigido sobre el palacio familiar de los Tenorio, ¡pero ya como manifestación personificada de esa otra vida que anteriormente ha negado, es decir, convertido en un fantasma!

Podemos añadir el preliminar e inesperado pistoletazo al comendador, don Gonzalo de Ulloa, padre de Inés, por medio de un arma que Juan ha mantenido a buen recaudo hasta ese preciso instante, propiciando con ella el tan actual efecto sorpresa.


Desacuerdos con los progenitores, bravuconadas entre colegas, un entorno follonero (ya descrito en el primer verso de la obra) se encaminan hacia un clima de iniquidad y de enfrentamiento con la realidad, en todas sus manifestaciones y derivaciones. “Apostaron, me es notorio, a quién haría en un año más daño, Luis Mejía y Juan Tenorio(I: I, II).

En efecto, los jóvenes Juan y Luis son una perla: “por doquiera que voy va el escándalo conmigo”, señala el primero (I: I, XII). Nada les arredra, como demuestran esos carteles con los que se anuncian ambos en el extranjero, haciendo alarde y anticipando sus correrías (un genial detalle que tendría su correspondencia en los perfiles que algunos se fabrican hoy día en internet). Y es que, rizando el rizo, hay que destacar la amenaza que supone Juan para Luis, que ha manifestado su intención de seducir a la prometida de este, Ana de Pantoja (una consumación en off), antes de medirse con una novicia.

Una amenaza perfectamente delineada por Zorrilla en base al suspense que destila la situación, y una actitud que va unida, como advertía antes, a un afán de notoriedad, cuya prueba más física es la lista de conquistas y “caídos en combate” que esgrime cada uno de los contendientes en amores y algarabías.

Escrito por Javier C. Aguilera


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