Adaptaciones (LII): Los mundos de Coraline, de Henry Selick

27 octubre, 2015

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Cuando no dependemos de nosotros mismos y estamos atados a las circunstancias familiares podemos encontrar nuestra libertad y, sobre todo, nuestra felicidad secuestrada. De niños, somos víctimas de las decisiones de los adultos, aún cuando ellos no se plantean exactamente cómo nos afectan. No son pocas las ocasiones en que se ha planteado esta angustia infantil, que suele transformar en rebeldía adolescente, en algún medio artístico. Una de las más decisiones más habituales con respecto a este tema es la mudanza, el desgarro del lugar que se considera un hogar, de unas relaciones establecidas, hacia otro sitio que, en principio, supondrá un choque y, después, un necesario reinicio de nuestras vidas.

En esos momentos vitales, los niños pueden recurrir a la imaginación, a la lectura o, en definitiva, a un mundo interior, rico y fantástico. Varias historias de muy distinta calidad han tratado esta temática del sentirse fuera de lugar, podemos mencionar Del revés (Inside Out, 2015) como una película de animación reciente que ha tratado no solo el tema del desgarro del hogar, sino también del paso de la infancia a la adolescencia. 

Pero si nos adentramos en los mundos de fantasía, hay precedentes tan claros y célebres como Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas (Lewis Carroll, 1865; así como sucesivas adaptaciones, destacando la producida por Disney en 1951) o El viaje de Chihiro (Hayao Miyazaki, 2001). Por no mencionar narraciones que hacen referencia a otra realidad a la que los protagonistas, siempre niños o jóvenes adolescentes, son capaces de llegar: El mago de Oz (Frank Baum, 1900; adaptación de Victor Fleming, 1939), Peter Pan (J.M. Barrie, 1904; adaptación de la factoría Disney en 1953), Crónicas de Narnia (C.S. Lewis, 1950-1956) o Un puente hacia Terabithia (Katherine Paterson, 1977; adaptación de Gabor Csupo, 2007) pueden servir de muestra. La propuesta de hoy tiene un tono más oscuro (aunque los ejemplos anteriores proporcionen cierto espacio a temas escabrosos), debido esencialmente a una íntima relación con los intereses del autor original, al que nos referiremos luego, y una estética que se relaciona con la trayectoria de su director, Henry Selick (1952-). 

Aunque la sombra de Tim Burton sea alargada, debemos recordar que la dirección de una obra tan conocida y popular como Pesadilla antes de Navidad (Nightmare before Christmas, 1993) fue de este cineasta estadounidense. Animador formado en la compañía Disney, su debut como director fue la película de Jack Skeleton y, posteriormente, James y el melocotón gigante (James and the Giant Peach, 1996), también producida por Burton y con distribución de Disney. Este binomio, especialmente la primera, reveló el arte de Selick para el stop-motion, aunque debemos tener en cuenta que no todo fueron éxitos: Monkeybone (2001) fue un desastre en taquilla y en crítica.


El director se realzaría con Los mundos de Coraline (-errática traducción del sencillo- Coraline, 2009), con producción del estudio de animación Laika, responsables de otros largometrajes de stop-motion como El alucinante mundo de Norman (ParaNorman, 2012) o Los BoxTrolls (2014), y basándose en la novela juvenil homónima, publicada en 2002, de Neil Gaiman. Resulta relevante mencionar al autor en el que se basa el guion, escrito por el propio director, dado que algunos temas propios de Gaiman están presentas en la adaptación final, a pesar de los cambios con respecto a la fuente original.

Ambos, Gaiman y Selick, nos demuestran con esta obra dos cuestiones claras: por una parte, que este tipo de propuestas no son patrimonio exclusivo de Burton (quien, por cierto, continuó de forma similar con La novia cadáver en 2005), lo cual no quiere decir que Coraline se asemeje a Pesadilla antes de Navidad, pero sí podemos señalar que habita en parámetros similares; y, por otra parte, que el género del cuento, en este caso del cuento de terror, sigue vigente y pudiendo hacernos disfrutar, heredando fórmulas de los cuentos clásicos, pero también de autores como Carroll.


Tras mudarse con sus padres a los Pink Palace Apartments, una casa parcelada en varios departamentos, Coraline se siente aburrida e ignorada tanto por el cambio como por la actitud de sus padres, entregados al completo a su trabajo: un catálogo de jardinería. La vida en este nuevo lugar se torna gris, incluyendo a unos vecinos estrafalarios (en la buhardilla, un ruso obsesionado con el ejercicio y con un circo de ratones; en el sótano, unas viejas glorias del teatro)  y a Wybie, de su misma edad, pero con una actitud un tanto repelente para nuestra protagonista. Sin embargo, cuando Wybie le regale una muñeca con su mismo aspecto, Coraline será capaz de adentrarse a través de una misteriosa puerta a un mundo distinto, un mundo hecho para maravillarla: sus padres se muestran atentos, sus vecinos son impresionantes y tiene todo lo que quiere a su alcance... Pero pronto se dará cuenta de que este sueño tiene un precio que no está dispuesta a pagar.

El tema clave al que se enfrenta la obra es la insatisfacción de Coraline ante su vida, asunto que realmente no se soluciona, sino que trata de mostrar la necesidad de apreciar lo que tenemos a la par que a tener cuidado con aquello que deseamos. Cuestiones poco originales, aunque bien planteadas en la película. No obstante, y como nota a tener en cuenta, la resolución no es positiva, sino más bien conformista: sí se plantea un cambio en los padres, por haber finalizado su trabajo, pero realmente el cambio esencial se ha producido en Coraline, de forma interna.


Ante el argumento presentado, podemos percibir una estructura de doble realidad. La primera, real, donde debemos aceptar un mundo triste y gris, un lugar donde Coraline no es feliz y donde ella destaca, precisamente, por aportar la luz. Así lo señala su chubasquero amarillo, pero también su interés por los guantes naranjas frente al uniforme escolar grisáceo. No es una realidad atractiva, ni tampoco fácil para ser feliz. Por contra, el mundo mágico, una realidad colorida donde Coraline es continuamente satisfecha sin ningún esfuerzo y todo parece hecho a su medida. 

Sin embargo, no estamos ante dos planos que no se toquen, sino ante una visión bipolar de un mismo mundo. En cierta forma, el mundo mágico está creado como antítesis positiva del mundo real, pero conforme avanza el tiempo, se revela como un lugar aún más terrible que esa realidad de la que se pretendía escapar. No es tampoco extraño encontrar en una historia de Gaiman un mundo mágico que entremezcla entes malignos con seres bondadosos, y aquí seremos testigos de algunas criaturas que, a pesar del mal que pueden sufrir, se atreven a ayudar a Coraline cuando el sueño se torna en pesadilla.


Desde la escena inicial, la presencia del personaje malévolo es inquietante y parece estar presente desde un pasado lejano, sintiéndose como si siempre hubiera estado ahí, como una amenaza sempiterna no solo para Coraline, sino para cualquier niño insatisfecho. En este sentido, podemos entenderlo como un trasunto de bruja similar a la del cuento de Hansel y Gretel, incluso como un flautista de Hamelin o un reverso oscuro de Peter Pan. Realmente, esta otra madre está envuelta en el misterio más absoluto, como los personajes clásicos, al no existir explicación alguna para el mundo mágico en sí, que acaba por ser aceptado por Coraline con total naturalidad, a pesar de un primer extrañamiento y una necesaria huida final.

Resulta también extraño el viaje entre ambos mundos, ya que encontramos a nuestra protagonista cruzando físicamente un túnel, para después regresar a su casa a la mañana siguiente de forma no física. Una elipsis que va contra otras ideas mostradas posteriormente y que se debe, sin duda, a un agujero en la trama por un fallo de adaptación: en el libro todas las vivencias del mundo mágico suceden en una misma noche. A pesar de ello, la continuidad de los días y la comparativa entre ambas realidades permite aumentar tanto la insatisfacción del personaje como la inquietud que provoca el otro lado del túnel.


La película derrocha ocasiones en las que advertir de algo funesto, como los ratones que comentan peligros cercanos o las lecturas de posos de té. Precisamente, los estrafalarios vecinos serán justamente necesarios como símiles a los que recurrir en el mundo mágico, pero también como señales de que no todo es lo que parece. Centrándonos en las dos ancianas actrices, estas muestran algunas claves, incluyendo un objeto vital para el desarrollo de la trama, a la par que ofrecen al espectador algunos chistes negros, como los perros disecados.

Sin embargo, cabe mencionar el hecho de que la película es enteramente Coraline: el resto de personajes secundarios están presentes a partir de su aventura y no aportan ninguna subtrama. En este sentido, están desaprovechados, especialmente Wybie, creado ad hoc para la película y que aporta una especial conexión con el personaje central, pero con una forma de ser y una historia muy desdibujadas. Se nota también el intento por provocar que la casa sea un personaje más, como pudiera suceder en Monster House (Gil Kenan, 2006), pero solo funciona en el tramo final de la obra y no, por ejemplo, en las partes relativas a la realidad cotidiana. Mejor suerte corre Gato, que resulta un gran contrapunto como acompañante de Coraline.


Ahora bien, la película está falta de cierta desarrollo, se queda ciertamente corta y le falta cierta capacidad de conexión con el espectador. Si bien es cierto que los paralelismos encajan a la perfección, incluyendo una secuencia desde el mundo real, pasando por un mundo mágico y, finalmente, un mundo mágico destruido, la obra da la sensación de poder haber dado más. El espectador puede seguir interesado en obtener más claves o más puntos de unión con lo que se supone que debe sentir. Incluso la aventura final resulta breve y no nos proporciona un clímax total. 

Así pues, se siente algo reducido y carente. Por señalar un ejemplo, la oportunidad para vencer a la villana, en este caso, resulta irrisoria: un trato que no implica acción para el malvado, un juego de búsqueda sin sentido donde incluso la protagonista recibe ayuda en lo más evidente. No obstante, cabe destacar el encuentro final, con la simulación arácnida, y sus postrimerías, situadas ya en el plano real (comprobación definitiva de que el mundo y la experiencia que Coraline ha vivido es auténtica).


Finalmente, el cuento cuenta con las carencias propias no solo de su género, sino también del estilo de animación empleado. El stop motion supone un gran esfuerzo para filmar algo mínimo, lo que supone que las historias no sean siempre tan redondas como podrían resultar. No obstante, no estamos ante una mala narración de terror, incluyendo algunos elementos propio de fobias, sin faltar los insectos, la araña o las extrañas y peculiares muñecas. También colabora una banda sonora compuesta por Bruno Coulais, también responsable de la música de Los chicos del coro (Les choristes, Christophe Barratier, 2004), que concurre con las escenas con naturalidad y aportando aún un tono sombrío gracias a las voces corales.

En definitiva, no estamos ante una mala película, quizás viviendo desapercibida bajo la sombra alargada de Pesadilla antes de Navidad, sino, más bien, ante una historia que pedía más, lo cual no es un aspecto negativo: supone que ha logrado captar el interés, aunque al final no haya cumplido con todas las expectativas. Como último comentario, no podemos más que decir que a pesar de las escenas de miedo, el auténtico terror se sitúa en no encontrarnos a nosotros mismos en nuestra realidad o perdernos a otros mundos porque no hallamos ninguna respuesta en quienes deberían estar ahí.

Escrito por Luis J. del Castillo


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