Cristal Oscuro, de Jim Henson y Frank Oz

06 septiembre, 2015

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El nudo gordiano del que parte la inolvidable Cristal Oscuro (The Dark Crystal, ITC-Universal-Columbia Pictures, 1982) es la representación de una escisión. La de una entidad cuya naturaleza ha sido disociada y que, para proseguir su armónica evolución, ha de volver a unirse.

Siguiendo la senda de los presocráticos, diríamos que en el mismo río somos y no somos, pues todo es uno, aún estando sujetos a una mutación continua, física, espiritual o de ambas. Según esto, toda realidad observable sería producto de una primera fuerza o sustancia, y en ella nada está desconectado; ni siquiera los contarios.

Viene este trascendente prolegómeno a cuento de la argamasa argumental de la película que nos ocupa, de la que no podemos dejar de recordar a sus artífices, el mítico marionetista Jim Henson (1936-1990) y el realizador Frank Oz (1944), ambos bajo los auspicios del empresario Lew Grade (1906-1998) y el productor Gary Kurtz (1940).

Así mismo, cabe destacar la dirección artística del ilustrador Brian Froud (1947) y la inspirada partitura de Trevor Jones (1949; es decir, de esas que ya no se encuentran en una película ni con lupa -o sonotone-), junto al tratamiento de las imágenes por parte del magnífico Oswald Morris (1915-2014), en el que fue su último trabajo para el cine (y personalmente, uno de los profesionales que me hicieron descubrir y percatarme por primera vez de la labor del director de fotografía, o cinematographer, como dicen allá).


El símbolo de la referida desunión es el Cristal Oscuro, que se conserva en el interior del Castillo del Cristal. Representa a dos razas con un tronco común: los contemplativos místicos y los repulsivos skekses. Tanto de una raza como de otra, en estos momentos solo quedan diez representantes o supervivientes.

La voz del narrador describe a los primeros como apacibles custodios del saber, y a los segundos como unas criaturas agonizantes, siendo extensible el calificativo a su afán por el poder (y al poder mismo). Los líderes de ambas razas están feneciendo, pero a los habitantes del telúrico alcázar les está reservada la escenificación de esa lucha por el poder, con el correspondiente conciliábulo y posterior banquete de celebración.

Fea conducta en consonancia con el desagradable aspecto físico de tales residentes, con sus atavíos de reminiscencias decadentes y aristocráticos perifollos. La porfía por hacerse con la vacante que acaba de dejar –muy a su pesar- el Emperador, culmina con el despojo de vestiduras del oponente que queda perdedor, el repudiado Chambelán. Ciertamente, el humor ácido habita los corredores del Castillo del Cristal, en un relato que se valora y disfruta mucho más siendo adulto.


No contentos con lo expuesto, los agónicos skekses extraen la energía que les mantiene con vida directamente del sol, por mediación del quebrado cristal. De este modo, son capaces de “engañar a la muerte”. Pero además, incapaces de hacer algo por ellos mismos, aprovechan el fluido vital de los bondadosos miembros de un sometido aunque dicharachero pueblo, los podling (que semejan una congregación del Medievo y son destinatarios de una de las excelentes piezas de la banda sonora de Jones, la Danza Pod). Estos quedan convertidos en una especie de zombis amansados, ya que sin el sometimiento del “pueblo”, los skekses se quedan en nada; sus ansias de perpetuarse en el tiempo tomando la esencia de sus víctimas, son el difunto retrato de la eternización del poder en abstracto.

Diferentes resultan los rituales de los místicos, pero a ambos les atañe una profecía, lo que equivale a decir un destino. Anhelada meta para unos y amenaza para los otros, el gelflin Jen, “último” representante de su especie, está en disposición de hacer cumplir dicha profecía restaurando un fragmento desprendido del Cristal. Jen ha sido discípulo de los místicos que, a su vez, sentirán una vez más la llamada de la preciada roca, después de “mil años”.


Para cumplir con la misión encomendada, Jen emprenderá un viaje iniciático, donde “ya nada es fácil”, y cuya primera escala será la morada de la bruja y astrónoma Aughra (a la que prestó voz la actriz Billie Whitelaw).

Elegantes desplazamientos laterales de la cámara (travellings) acompañan a Jen y a su compañera Kira durante buena parte de su recorrido, de igual modo que muestran un paisaje poblado por los más extraños y fascinantes seres. Una bonita idea es aquella por la cual Kira y Jen comparten sus recuerdos -sus vidas- al contacto de sus manos. También resulta evocador el paso por las antiguas ruinas de sus antepasados gelflin, junto a la definición de Jen de lo que entiende por escritura.

Al final, no serán únicamente las fraccionadas almas de los skekses y los místicos las que se reúnan gracias al fenómeno astronómico de la Conjunción de los Tres Soles, en este lugar impreciso y trufado de fantasía…

Escrito por Javier C. Aguilera


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