Los peces rojos, de José Antonio Nieves Conde

06 julio, 2015

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Pienso que no está de más que recordemos la doble efeméride que nos brinda una de las grandes películas del cine español (porque el cine no se reduce a lo que se estrena, cada vez con mayor dificultad, en una sala). Me refiero a los sesenta lustrosos años de Los peces rojos (Suevia, 1955) y al centenario del nacimiento de su realizador, el siempre interesante José Antonio Nieves Conde (1915-2006).

Los peces rojos fue un relato escrito por el recientemente desaparecido Carlos Blanco (1917-2013), en buena parte responsable de al menos otras dos obras maestras de nuestro cine, como son Locura de amor (1948), de Juan de Orduña (1900-1974), y Los ojos dejan huellas (1952), de José Luis Sáenz de Heredia (1911-1992).

¿Dónde termina la realidad y comienza la ficción? Es una pregunta que podríamos formular intercambiando ambos nombres. Para dos personajes tan dispares pero influyentes como Albert Einstein (1879-1955) y Alfred Hitchcock (1899-1980; y no es baladí citar al realizador británico con motivo de esta película), la imaginación era más importante que la sabiduría o la lógica.

Ciertamente, la ficción puede emanciparse de su creador, y entonces, ya pasa a pertenecer a todos sus potenciales destinatarios. Si me permiten una última referencia, la fantasía no sería otra cosa que una forma de memoria emancipada del orden del tiempo, tal y como la definió el poeta Samuel T. Coleridge (1772-1834).

En la película, esta perspectiva queda retratada con la ayuda de la fotografía de Francisco Sempere (-1979), los decorados de Gil Parrondo (1921) y Luis Pérez Espinosa (-), y el acompañamiento musical de Miguel Asins Arbó (1916-1996), en torno a una narración que, dejando ahora al margen el apartado escenográfico, se ubica a caballo entre el paisaje del Madrid más suburbano y bohemio (el nudo proporcionado por unos flashbacks), la lluviosa pero luminosa ciudad de Gijón (la introducción y el desenlace; hagamos notar que guionista y decorador son asturianos), más una breve visita a la señorial Cáceres.


Unos viajeros llegan a un hotel de Gijón en plena noche. Son los Pascal o, más concretamente, el novelista Hugo Pascal (Arturo de Córdoba), su compañera, la actriz de varietés Ivón (Emma Penella), y el hijo del primero, Carlos. Se da la circunstancia de que nadie logra ver a este último, a pesar de que como persona jurídica existe. Con la misteriosa desaparición del joven, inmediatamente da comienzo la búsqueda, o mejor dicho, la recuperación del cuerpo, ya que todo parece indicar que este se ha precipitado al mar embravecido desde un inestable promontorio.

Pero la existencia o no del personaje llevará al espectador a unas conclusiones que no son las que podría esperar en un primer momento. Sin tratar de desvelar la clave del relato, realmente estamos asistiendo a una premeditada puesta en escena (a lo Agatha Christie), que Nieves Conde ejemplifica de forma muy lograda por medio de algunos detalles. Por ejemplo, no existe ninguna fotografía del muchacho, estudiante de arquitectura, pero esta ausencia se contrapone a su presencia por medio de la voz que sale de la habitación del hotel, del cenicero repleto de colillas sobre la mesa de su estudio, o de la persona que contesta a una llamada de teléfono o aparece en uno de los palcos del teatro donde actúa Ivón (cuyo nombre artístico nos evoca otra doble identidad).


Abundando en ello, en el estupendo escenario real de la librería y editorial que regenta el señor Muro (Julio Goróstegui; cuyo despacho ya sería probablemente una recreación en estudio), tiene lugar una secuencia básica de la película. En ella, la novela entregada por Hugo es tildada por el editor de inverosímil, porque los personajes son poco cotidianos, esto es, duales en lugar de meros arquetipos, y para colmo pueden llegar a rebelarse por vía de la fabulación (subyace una crítica totalmente actual a las publicaciones, no ya de consumo sino de calidad manifiestamente mejorable). Para el editor falta en el relato y en los personajes de Hugo un mayor componente neorrealista, puesto que son las creaciones “realistas” y no las “fantasías” las que demanda el público, y además, las que son tenidas por “buena” literatura.

Demasiados entrecomillados para el pobre Hugo que, pese a todo, reclama que lo verdaderamente humano reside en la fantasía y no en la vida misma o la representación de la miseria (un editor y lector sensatos abogarían hoy por ambas vertientes sin exclusiones). De modo sarcástico, el realizador culmina la antedicha secuencia mostrando cómo el editor retoma sus quehaceres intelectuales reanudando la lectura de una conocida publicación deportiva…

Esta puesta en escena real, que desvelará el conflicto de Hugo como autor, se enriquece con la pergeñada por los protagonistas del relato, e incluso con esa otra puesta en escena que, preparada poco después por Ivón, tendrá como destinatario al propio Hugo (con dos vasos de café en primer término del plano).


De este modo, pese a que de lo que Hugo no carece precisamente es de imaginación, este se encuentra aquejado de una severa frustración laboral (y personal, puesto que para él su trabajo es su vida). Irónicamente, su mejor creación de ficción ya ha sido revelada y es conocida por el público.

Este dualismo de los personajes también encuentra otro ejemplo significativo de “no ficción” en la propia Ivón, que decide jugar a un arriesgado himeneo entre Hugo y el misterioso Carlos. Desde su llegada al hotel de Gijón, donde queda expuesto el conflicto con el tercer personaje, la historia de Hugo e Ivón se complementa por medio de dos flashbacks, que dosifican maravillosamente el suspense. Apuntemos además, el valor, tan estético como metafórico, de los espejos en los que se ven reflejados algunos de los personajes, como sucede con la fiel compañera de la actriz, Magda (Pilar Soler).

La nómina de actores de soporte, como el comisario (Félix Dafauce), el inspector (Félix Acaso), la tía Ángela (María de las Rivas) o el conserje del hotel (Manuel de Juan), ayudan a sostener todo el entramado, del que podemos señalar, finalmente, otro excelente detalle, el de la maleta abarrotada por los manuscritos sin publicar de Hugo. No es solo Carlos quien yace allí.

Escrito por Javier C. Aguilera

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