Un amor entre dos mundos, de Juan Diego Solanas

25 junio, 2015

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Imaginemos un mundo unido a otro en una órbita alrededor de los mismos astros, con sus propias gravedades y normas físicas, imaginemos que entre esas normas exista la condena de que la materia de un mundo se quemará en contacto con la materia del otro, imaginemos que el mundo superior es superior gracias al avance científico, el poder económico y la opresión hacia el mundo inferior, imaginemos que dos personas de estos dos mundos unidos, pero separados, se enamoran. Esta es la idea de la que parte Un amor entre dos mundos (Upside Down, 2012). El argentino Juan Diego Solanas fue el encargado de escribir, junto a Santiago Amigorena, y dirigir esta coproducción franco-canadiense.


Una obra que nos propone un nuevo mundo, un terreno de juego donde explorar y que resulta, sin lugar a dudas, atractivo: un bonito y barroco envoltorio de ciencia ficción, con tintes de crítica social (pobres contra ricos, Primer Mundo - Tercer Mundo) y unas leyes físicas marcadas. Pero la película, como se señala en el título traducido con que llegó a España, se desvía hacia una historia romántica entre los protagonistas: un chico huérfano y pobre del mundo inferior y una joven bella y alegre del mundo superior. La propuesta entonces podría desviarse hacia otros límites, como la imposibilidad del amor por pertenecer a mundos tan distintos, una temática ya explorada en muchas ocasiones, pero con el añadido del mundo creado par ala ocasión, o bien, trazar una historia de superación a través de las trabas que supone vivir en mundos de gravedad distinta. Pero la acción de la película transcurre por un giro argumental donde entra en juego la elipsis temporal y un problema de amnesia.

A partir de este punto, podemos suponer que estaremos ante una reconquista de ese amor perdido en la adolescencia y nunca olvidado de nuestro protagonista, Adam (un poco convincente Jim Surgess), que se vende a la temible empresa que parece controlar los designios del mundo inferior a cambio de poder acercarse mediante trucos diversos a su querida Eden (Kirsten Dunst, que parece excesivamente perdida en esta historia).


El problema principal de la historia es que, finalmente, no hay desarrollo hacia ninguno de los aspectos que uno podría esperar. En relación a la posible crítica socio-económica, esta resulta casi infantil, sin ninguna resolución satisfactoria. Por ejemplo, la empresa, TransWorld, es culpable de diversos accidentes mortales relacionados con el petróleo, entre los cuales encontramos como víctimas a los padres de Adam, pero la película no se esfuerza en ningún momento por mostrarnos esas atrocidades, de la misma forma que se habla de la pobreza y la criminalidad del mundo inferior y esta solo se refleja en la película por el aspecto sucio de las calles. La parte negativa de esta sociedad tan solo aparece en las noticias, normalmente a través de una voz en off, o por lo que cuentan los personajes, pero realmente nunca sucede nada excesivamente escabroso en pantalla. 

Encontramos extorsión en el último tramo de la película, pero dado que la resolución es muy precipitada, nunca se llega a percibir como una auténtica amenaza. Podemos apuntar aún más, el giro en busca de un happy end resulta incoherente con todo lo que se ha esforzado el guion en mostrarnos la enorme dificultad que supone la relación entre Adam y Eden. Pareja que, por otra parte, tampoco cuenta con un desarrollo romántico adecuado: los vemos en momentos de plena felicidad o de tristeza por su separación inevitable, pero sabemos que están enamorados porque la película lo repite en boca de Adam continuamente. Se nos ofrecen pocos referentes para que se forje una relación tan apasionada y, aún más grave, para el reencuentro con sorpresa incluida en las últimas escenas.


Observando así las dos tramas que se presentan en la película, podemos apreciar que una tan solo evoluciona mediante menciones relativos a hechos fuera de la pantalla y sin profundizar en demasía, mientras que la trama amorosa, por la que se decanta la obra de forma evidente, flaquea en su fundamentación y resulta inverosímil por los cambios que se introducen. Por ejemplo, el fin de la amnesia no parece estar tan relacionado con el hecho de un descubrimiento crucial o de algún acto especial, sino más bien está impuesto por la necesidad del guion para acelerar el proceso de la relación romántica. Ni siquiera lo relativo a la ciencia ficción queda bien expuesto, pues aunque el inicio trata de fundamentar las bases de este universo, el funcionamiento de sus reglas se alteran de forma continuada a lo largo de la obra. 

Por señalar un ejemplo sencillo, el contacto de la materia de uno de los mundos con el otro produce un proceso de combustión en cuestión de minutos, sin embargo, esto no se aplica al contacto entre personas o a los alimentos, como se evidencia por el contacto de los protagonistas en las primeras secuencias. Sin embargo, cuando esto supone un problema dado que Adam debe permanecer un tiempo en contacto con materia del mundo superior, el tiempo en el que este empieza a arder es relativo y dependiente de las necesidades de la historia más que de una lógica impuesta por leyes físicas. Estos detalles merman la calidad del argumento y contrarrestan tanto la labor creativa como el esfuerzo del espectador para tratar de comprender y entrar en el mundo propuesto.


Un universo que, por otra parte, se han tomado la molestia de tratar de crear de la forma más vistosa y recargada posible, creando todo un escenario fantástico muy atractivo visualmente, pero con defectos en la iluminación y la fotografía bastante evidentes (reflejos en la pantalla, un filtro de imagen excesivamente azulado, una saturación muy elevada, etc.). Los efectos especiales, por su parte, sí denotan un trabajo eficaz, como muestran algunas de las escenas donde la gravedad juega un papel determinante, aunque finalmente deslucido por ser más un espectáculo que un complemento a una historia bien desarrollada. La labor interpretativa del reparto tampoco destaca, salvo quizás la actuación de Timothy Spall con un personaje que pese a tener una presentación un tanto burda, desarrolla un rol decisivo en la historia.

En definitiva, un nuevo juego de artificio que nos arroja un planteamiento interesante, pero cuyas propuestas se quedan por desarrollar. Incluso al final se concluye remarcando que los futuros cambios sociales son otra historia a contar, cediendo a una, suponemos, imagen del futuro ideal de convivencia entre ambos mundos. Pero, de nuevo, no lo vemos en pantalla, como tampoco vimos la evolución de una historia romántica, una crítica social madura ni, en conclusión, una buena película.



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