La voz en pie, de Gracia Morales

19 junio, 2015

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Gracia Morales (fot. Pablo Pedro Salvador Hernández)
Durante la lectura de American Gods (Neil Gaiman, 2001), hay un fragmento donde se señala que necesitamos relatos individuales, pues vivimos en un mundo que se refugia en cifras que no nos afectan, porque si nos afectaran, quizás no pudiéramos seguir adelante. 

En este sentido, Gaiman reflexionaba sobre la necesidad de contar esas historias particulares de gente que está sufriendo o que ha sufrido y cómo, en cierta forma, tampoco importa que las conozcamos, pues no acabaría por reflejar la realidad en su conjunto, sino una parcela del sufrimiento que se permite en el mundo.

Esta reflexión se relaciona con el poemario que hoy reseñamos: La voz en pie (2014), de la autora Gracia Morales, profesora de la Universidad de Granada, pero también dramaturga, actriz y con una carrera ligada a la poesía, con títulos como Ocho poemas para andar por casa (2000), Manual de corte y confección (2001) y De puertas para dentro (2004), este último, Primer Premio de Poesía Javier Egea. 

A lo largo de sus poemas, Morales se detiene en lo sutil para elevar su voz hacia aquello que nos hace sufrir o por lo que sufren los otros. El libro se divide en dos secciones: Bienaventuranzas y La mirada alrededor. En la primera, en remisión al género típicamente bíblico, se exhorta a un tipo de felicidad, en este caso basada en la alegría de hechos concretos. Así, tenemos en el primer poema el sentimiento de amistad y compañerismo del que no solo recibe, sino que también es capaz de dar, en el segundo poema a quienes dedican su vida al campo y que mantienen una sabiduría propia que remite a la tradición, a nuestro pasado. 

El tercer poema de esta sección nos remite al juego infantil, en este caso el fútbol, refugio en medio de la guerra de la felicidad de los niños, que se convierten en su ensoñación en sus grandes ídolos mientras viven en libertad "a salvo, por unas horas / del mundo que hemos creado para él / los adultos". Frente a los dos iniciales, más relacionados con el lado de acá, se nos presenta un presente universal, tanto en lugares de guerra como en otros donde existe otro tipo de conflicto, pero que son más cercanos geográficamente: Bagdad, Ayacucho, Ceuta, Kampala.


El cuarto se refiere a los animales que permanecen a salvo de la figura del hombre, en remisión literal a los atropellos con vehículos, pero que también nos recuerda al poema New York (Oficina y denuncia) de García Lorca, en cuanto a cómo al final el ser humano se aferra a su volante, sigue viviendo y deja tras de sí un reguero de sangre, esas pequeñas masacres de nuestro día a día. Los siguientes remiten tanto a momentos puntuales de nuestra vida (el despertar, el momento de alargar la despedida del sueño), a las mujeres que luchan y lucharon por sus derechos ocupando las calles desde el mundo del hogar, como al sosiego de quienes creen en la religión, con una clara crítica que subyace en el poema.

Concluyen estas bienaventuranzas con las personas que son capaces de trascender el momento, de no encontrar distracción mientras logra dar las gracias. En definitiva, un conjunto de poemas que parte de lo pequeño, de los momentos no considerados importantes o de lo que generalmente se ha dejado aparte (los niños, las mujeres, el despertar, los momentos de quietud) para hacerlos trascender a través de la poesía, darles un espacio donde existan.


Con más aspereza nos acercamos a La mirada alrededor, subdividido igual que Cortázar hizo con Rayuela (1963): Del lado de acá y Del lado de allá. El poema que abre ambas partes remite a ese dolor de cifras que decíamos al principio: esa falsa división entre dos mundos, entre dos (o más) tipos de personas que nos impide, al final, ver la humanidad tras el dolor de la pantalla. Y, por otra parte, cómo nos afecta cuándo logramos verlo, cuando finalmente observamos cómo el dolor se extiende a nuestro alrededor.

En ese lado de acá hay espacio para los casos concretos que vemos cerca. Ese Individuo 1 (Sin dramatismo) que se ha acabado por convencer de que "[...] la alegría / queda siempre en otra parte", que se atormenta de la falta de felicidad y que no es capaz de disfrutar de lo que le rodea ni de recordar esos instantes de alegría junto a otros. O el agobiante panorama de Individuo 2 (Frío), donde se acongoja y se sufre en medio de esa plenitud de cosas que nos rodea; en un panorama donde tenemos tanta comunicación, el individuo queda solo, desvalido, en oscuridad, llorando. También hay dedicado a la hipocresía de quienes defienden una idea y viven ajenos a la misma en Individuo 3 (Naturaleza). Tres distintos casos de personas que pasean junto a nosotros en la calle o que, quizás, seamos nosotros mismos.

No somos tan diferentes: nos dejamos engañar por la publicidad a pesar de seguir con una vida monótona, como en La voz interior 1 (Atasco), víctimas deseosas de la moda y de las tendencias que maquillan al ser humano de superficialidad, de falsa felicidad, en La voz interior 2 (El buen tiempo), o, finalmente, la forma en que al final somos tratados por quienes dicen velar por nosotros, tratarnos de hacer ver tan solo una parte de nuestra realidad, porque sí, nos vigilan por nuestra seguridad, en La voz interior 3 (Seguridad). Se reparte así el lamento por nuestra situación y por nuestras actitudes entre los tres individuos y se realiza una crítica a las voces que se han creado en nuestro interior, empujadas por lo que nos venden frente a lo que realmente sucede. Una visión de lo que nos rodea que funciona como si se levantara un telón y nos mostrara no el mundo bello que se pinta, sino el descarnado, el real, como hiciera Baudelaire en sus Flores del mal (1857).


Y fuera de ese dolor sutil y ese mundo interior, el lado de allá nos lleva a situaciones extrañas, pero que remiten a nuestra misma humanidad, a nuestros lugares comunes. Precisamente, Las matemáticas del hombre remite a las coincidencias, a lo común: al amor que damos a los demás, a pesar de que nuestro camino nos lleve a olvidarnos de nosotros, a realizar actos inhumanos con otros, y, finalmente, a sorprendernos de cómo un mismo ser puede crecer y amar a la vez que se destruye y crea dolor. Todos comprendemos también el amor hacia un hijo, por ello mismo podemos entender la incertidumbre y el sufrimiento que causa dejarlo marchar hacia un futuro incierto, como sucede en Despedida, donde todos estos sentimientos se entremezclan en sus estrofas de preguntas retóricas y dudas persistentes.

Estadística personifica el número en un caso concreto, en un deseo de vida que muere y que se suma a los muertos en el día, pero que reconstruye todo un mundo de ilusiones que remite a las mismas ensoñaciones que tenemos todos los seres humanos cuando vemos un nacimiento. Y por ello, el mismo dolor que nos sobrecoge la muerte de un niño, siempre que este no sea un número más. Toda una vida futura descrita en un poema. En El orador observamos el poder acumulado en pocas manos, las guerras que se crean alrededor de ilusiones y la rabia que se expande aún en quienes son inocentes y observan estas injusticias sin comprenderlas. Daños colaterales nos ofrece el reflejo de la vida truncada por las guerras, por los proyectiles que atacan las vidas de quienes no decidieron nada. Se relaciona perfectamente con el poema anterior: nos da rabia pensar en estas situaciones, en esos inocentes, que no desearon guerra alguna, pero que ven cómo las bombas caen y se llevan con ellas a sus vecinos, a sus familiares, sus hogares y su vida. Vidas retratadas por un fotógrafo en Imágenes, poema que cierra esta obra y que sirve para recoger escenas para la posteridad: imágenes que remiten a nuestro presente terrible, igual que hacen las poesías recopiladas por Gracia Morales en este libro.

Life Amid the Ruins (Carol Guzy)

En definitiva, una obra poética que pretende dar imagen a través de sus letras a una realidad humana que se escapa entre titulares grandilocuentes y cifras. Que arroja luz sobre la individualidad, sobre la felicidad, por una parte, y la tragedia, por otra, de quienes nos rodean y de quienes permanecen lejos de nosotros, pero que son tan humanos como nosotros: que tienen hijos, que tienen una vida de las que han sido despojados y que también tuvieron oportunidad de ser felices.

La voz en pie permite elevar esa cotidianidad a la trascendencia, consiguiendo que aquellas preocupaciones comunes de nuestra sociedad tengan imagen propia, otorgando consciencia propia a los otros frente a nuestra individualidad. 



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