Lusitania, de Erik Larson

07 mayo, 2015

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Con cuánta facilidad se puede truncar de repente una vida, el conjunto de ilusiones que cada existencia conlleva. Hacer daño es diabólicamente fácil y el perjuicio del mal, informe y abstracto, siempre ha acompañado al ser humano. Por tierra, mar y aire, se trata de una mera cuestión de probabilidades o, expresado de otra forma, de mala fortuna. Un árbol que se desprende, un descuido involuntario al volante o en el propio hogar… pero, ¿y cuando se trata de un acto deliberado?

La situación se ceba entonces en los inocentes y la impotencia emerge como mecanismo de repulsa ante todo tipo de violencias injustificadas, ejercidas por asesinos en potencia, muchos de ellos arropados por una situación bélica, que permite ocultar su criminalidad entre los pliegues administrativos de un (des)gobierno, o son consecuencia directa de este.

Al menos, esto es lo que sucedió el viernes siete de mayo de 1915 (tal día como hoy, hace exactamente cien años). Y esto es lo que narra Erik Larson (1954) en Lusitania (Ariel, 2015), necesario recordatorio a modo de crónica y novela histórica.

Pese a que se echa de menos una galería fotográfica para poder identificar, en la medida de lo posible, a los personajes más destacados del drama, Larson describe el suceso con una prosa emocionante aunque contenida, bajo una relativa apariencia de desapasionamiento o de calma chicha, proporcionando buena cantidad de datos historiográficos al lector.

El Lusitania fue uno de los más aventajados vapores de la compañía naviera británica Cunard, de Liverpool. Realizó su primer trayecto en 1907, poseía veinticinco calderas, cuatro chimeneas, consumía mil toneladas de carbón por viaje transatlántico y alcanzaba una asombrosa velocidad: casi veintiséis nudos marítimos.

Erik Larson
El capitán del Lusitania, William Thomas Turner, también lo había sido del Carpathia, el barco que -ya con otro capitán al mando- había acudido poco antes al rescate de los supervivientes del Titanic. El relato de Larson es pródigo en este tipo de casualidades. Alérgico a los compromisos y las obligaciones sociales, pero profesional bregado, junto a Turner se dieron cita en aquel viaje personas de toda condición social e incluso espiritual: entre el pasaje se hallaba la espiritista Theodate Pope, que además fue la primera mujer arquitecto de Norteamérica.

También los jóvenes y colegas de “cámara Kodak Nº.1”, Richard Pritchard y Thomas Sumner; Robert Kay, un muchacho sometido a cuarentena a causa del sarampión, el correcaminos y emprendedor librero Charles Lauriat, que transportaba dos verdaderas joyas literarias -invitamos al lector a que descubra cuáles-, los hermanos marineros Leslie y Clifford Morton, Margaret Mackworth, mujer de carácter algo depresivo, y Dwight Harris, en posesión de un anillo de compromiso y un salvavidas de repuesto adquirido en Nueva York, de donde partió el Lusitania.

Un heterogéneo grupo sazonado con ligones acaudalados, familias al completo o en espera de poder hacerlo, e incluso algún que otro pasajero del distinguido grupo “yo estuve a punto de subir”, que hacía referencia a aquellas personas que, por una razón u otra, se libraron de embarcar en el Titanic en el último momento…

Capitán Turner y Theodate Pope
Pero existen otros protagonistas. En primer lugar, el ambiente bélico del momento y, en concreto, la funesta presencia de una nueva arma en esa guerra de desgaste sin precedentes que fue la Primera Guerra Mundial (1914-1918). Nos referimos al submarino. Más concretamente, al U-20 comandado por Walther Schwieger. Y en mitad de aquel torbellino transoceánico, y pese a mediar denodadamente en favor de la neutralidad, el presidente norteamericano Woodrow Wilson (1856-1924), tratando de hallar su propio equilibrio personal, como para todo ser humano, un bien necesario para poder atender con mayor eficacia los asuntos “laborales”.

Podemos añadir, entre otras figuras interesantes recogidas por Larson, al por entonces primer lord del almirantazgo británico, Winston Churchill (1874-1965: he procurado evitar buena parte de los datos biográficos para no proporcionar pistas acerca de la condición de víctimas o supervivientes de los pasajeros). Otro personaje relevante fue una generalizada y despreocupada euforia, tal vez inconsciencia, aunque siendo justos, la “política” adoptada por Alemania no hacía presagiar en un principio el indiscriminado asesinato de civiles, algo inimaginable para la mayoría de políticos, ciudadanos y usuarios, pero práctica que, por desgracia, acabó por convertirse en habitual a partir de entonces, como se desprende de los datos que proporciona el autor.

Todo este ambiente es el que Larson rescata en sus páginas, junto con otro personaje fatal y complementario: la implacabilidad de una maraña temporal de sucesos -retrasos y otros imponderables, incluidos unos confusos telegramas de advertencia-, que finalmente se unieron para propiciar la tragedia (un cúmulo de infortunios que el autor resume en la página 387).

Ilustración del hundimiento
A los submarinos hay que añadir el talante de cada comandante que le tocaba en suerte. “Había buques crueles y otros muy caballerosos, algunos perezosos y otros enérgicos” (un breve paréntesis con respecto a la traducción de la palabra ship, aplicada a submarino como “nave”, pero que es traducida a veces por “buque” y otras por “barco”, un error incomprensible que en ocasiones somete al texto a una innecesaria confusión). El caso es que muchos de estos comandantes se mostraban dispuestos a atacar barcos sin previo aviso, incluyendo aquellos que portaban señales de neutralidad. Un macabro “hundir la flota” que formó parte de la crueldad de una guerra cuyos distintos detonantes fueron igual de turbios.

Larson contempla los acontecimientos a través de los detalles cotidianos de unas vidas cercenadas -lo que también incluye a los supervivientes-, con el noble propósito de que a la tragedia de sus muertes no se agregue por más tiempo la ingratitud del olvido. Finalmente, EEUU vio seriamente comprometida su neutralidad con la pérdida de buena parte de su tráfico comercial y civil, con tal profundidad y alevosía. A los tres civiles muertos en el carguero Gulflight siguieron otros muchos.

Fue un periodo en que la ancestral ética marítima y bélica -que pese a todo la había-, saltó por los aires. Una red de antipatías geográficas y ambiciones generalizadas que sacaron a la superficie un conflicto que, como sucede con un iceberg, no dejó entrever la enrome masa sobre la que se sustentaba hasta que fue demasiado tarde. Como ejemplo, la considerable mejora en las comunicaciones no impidió que se actuara con saña, o en el polo opuesto, con notable ineficacia (o incluso mala fe).

Dwight Harris, Charles Lauriat y los hermanos Morton
A medida que se aproxima la hora fatal, Larson alterna la acción del submarino con la que acontecía a bordo del trasatlántico. Un desenlace que mostró, en palabras de Churchill, “una forma de guerra hasta ahora desconocida para la experiencia humana(pg. 44).

Para comprender el marco histórico, el autor se refiere al estallido de la guerra (40), u otros datos interesantes, como la destrucción de la Biblioteca de Lovaina (42), llamada el Oxford de Bélgica. De igual modo, la despreocupación ante un conflicto que quedaba lejos queda patente en apuntes como el interés por el coleccionismo de libros a ambos lados del Atlántico; como otras tantas formas de comunicación, pronto sofocada por estos novedosos eslabones en la historia de la insidia humana.

La confirmación del peligro real de los submarinos llegó el veintidós de septiembre de 1914, cuando fueron hundidos tres cruceros británicos. Escalofriantes resultan las declaraciones contenidas en los diarios de algunos de los capitanes de estos submarinos (muchas de ellas se recogen en las notas finales del libro). Las apreciaciones contenidas en cartas, telegramas o bitácoras son implacables.

Siguiendo la táctica de una película “de catástrofes” con el fin de poder empatizar con algunos de los personajes, una vez acontecida la tragedia, Larson también se pregunta por los supervivientes, del mismo modo que ha señalado la cobardía uniformada de algunos personajes, cuya siniestra praxis –incluida la inoperancia… o algo peor-, se extiende como una mancha de aceite por otros departamentos gubernamentales secretos.

En cuanto a las víctimas que continuaron con vida, ¿cómo poder proseguir cuando nos ha sido arrebatada una parte tan importante de nosotros mismos?

Foto del Lusitania
A los interesados en esta página de la historia les aconsejo que lean el libro sin buscar información biográfica adicional en internet, pues el autor juega hábilmente –sin engaños- con la cuestión de la supervivencia, o no, de algunos de los protagonistas. De 1959 pasajeros, solo sobrevivieron 764.

Erik Larson propone en Lusitania la crónica detallada, amena y sobre todo emocionante de unas personas que resurgen en toda su cotidianidad hasta nuestro presente, con sus nombres y apellidos, y unos anhelos y padecimientos que son como los nuestros.

Es curioso como la moderna investigación hace encajar las piezas de la historia. Aunque nos parezca que esta llega tarde, todos acaban encontrando su lugar en ella.

Escrito por Javier C. Aguilera


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