Animando desde Oriente (IV): Ponyo en el acantilado, de Hayao Miyazaki

22 mayo, 2015

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En el recorrido por el cine de animación oriental que llevamos en nuestro blog nos hemos detenido particularmente en el que es, seguramente, el estudio cinematográfico más conocido, y reconocido, en los países occidentales, como es el caso del Studio Ghibli. No obstante, en las anteriores ocasiones hemos tratado de arrojar cierta luz sobre la parte menos popular del Studio, seguramente más desconocida, en detrimento del que es, sin duda, su director más célebre, el genio Hayao Miyazaki (1941-). 

De él tan solo comentamos, para inaugurar la sección, la obra por la que ganó el Óscar, El viaje de Chihiro (Sen to Chihiro no kamikakushi, 2002), y aunque esta forma parte central de un trío de películas de gran calidad, no nos vamos a detener hoy ni en La princesa Mononoke (Mononoke Hime, 1997), ni en El castillo ambulante (Hauru no ugoku shiro, 2004), sino en una obra de un carácter claramente infantil, pero que sigue siendo pertinente tanto para nuestra sección como para seguir descubriendo los matices del Studio Ghibli más allá de sus cintas estelares.

Con Ponyo en el acantilado (Gake no ue no Ponyo, 2008), Miyazaki retorna a un cine puramente dirigido a un público infantil, pero no por ello deja de poder ser disfrutado por adultos que sepan apreciar el arte que desprende esta obra. Curiosamente podemos señalar que veinte años antes de Ponyo en el acantilado, el director deslumbró al público con otra película de tono similar: Mi vecino Totoro (Tonari no Tótoro, 1988), que junto a Nicky, la aprendiz de bruja (Majo no takkyubin, 1989), conforman los precedentes en su filmografía de películas infantiles. 

Hayao Miyazaki
La historia se basa de forma completamente libre en el clásico cuento de Andersen, La sirenita (1837), alejándose por otra parte de la visión que nos ofrecía la factoría Disney a finales de los ochenta, con la obra que iniciaría una etapa dorada ya a las puertas de los noventa: La sirenita (The Little Mermaid, Ron Clements y John Musker, 1989). En otras palabras, Miyazaki nos traslada la historia de una pececita, Ponyo, que quiere convertirse en humano tras conocer a Sousuke, un niño de cinco años. 

El argumento sencillo se construye a través de una animación clásica que desprende auténtica vida, más simple en su elaboración que obras anteriores del estudio, empleando colores planos y un trazo más redondeado, infantilizado, pero que remite precisamente al público al que va dirigido y que, no por ello, podemos considerarlo de menor calidad. Ahí tenemos la secuencia inicial, que nos muestra la belleza de los fondos marinos, el mundo mágico oculto a los humanos, con el único acompañamiento de la música, remitiendo al cine mudo. Una apertura que deslumbra por la excelente combinación entre dibujo, música y sucesos simples, pero delicados, como el viaje en lomos de una medusa gigante. Precisamente la presencia de una especie de brujo destartalado, que se muestra algo torpe, otorga, sin embargo, una gran solemnidad a la escena.


La huida de Ponyo de este brujo, del que más tarde conoceremos la identidad, nos lleva a los créditos iniciales, entonados con música operística que, aunque hermosa, quizás desentona con el tono general de la obra. Los detalles en que nos sumerge después la película nos transporta a la magia de lo sencillamente cotidiano. Podemos dividir la obra en tres partes diferenciadas: el encuentro de Ponyo y Sousuke, cuando aún la primera es un simple pez, la segunda huida de Ponyo, con el consecuente tsunami, y la búsqueda de Lisa en la ciudad inundada. 

La primera parte sirve para establecer los lazos entre ambos personajes principales y acercarnos a la ternura de su relación, que se desarrollará de forma más efectiva en las siguientes partes, tanto por parte de la resistencia de Ponyo ante su padre (mostrándose aquí la imagen de un personaje femenino fuerte, que asume en este caso la persecución de sus sueños, aún cuando ello desemboque en una catástrofe natural) como por la tristeza y solemnidad, primero en llanto y luego en esperanza, de Sousuke, que no dudará en reiterar a su madre la importancia de haber roto, contra su voluntad, la promesa de proteger a Ponyo.


La segunda, por su parte, se divide entre el momento de la tormenta y el posterior tsunami y el reencuentro entre Sousuke y Ponyo, ya convertida esta en niña. La acción transcurrida durante la tormenta invade la escena de oscuridad, pero también de un aire vertiginoso, especialmente en lo referido al coche de Lisa. Un clímax contrapuesto por completo a la calma de la tercera parte, cuando ambos niños emprenden la búsqueda de Lisa en un panorama inundado por el océano e imbuido de colores más alegres. Resulta en este caso curioso cómo la catástrofe de la inundación se percibe con normalidad y tranquilidad, incluso otorgándole un aire casi festivo al reencuentro con la naturaleza: ahí tenemos la magia de los peces milenarios que ocupan ahora la ciudad submarina. 

Nuestra protagonista, Ponyo, ha provocado esta situación por cumplir su deseo, conllevando además un peligro mayor: el que nada vuelva a ser como era antes en el mundo terrestre. Para impedirlo, deberá renunciar a sus poderes y convertirse en una auténtica humana, aunque para ello necesite el amor de otro humano, que le sea leal y sincero. De no ser así, se convertirá en espuma de mar. Resalta en este argumento que la historia de amor se desarrolle entre niños de cinco años, el temor precisamente de uno de los personajes, que comentará que aún es demasiado pequeña. Sin embargo, este elemento es lo que confecciona una visión del mundo más particular, pues une el descubrimiento de lo humano con la mirada de la inocencia, creando así magia hasta en la cotidianidad de una sopa de fideos. Y, a fin de cuentas, estamos ante la magia del cine, que nos permite descubrir historias de gran ternura a la que seguramente debamos fijar la mirada desde otro punto de vista: el de los niños, porque la película es para ellos.


Por ello, además, no hay una auténtica frontera entre el mundo mágico y el mundo normal, aunque en Miyazaki no ha sido frecuente esta frontera entre ambas realidades, que siempre han interactuado entre sí. Aquí se hace patente en la falta de sorpresa de los adultos ante la presencia de Ponyo. Por ejemplo, Lisa admitirá fácilmente que el pez que había rescatado su hijo se ha convertido en una niña y las ancianas de la residencia no se sorprenderán ante el aspecto extraño de la protagonista, a excepción de una anciana huraña que advertirá sobre el mito de que un pez con cara de humano provocará un tsunami, debiendo regresar al mar lo antes posible. Incluso, como hemos comentado antes, las personas no parecen sorprenderse de la invasión del mar y de la presencia de peces extraordinarios en las que fueron sus casas, o de dejar a dos niños navegar solos en una barca manejada gracias a una enorme vela (de las que arden). 

No obstante, tan solo Sousuke será capaz de ver las formas extrañas en el agua (como si las olas provocadas por el huracán fueran peces gigantes) o a Ponyo corriendo entre las olas. En líneas generales, este personaje junto a las ancianas serán quienes desvelen y acepten con mayor facilidad la presencia del mundo mágico, quizás porque los mundos de la niñez y la vejez no estén tan separados como los solemos situar en la cultura occidental. Destaca aquí el hecho de que la guardería esté justamente situada al lado de la residencia.


Por otra parte, las principales lagunas e incoherencias de la película se encuentran curiosamente en el mundo mágico, sobre todo alrededor de los personajes Fujimoto y Grandmammare. No se definen claramente las intenciones de Fujimoto, por ejemplo, que pasa de querer invadir y acabar con el mundo terrestre, según se deduce por sus palabras, a querer evitar la tragedia que supone que Ponyo esté en el mundo humano provocando ese mismo tsunami. También parece existir cierto temor a la presencia de Grandmammare, a la que, sin embargo, procede a buscar a mitad de la película, pese a que cuando volvemos a ver a Fujimoto, es este el que recibe la visita de la reina de los mares. 

Además, será a través de Fujimoto donde se haga la crítica a la contaminación del mar al inicio de la película, una defensa del medio ambiente que es habitual en la filmografía de Miyazaki, pero que siempre había estado más centrada en el medio terrestre, con especial presencia de los bosques (que también se emplean aquí como fondo, y sin perder el uso del color verde en la película). Esta película le permite experimentar precisamente con el campo de los mares y océanos, desplegando un arte visual atractivo visualmente y con algunas secuencias de auténtica belleza, a pesar de la violencia de, por ejemplo, el huracán. Hay un despliegue de color que inunda la película y que, además, otorga una entidad evidente y visual a los personajes; ahí tenemos el color rojo combinado con el blanco para Ponyo, el amarillo de Sousuke, el azul oscuro de Lisa o la majestuosidad de Grandmammare, que redunda en los mismos colores que Ponyo.


Podemos notar también en la película algunas notas a los espectadores adultos, pero centradas principalmente en la ausencia; en otras palabras, en cómo los padres ocultan su dolor o su inquietud a los hijos. El ejemplo más evidente lo encontramos en Lisa, la madre de Sousuke, que trata de mantener una actitud positiva pese a la mezcla de tristeza e ira que siente por la actitud de su marido, Yoshie (uno de los personajes más ausentes en la película), cuando este no vuelve a casa el día acordado. También ante la presencia de Ponyo, despliega una gran energía en contentar a los niños, pese a que resulta evidente la preocupación por la situación que están viviendo en esas circunstancias. 

El culmen de esta situación la hallamos en la conversación entre Grandmammare y Lisa, de la que no se desvela nada, arrojándonos simplemente la imagen de ambas conversando con expresión seria. La visión seguramente de cómo el mundo de los adultos, que no el de la vejez, parece trazar unas fronteras para los niños, en gran medida por protegerlos, aunque no puedan evitar que estos desarrollen sus propios sentimientos y, por tanto, su propio dolor.


El final de la película es quizás algo fugaz, aunque nos deje con una de las secuencias más representativas de la obra. Miyazaki nos lega una variedad cinematográfica en la que cabe desde la violencia de la guerra hasta la sencillez del amor inocente. Ponyo en el acantilado es, si aceptamos su retiro, su penúltima película, y con ella ha desplegado una imaginación extraída de la infancia, que gracias a su ternura y sencillez logra sus propósitos. Pero, no nos engañemos, la genialidad de Miyazaki en esta ocasión no está abierta a críticas miradas adultas que busquen en esta película cuestiones de elevada erudición, sin que por ello no deje de ser una obra madura, en cuanto a que logra llevar su concepto hasta cotas artísticamente genuinas, tanto visualmente como musicalmente (esto último gracias a Joe Hisaishi), logrando ser de lo mejor en su campo. En definitiva, una invitación a perderse por hora y media en un cuento realmente bello. 



2 comentarios :

  1. Hola!
    Soy fan de Hayao Miyazaki, desde que era pequeña y veía Totoro, mi favorita es La princesa Mononoke pero esta también me gusto muchísimo.
    Saludos, nos leemos

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    Respuestas
    1. Sin duda, La princesa Mononoke es una de las grandes piezas de Miyazaki :) Pero Totoro se asemeja más a esta Ponyo en cuanto a la intención y al público al que se dirige. Me alegro que nos sigas y espero verte mas por aquí ;)

      Un saludo,
      Luis J. del Castillo

      Eliminar

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