¡A ponerse series! (XXIII): Esto se hunde

23 mayo, 2015

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Imaginen un modesto edificio, caduco y destartalado, reconvertido en una casa de huéspedes, y a un dueño en consonancia con la vivienda, y tendrán los pilares básicos sobre los que se cimenta Esto se hunde (Rising damp, Yorkshire TV-ITV, 1974-1978), una de las mejores comedias televisivas de la época dorada de la televisión británica, creación original de Eric Chappel (1933), basada en su éxito teatral precedente The banana box (1971), e introducida por un tema musical a lo music-hall, obra de Denis Wilson (1920-1989).


Rigsby: Mi esposa y yo vivimos felizmente casados; ella en ‘Cleathon’ y yo aquí (Grandes expectativas)

Como les anunciaba, el casero de la vivienda es todo un cuadro. Es cicatero, presumido, pendenciero, mantiene soliloquios con su gato (Vienna) y siempre luce un gastado chaleco (una impagable composición de Leonard Rossiter). Su nombre es Rupert Rigsby y sus inquilinos pertenecen al selecto grupo, más que de “escogidos”, de inadaptados.

Ellos son Miss Ruth Jones (Frances de la Tour), una administrativa soltera, el joven estudiante de color Philip Smith (Don Warrington) y el también estudiante, concretamente de medicina, Alan Moore (Richard Beckinsale), sujeto portador de todos los “sarampiones” típicos de la etapa estudiantil. Más de una vez le advierte su casero de que “como te den el título me borro de la seguridad social” (Rooksby). Otro personaje recurrente será el de Brenda (Gabrielle Gay Rose), una joven inquilina que se incorpora mediada la serie.


Philip: En estas condiciones no hay quien estudie (Rooksby)

Para Rigsby los defectos de la vivienda tienen fácil explicación. La humedad no es consecuencia de las goteras, sino producto de la condensación ambiental, y si las habitaciones parecen pequeñas, es debido a un efecto del color de la pared. Su racanería se pone de manifiesto en toda su magnificencia en el capítulo El último de los grandes despilfarradores. Tiene un hermano, Ron (Brian Peck), al que conoceremos en El agua está estupenda, y una ex esposa, a la que hubiéramos preferido no conocer (Avis Bunnage) en Grandes expectativas.

Esto se hunde hace que la aburrida “corrección política” salte por los aires. Las (falsas) apariencias relanzan el concepto de “clase” como una pelota de ping-pong. Por ejemplo, los prejuicios ante el amaneramiento de un inquilino llamado Hillary (el estupendo Peter Bowles), se les acabará volviendo a todos en contra (Aspirante a actor). En otra ocasión, cuando los habitantes de la casa andan alborotados el día de las elecciones en Levanta y hazte oír, lo mejor del caso será que, atenazado por uno de los candidatos, llamado El Coronel (el siempre excelente Anthony Sharp),

Rigsby variará finalmente su intención de voto a pesar de que el otro ha dado en el clavo al describir su conducta y el estado de la vivienda; una lectura totalmente corrosiva e irónica de la figura del votante. Por cierto que en este episodio declara Ruth que es completamente virgen en política, aunque finalmente lo tendrá clarísimo: votar al más agraciado. Otro gozoso malentendido lo encontramos en Jóvenes amantes, en el que una pareja de huéspedes se dispone a mantener relaciones cuando el resto de inquilinos cree que se encuentran en su luna de miel, y se disponen a regalarles los oídos con todo tipo de consejas, admoniciones y parabienes.


Ruth (sofocada): ¡Espero que no piense usted que está ante una mujer-objeto! (Carisma).

Las relaciones afectivas son de vital importancia en las vidas de estas personas solitarias, cada uno a su manera. Los mejores momentos de la serie están relacionados con esta interactuación. Así sucede con la (primera) cena “de compromiso” con la señorita Jones (El agua está estupenda), o con la posterior escena de seducción de Fuego y azufre, la cita a ciegas “múltiple” de Claveles rosas, al grito de “¡No se preocupen, que habrá para todos!” de Rigsby, los “suicidios” cruzados de El buen samaritano o la apuesta de Rigsby de que es capaz de “pasar hambre” como el que más, estando varios días sin probar bocado (Bendita comida), su relación con Marilyn (Andonia Katsaros), una bailarina erótica que hace su número con una serpiente (La pitón anda suelta), el regreso de la señorita Jones tras su frustrado compromiso con el bibliotecario Desmond (Robin Parkinson), y que se acompaña de un bebé… (Este es mi niño).

También veremos a Rigsby organizando un amistoso combate de boxeo, además de comprobando los reflejos de su gato o tratando de abrir un frasco de pepinillos (Un cuerpo como el mío), o la invocación del fantasma “la dama gris”, que habita el edificio y que finalmente requerirá de la intervención de un vicario capaz de desahuciar los malos espíritus (Cosas que pueden salir mal una noche). No será el único misterio con el que se enfrenten los habitantes de la casa, una sombra furtiva inquieta a los vecinos del barrio en El merodeador, situación que da paso a una rocambolesca encuesta policial, y tampoco faltan otros apuntes relacionados con lo trascendente gracias al extraño huésped hipocondríaco Osborne (Roger Brierley), en De repente a casa.

Alan: Los hombres de gesto cínico tenemos mucho éxito (Magia negra)

Esto se hunde lega más momentos inolvidables, como el rescate de otro de los inquilinos, el señor Grey (David Swift), del tejado de la casa, después de que Rigsby le preguntara “¿qué tal va su instalación?”, mientras el huésped esgrimía una soga en la mano (El buen samaritano); o también la herencia del “tío George” legada al casero, que le obliga a estar felizmente casado para poder disponer de ella (Grandes expectativas); su ataque de donjuanismo, acompañado del irrepetible ritual del “árbol del amor”, o de los tranquilizantes que ponen la orina de color verde (Carisma), el temor al “mal de ojo” (Magia negra), el encanto del timador Seymour (un magnífico Henry McGee, en Un perfecto caballero), las escasas dotes de Rigsby al volante (Cinturones de seguridad), los apuros ante un inquilino conflictivo llamado Spooner (Derek Newark en Nuestros viejos tiempos), o la aplicación de la hipnosis al arrendador en el divertidísimo Bajo hipnosis, episodio que lega la imborrable imagen de Rigsby imitando a Humphrey Bogart delante de la señorita Jones, y en el que Ambrose (Peter Jeffrey), otro inquilino, “místico” e hipnotizador de pacotilla, presume además del “sexómetro”, un invento capaz de medir el ánimo sexual.

Rigsby (Leonard Rossiter)
Otro momento a retener es aquel en el que el casero, para paliar su soledad, trata de besar bajo el muérdago a la muchacha cartero, y después a una amiga de Philip, en el Especial de Navidad. Un buen manojo de sentimientos inundan la desvencijada casa, por ejemplo cuando Ruth se siente “mayor” el día de su cumpleaños, en Una noche fuera; estado de ánimo mitigado por el regalo de Rigsby o la posterior cena de todo el grupo en un restaurante chic. Y qué decir de Rigsby soplándole a Ruth en la oreja e improvisando unas frases en francés, antes de lanzarse y declararse (en el genial Una sociedad tolerante), o esa otra ocasión en que se aventura con la poesía, como método para poder ligar con ella (Noche de luna y rosas).

Rigsby: Por alguna razón inexplicable, no puedo conquistar a la señorita Jones (Claveles rosas)

Igual de memorables están Alan y Miss Jones ensayando una obra de teatro amateur, creación del citado inquilino de paso, Hillary. Pero además, se da la circunstancia de que para los más jóvenes de esta extraña familia no resulta nada fácil atravesar el campo de minas del pacato -para con los demás- casero, y poder llevar una chica a casa.

Como el propio Rigsby les recordará, “nuestra idea de hacer cosas sucias era limpiar la carbonera” (La hora del cóctel). Es por ello que tan particular e irrepetible personaje piensa que las zonas erógenas quedan cerca de Ecuador.

Escrito por Javier C. Aguilera


Próximamente: Penny Dreadful

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