¡A ponerse series! (XXII): Teresa de Jesús

02 abril, 2015

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La tortuosa pero fascinante vida de Teresa de Jesús (1515-1582), beatificada en 1614, proclamada santa en 1622 y patrona de los escritores españoles, fue objeto de numerosos estudios y análisis hacia 1982, con motivo del centenario de su fallecimiento. Como resultado de esta efeméride, también vio la luz la serie de RTVE Teresa de Jesús (1983, estrenada al año siguiente), escrita por su propia realizadora, Josefina Molina (1936) –de la que guardo buen recuerdo de su película Esquilache (1989)-, junto a Carmen Martín Gaite (1925-2000), encargada de los diálogos, y Víctor García de la Concha (1934), que ejerció como asesor histórico y biográfico. La música se debió a José Nieto (1942), la dirección artística a Rafael Palmero (1944) y la fotografía a Francisco Fraile (-).

En 1961, Juan de Orduña (1900-1974) ya había llevado al cine la historia de nuestro personaje histórico (encarnado por Aurora Bautista), pero el proyecto de una serie de televisión sobre Teresa de Ávila se remonta a 1972, cuando el guionista y dramaturgo Santiago de Moncada (1928) elaboró unos guiones originales. 

Posteriormente, la idea fue retomada y, debidamente actualizada, tomó forma en los estudios Bronston (antes Chamartín y ahora Buñuel), donde se llevaron a cabo las reconstrucciones necesarias, como la del Convento de La Encarnación en Ávila. Junto a algunas localizaciones en el exterior, fue completándose el retrato de la carmelita que quiso narrar lo que le pasaba. Interpretada por Concha Velasco (1939), la actriz transmite el personaje perfectamente, habida cuenta de que el arco temporal y vital abarca desde los veintitrés hasta los sesenta y siete años de edad, con los que fallece.

La actriz junto a Josefina Molina
Proveniente de una familia de judíos conversos, que se trasladó de Toledo a Ávila, es la de Teresa de Ahumada una existencia marcada por las severas secuelas de un paludismo mal curado, tercianas y convulsiones, y una vejez que la vuelve quisquillosa, pero de una intensidad y riqueza espiritual sin parangón. Una vida de meditación y búsqueda interior que, no obstante, no contemplaba el acto religioso de forma totalmente pasiva. Por ejemplo, mediante su posicionamiento personal, Teresa cambia la actitud ante la “honra” y la “limpieza de sangre”, en una época en la que tiene lugar desde una cierta apertura intelectual hasta el regreso del anquilosamiento cultural. Un periodo histórico que, pese a todo, siempre estuvo acompañado de grandes escritores.

Las lecturas de Teresa son fundamentales en su formación; obras como el Tercer abecedario de Francisco de Osuna (1497-1540), las Confesiones de San Agustín (354-430 D.C.), los Diálogos de amor de León Hebreo (c. 1460-1523) o Subida del Monte Sión por la vía contemplativa de fray Bernardino de Laredo (1482-1540). Junto al oral, constituían el único medio de transmisión del conocimiento y de las experiencias vitales. En el posterior Índice de lecturas prohibidas, lesivas para la fe, muchas de estas obras serían condenadas; entre ellas, de autores como Fray Luis de Granada (1504-1588), el citado Francisco de Osuna o Juan de Valdés (1509-1541). Un triste episodio que también queda reflejado en la serie.


Esta arranca cuando una joven y enfermiza Teresa se instala en casa de su tío, apodado el Toledano (Héctor Alterio), con la ayuda de su padre (Francisco Rabal), en la población de Ortigosa de Tormes, en la provincia de Ávila. Aunque el tío también expresa su intención de profesar en la orden de los jerónimos, y pese a que ahora la familia atraviesa un momento de necesidad, no es esta la razón que ha abocado a la joven al convento (solía ser el destino casi natural del segundo hijo de la mayoría de familias). La vocación de Teresa es auténticamente espiritual, aunque fuera propiciada por las dificultades económicas, es decir, de su profesión inducida emerge su auténtica vocación como religiosa.

Frente a la promesa del Nuevo Mundo, en el caso de sus hermanos, será el suyo un recorrido anímico, aunque también geográfico, a lomo de mulas –o en carromato, en el mejor de los casos-, donde la iconografía católica se convierte en la otra gran influencia de su desarrollo espiritual. Un viaje interior arropado por el “inclino de soledad”, el padecimiento y la necesidad de guardar silencio, que no de callar, sino de hablar sin palabras, exclusivamente con Dios, en un “abrazo del deseado”. Predicando con el ejemplo, a un joven párroco, que vive en “pecado carnal” (José María Muñoz), le comenta, tras brindarle su ayuda, que la decisión final es únicamente suya, porque en cierta medida, “hemos de salvarnos solos”.


Este recorrido interior prosigue tras su postración –donde incluso llega a dársele por muerta-, y su posterior regreso al monasterio de La Encarnación, en 1541. A este momento dedica la realizadora un elaborado plano, la panorámica de las monjas que cantan en un frío claustro. Su actitud se encamina a hallar el amor de Dios en la quietud, porque para Teresa “hablar es tan trabajoso”. Sus “deleites del alma” llevan al resto de novicias y postulantes a señalar con sorna que “ella es distinta”, más por incomprensión que por envidia (esta surgirá cuanto mayor sea el poder de convocatoria de la monja carmelita).

Para estas compañeras, ¿se trata de una visionaria, una falsaria, una sensitiva, una escogida o simplemente una mujer piadosa? El tiempo entre visiones, arrobamientos y accesos de fiebre hace que Teresa se reafirme en el convencimiento de que “el impulso no se encuentra fuera de sí mismo”, en las distracciones mundanas, que también incluyen a las personas ordinarias (es este un aspecto fundamental –y fundacional-, que suele pasarse por alto en los trillados comentarios hagiográficos). De hecho, conviene insistir en este talante “interno” de su personalidad, ya que parte de la trayectoria vital de Teresa será también una imposición “exterior”, a la hora de querer compartir con sus iguales su propia experiencia, fundando nuevos conventos reformados por toda la geografía española. Una especie de combate entre ambos mandatos.


Lecturas e iconografía aparte, en ese recorrido en el que le será revelado su destino como religiosa, también son importantes otras personas coetáneas a ella, como el padre Cetina (-; Chema Muñoz), el jesuita Francisco de Borja (1510-1572; -) o Fray Pedro de Alcántara (1499-1562; -), que la insta siempre a “mirar con los ojos del alma”; aunque sobresale su encuentro decisivo con el padre Jerónimo Gracián (1545-1614; Tony Isbert) y con Juan de Yepes, el posterior San Juan de la Cruz (1542-1591; Emilio G. Caba), destacando igualmente su amistad con doña Guiomar de Ulloa (n. c. 1527; Magüi Mira), una suerte de amiga y de mecenas.

Y es que el apoyo de la nobleza y de los señores “muy principales” resulta decisivo para la supervivencia de las órdenes monásticas. Como en toda institución u organización social, Teresa traba relación con nobles piadosos y responsables –doña Guiomar- o con arribistas ahítos de ínfulas de santidad –la oportunista Princesa de Éboli (1540-1592; Patricia Adriani)-. Hasta tal punto que, Teresa advierte que “estoy vacía y solo doy gestos vacíos; me tienen atada los pretextos del mundo”, con lo que no ya puede seguir a su gusto los “privados” designios de Dios (Cuentas de conciencia: indico el correspondiente capítulo entre paréntesis y en cursiva). Aclarada la naturaleza de su destino, la lucha es ahora contra el tiempo.


Clave del conflicto con la orden religiosa y la jerarquía eclesiástica será, en un principio, esta anhelada soledad (Desafío espiritual), vista por sus superiores como un foco de error y hasta de soberbia. “Huya de su soledad”, le advierten. A partir de ahí, y para que sus vivencias más íntimas pervivan, Teresa comienza a escribir, sostenida por una relación franca, personal y directa con el Señor. Hasta el final de sus días y pese al esfuerzo en ofrecerse a los demás cuanto le es posible, seguirá pensando que “tanto mirarnos nos aleja de los demás”, aspecto al que se suma la necesidad, también genuina, de hacer “algo más” para “remediar la perdida de tantas almas”.

El ejemplo de los misioneros en las Indias la pone sobre aviso y también le servirá de acicate. Teresa parece estar preparada para compartir aquello que ha experimentado, ofreciéndoselo a otras personas de vocación auténtica. Es cuando se ha producido este equilibrio cuando comienza a firmar como Teresa de Jesús.


Surge entonces la necesidad de enfrentarse a los privilegios y la vida relajada que se ha instalado en muchos conventos de la orden -y por extensión, de todas las órdenes-. Los reformados carmelitas descalzos (llamados así por el empleo de sandalias) se congregan en nuevos conventos, que no aspiran a convertirse en meros “refugios de mujeres que van allí a remediarse”, o en espacios repletos de “señoras encumbradas que buscan la santidad a mi costa” (Fundaciones). El primero en ser fundado será el de San José, en Ávila (El castillo interior), una forma de vivir la religiosidad que no se impone, sino que forma parte de una elección personal. Su intención reformadora no solo se limita a las monjas, sino también a los frailes (Fundaciones).

Tomada como microcosmos de la naturaleza humana, la institución religiosa no es distinta de cualquier otra organización en la que se halle involucrado el ser humano. Voluntades, recelos, enquistamientos, la “santa obediencia” con respecto a los que mandan –estatus no exento de vanidad, como sucede con el desapego del padre Gracián-; a todo ello se sumará, en el último tramo vital de Teresa, el desagradecimiento familiar por vía de una cuñada y una sobrina. Será el momento de volver la mirada al ejemplo del referido convento fundacional de San José (Hija de la Iglesia).


El padecimiento “externo” se incrementa, de igual modo que van surgiendo los inevitables inconvenientes cuando no se siguen al pie de la letra los designios marcados por una mayoría. Teresa sufre un nuevo y doloroso regreso al monasterio de La Encarnación –donde permanece la hermana Juana (María Massip), tiempo ha, su amiga y confidente-, y lo hace como nueva priora, de la mano del padre provincial Fray Ángel de Salazar (José Ruíz Lifante). Pese a la relevancia del cargo, continúa sintiéndose sola cuando está rodeada de personas, en tanto que acompañada cuando, a solas, se encuentra con Dios. 

Teresa de Jesús interpretada por Concha Velasco
Como le comenta al padre Gracián en el día de su sexagésimo cumpleaños, “es tan triste no tener a nadie –físico- a quien abrir el corazón…”. Esta soledad entre semejantes le pesa, junto al hecho de tener que delegar en otros. La priora no se resigna a no poder comprobarlo todo por sí misma, a pesar de que ya se le confunde el rostro de las todas las monjas (Visita de descalzas), y le cansa tener que contestar a tantas cartas (Vida), cuando al mismo tiempo, imagina que tiene a todo el mundo “desatendido”.

Cierra la serie un epílogo que, en mi opinión, habría podido quedar mejor resuelto que con los actores declamando y mirando directamente a la cámara (más, si tenemos en cuenta que, a continuación, la información se complementa por medio de una voz en off). 

En el aspecto menos destacado, debo señalar el montaje algo laxo en algunos pasajes necesitados de un mayor brío narrativo, junto a algún que otro cometario que “chirría” al venir impuesto por el filtro del XX.

Pero por encima de estos localizados inconvenientes, destacan positivamente, junto a los aspectos anteriormente descritos, detalles argumentales como el de la visita a la casa de una curandera (en el pueblo de Becedas; Camino de perfección), donde los remedios con hierbas se complementan con las supersticiones que se despliegan en la plaza del pueblo (allí tendrá lugar el encuentro de Teresa con el joven sacerdote amancebado con una lugareña). 

E igualmente, el paso del cometa que contemplan las carmelitas (Desafío espiritual), los jubones rellenos de paja y la calavera que hace las funciones de vaso (memento mori; El castillo interior), los latigazos que se advierten sobre la espalda de Juan de Yepes, el enfrentamiento de Teresa con la insufrible princesa de Éboli, el emocionado regreso a la casa de doña Guiomar, y el simpático “choque” que supone para la religiosa la mentalidad meridional (Vida), durante su viaje a Sevilla.


El extenso reparto se completó con Lina Canalejas, Carmen Lozano, Manuel de Blas, Gracita Morales, Luis Ciges, Virginia Mataix, Silvia Munt, Miguel Rellán, Chus Lampreave, Eduardo Calvo, Asunción Balaguer, Emilio Fornet o Marta Fernández Muro.

Digamos para finalizar que si es cierto que cada persona es “un mundo”, si además esta posee un mundo propio, trabajosamente transferible, imaginemos las cuitas y acusaciones de que puede ser objeto. “Descalzos” frente a “calzados”, o el inevitable encuentro con el Santo Oficio (Vida), así lo corroboran en la, pese a todo, vida plena de la carmelita. Unos inconvenientes universales ante los que Teresa de Jesús dejó dispuesto “que las cabezas estén conformes, que haya pocos frailes y poca relación con seglares, y enseñar más con las obras que con las palabras”.

Y es que, sin duda, para bregar con la naturaleza humana, era necesario ser una santa.

Escrito por Javier C. Aguilera


Próximamente: Esto se hunde

1 comentario :

  1. No es una película que volvería a ver, pero es interesante, ya que gracias a ésta conocí la historia de Teresa de Jesús. Y un pequeña dosis de cultura general nunca viene de más jeje Un saludo!

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