El gran dios Pan y otros relatos de terror sobrenatural, de Arthur Machen

26 febrero, 2015

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Pese a que solemos tener puesta la vista en lo que nos circunda y los pies sobre la Tierra, parece que cada vez somos menos conscientes de nuestra conexión con el terreno que pisamos. De hecho, ¿qué extraños lazos nos ligan a la Tierra?

Cada vez se ha hecho más evidente que lo que abarcan nuestros sentidos no es toda la realidad y que, más allá de las creencias de cada persona, existen impulsos y conexiones que, sin necesidad de quedar atrapados en una mística psicodélica, nos permiten asumir mejor nuestro papel en el mundo. Son elementos que se corresponden con los ámbitos de la física o la ontología, y que son empleados por el escritor Arthur Machen (1863-1947) para tender literariamente los puentes que nos unen a los aspectos más mitológicos y extraordinarios del ser humano. Un buen modo de comprobarlo, y de acercarse a la minuciosa y bien elaborada escritura del galés, es, sin duda, la selección propuesta por El gran dios Pan y otros relatos de terror sobrenatural (The great god Pan and other weird stories, 1894; Valdemar Serie Gótica, 1999), cuya traducción corrió a cargo de Vicente Molina Foix (1946).

Insatisfecho con la labor periodística, Arthur Machen ejerció de traductor, corrector de imprenta e incluso actor. Pero, en su haber, son los misterios paganos, razas ocultas, maleficios y fuerzas elementales, las armas de sus particulares letras, los mecanismos con los que conjura aquello que nos suele pasar desapercibido.

El relato con que se abre la antología es el totémico El gran dios Pan, cuyo punto de partida es la experimentación de la “medicina trascendental” por parte del doctor Raymond ante su amigo Clark. El doctor sostiene que existe un mundo real más allá de lo contemplado, un universo espiritual tan cierto como el material, y está dispuesto a demostrarlo. Operando en el aún ignoto terreno del cerebro humano, obtendrá su particular engendro psíquico en forma de femme fatale.

Pero otro asunto se solapa con el tema principal, el de la obstinación, no tanto en vislumbrar esa otra realidad, como en aceptarla y asumir sus consecuencias, pese a unas pruebas concluyentes para los personajes, puesto que constituye una posibilidad demasiado desestabilizadora.

En El gran dios Pan, Machen expone los hechos mediante algunos saltos espaciales y temporales (evitando la confusión siempre) e incluye cambios de foco narrativo, que entretejen las manifestaciones del particular dios de la naturaleza y la sexualidad, por vía de unos personajes cuyas vidas –experiencias- quedan entrelazadas.

Simulación de Pan, por Sinmadison
En La luz interior el objeto de estudio es la “ciencia de una gran ciudad”, en este caso Londres. El estupendo punto de partida pone en relación a dos amigos que hace tiempo que no se veían. Coinciden en plena calle y deciden almorzar juntos. Durante el transcurso de la charla uno de ellos refiere al otro un extraño incidente (el diálogo que ambos mantienen acerca de la naturaleza ontológica del londinense está perfectamente estructurado y resulta cautivador). De nuevo el suspense se agazapa en el interior de una cotidianidad puesta al descubierto por medio de descubrimientos fortuitos. Estos manifiestan el impulso ineludible que impele a cada científico loco a llevar a cabo una serie de experimentos, aun siendo conscientes de las funestas consecuencias (lo que revierte en la narración, más que la especificación del proceso en sí mismo).

En estos relatos –como en otros muchos- nos encontramos con un personaje escéptico que ve alteradas sus convicciones debido a una experiencia traumática. En La novela del sello negro, el personaje que evoluciona es una joven dama que, acuciada por la necesidad, vaga sin rumbo fijo hasta que lo insólito sale a su encuentro. Acabará hallando ocupación y acomodo al servicio de los hijos de un notable científico, el profesor Gregg, que como muchos investigadores de lo sobrenatural, padece la búsqueda en soledad. Un aislamiento ya sea consentido –por pudor- o impuesto por el desprecio de sus colegas –lo establecido oficialmente-. De hecho, Gregg es comparado con Colón, en una acertada analogía.

La novela del sello negro es un nuevo relato magnífico en las descripciones, tanto externas como intrínsecas (valga como ejemplo la impresión de la llegada al pueblo por parte de la mujer) que potencia “ese miedo a lo desconocido y sin forma”, que se localiza, en esta ocasión, en el pueblecito de Caermaen, pródigo en historia y en secretos.


Y es que el misterio también suele quedar asociado a un lugar. Los relatos de Machen son muchas veces historias “de posesión”. Incluso a veces de una doble posesión. En primer lugar, la del entorno con el sujeto -“un paisaje más desconocido para los ingleses que el corazón mismo de África” (La novela del sello negro; “N”)-; percepción que bebe directamente de las fuentes del romanticismo y en la que el escenario revierte en el ánimo de los protagonistas (y viceversa, en La novela del sello negro esto resulta evidente). Y finalmente, en algunos casos, la posesión del sujeto por cualquier tipo de ente extraño.

En El polvo blanco el elemento distorsionador será un preparado químico adquirido en una botica, que nos cuestiona acerca de cuál es la verdadera naturaleza del ser humano. Un “remedio” que tanto pudo ser producto del azar como del transcurrir del tiempo. Por otro lado, dos amigos, Ambrose y Cotgrave, filosofando literalmente acerca del bien y del mal como categorías morales casi físicas, dan pie en El pueblo blanco a la lectura del manuscrito de una muchacha, en posesión de una mayor capacidad sensitiva, cualidad que le permite vislumbrar ese otro mundo (de aparente ensueño), y recurso por el cual el resto de la narración pasa a primera persona. El procedimiento se enriquece además con las extrañas anécdotas que la narradora va intercalando, las consejas que le narraba su niñera.

Imagen de Chris Cole
Después de dejar la universidad en Oxford, el joven Joseph Last se pregunta qué demonios hacer con su futuro y su título. Pese a gustar de la enseñanza, no le seduce la idea de pasar el resto de su tiempo enderezando jóvenes mastuerzos y enfrentándose a “los pormenores del ámbito docente”. Joseph es descrito como un “humanista aceptable” (razón más que sobrada de su frustración para con los demás). Irónica y aparentemente, el joven hallará una buena ocupación como preceptor de un inteligente chico de familia acomodada; un destino soñado aunque demasiado perfecto para ser verdad. Una verdad que supera la ficción, en este caso gracias a que los demás suelen ver aquello que desean ver. El relato se cierra con un apunte acerca del inclemente paso del tiempo, un hiato hacia una vida progresivamente triste y gris.

Más parecido a un ensayo, algo disperso, es la intuición de un misterio relacionado con otro pueblecito de Gales en El gran retorno, donde Machen (pues el narrador habla por boca de él) recuerda como “lo maravilloso brilla ante nuestros ojos para eclipsarse después”. A continuación, signos de pedernal trazados en el suelo ponen en contacto a los protagonistas de La pirámide resplandeciente con unos seres ignominiosos apenas entrevistos, moradores de la referida y subterránea estructura piramidal.


Niños que entonan misteriosos cánticos y se congregan en otro pueblecito costero (Los niños felices), la nueva aparición de una raza pre-céltica (De las profundidades de la Tierra), la percepción distorsionada de un condenado (La habitación acogedora), los cambios urbanísticos que alteran para siempre las puertas hacia lo maravilloso que sobreviven en una ciudad, y que solo algunos pueden percibir (“N”), el poder de la sugestión (Los niños de la charca, con unas irónicas conclusiones acerca de “lo psicológico”)… Son experiencias transcritas que nos advierten de las barreras de los sentidos y nos recuerdan que no debemos limitar la realidad solo a aquello que percibimos.

(El lector familiarizado con el género distinguirá los guiños que proponen los nombres de Ambrose, Blackwood o Meyrink).

Escrito por Javier C. Aguilera


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