Clásicos Inolvidables (LVII): La rebelión de las masas, de José Ortega y Gasset

18 noviembre, 2014

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José Ortega y Gasset
Siempre me ha llamado la atención cómo en escuelas y sobre todo universidades, la figura del filósofo José Ortega y Gasset (1883-1955) es vista –cuando es vista- de forma tangencial o incluso sectaria, teniendo en cuenta que su obra, y concretamente, La rebelión de las masas (1930), constituye un libro de obligada lectura en universidades tanto europeas como americanas. Pero que me llame la atención no quiere decir que me sorprenda.

Recientemente reeditado por Alianza Editorial (existen ediciones anteriores, naturalmente), La rebelión de las masas sigue siendo un libro sorprendente y revelador para todo aquel que se acerque a él “con ojos limpios”. Su sustrato lo forman una serie de artículos y conferencias, que finalmente aparecieron en forma de libro por primera vez en 1930.

Su modernidad, como bien se resume en la nota preliminar (que aparece sin firma), viene dada por “su análisis de la ‘sociedad de masas’, que entonces se empezaba a configurar, y su apuesta por una política europea”, elementos que “llamaron la atención en todo el mundo”.

La traducción francesa de 1937 se hizo acompañar de un nuevo y fundamental prólogo, al que se añadiría al año siguiente un epílogo para ingleses, en la correspondiente impresión a dicho idioma, junto al ensayo En cuanto al pacifismo.

La presente edición de Alianza se completa además con la inclusión de otros ensayos breves como Eternal Spain, o la transcripción de la conferencia “¿Qué pasa en el mundo?”, además de unas apreciaciones (también ante público) acerca de la recepción de La rebelión de las masas, principalmente en el mundo anglosajón.

La propia obra se divide en dos partes (al margen del prólogo y el epílogo), los capítulos de La rebelión de las masas y el ensayo Quién manda en el mundo. Los orígenes de los primeros se remontan a los artículos publicados en el diario madrileño El Sol, bajo el epígrafe general de Dinámica del tiempo, en 1927.

Además, destacábamos el Prólogo para franceses. En él, Ortega comienza recordando como hay épocas en que la realidad humana, siempre en movimiento, parece acelerarse (a veces más parece que se desboca). Esta huida hacia delante va acompañada siempre del lenguaje, compañero de viaje y “elemento insuficiente y equívoco de entendimiento”, aunque sea el único del que disponemos (al menos, de una forma más compleja).


En este sentido, parece inevitable en algunos humanos la costumbre de hablar “a la humanidad” o en nombre de ella, no desde las distintas manifestaciones artísticas y culturales, sino desde los podios y los palcos, generalmente para acrecentar la pérdida de identidad de occidente, cuya homogeneidad de pensamiento y obra no ha de entenderse necesariamente como una negación de la estrecha comunicabilidad que ha llegado a alcanzarse en épocas recientes. Esta necesidad patológica de hacer que los demás piensen lo que uno piensa suele ir acompañada de un descreimiento, en apariencia bien fundamentado, cuyo fin último (y eterno) consiste en sustituir una corriente de opinión por otra.

De dicha uniformización surge por doquier el “hombre-masa”, nutrido principalmente de abstracciones contraculturales intercambiables y de ignorancia histórica, y, por tanto, definido por una predisposición dócil y por la creencia (a modo de fe), de que tiene solo derechos y muy pocas obligaciones. Más aún, siempre define la posición contraria como “individualista”, cuando lo más probable es que “el otro” no pretenda construir al margen de la sociedad, sino contemplar y servir sus necesidades favoreciendo más al individuo que a sus Estados y demás sucedáneos.


Por ello, estima el gran filósofo que uno de los más graves errores del pensamiento moderno “ha sido confundir la sociedad con la asociación”, por mucho que se muestre partidario de una posible (entonces) unidad estatal de Europa, en base a, podríamos añadir hoy (probablemente con la aquiescencia del autor), un adecuado sistema de saneamiento interno. Europa es definida más como un equilibrio que como un “todo” compacto y amorfo (de cuya argumentación se deriva la famosa imagen de multitud abejas en un solo vuelo).

En efecto, de la postura de la “masa” surge la necesidad de “socializar” al individuo por narices y por vía de la política. No en vano, la estructura de la vida en nuestra época impide que el ser humano pueda vivir como “persona”, ni siquiera le permite la oportunidad de extrañarse (de casi todo), requisito sine qua non para “comenzar a entender”.

De este modo, Ortega define al “hombre masa” como todo aquel “que no se valora así mismo por razones especiales, sino que siente como todo el mundo”, enfrentado ontológicamente al hombre selecto, que “no es el petulante que se cree superior a los demás, sino el que se exige más que los demás”. Razón por la que la masa arrolla todo lo que es diferente; quien no piense como “todo el mundo” corre el riesgo de ser suprimido o ninguneado.


Cuestiones como el arte “moderno”, el nacionalismo y otros totalitarismos históricos, las figuras del radical exaltado, que vive de negar lo que otros construyeron, y el cínico posmoderno, que niega la civilización pero vive instalado en ella o la usa para lo que le interesa son expuestas igualmente bajo el epígrafe La época del señorito satisfecho.

Y es que otro gran asunto omnipresente en el libro es la historia, esa “realidad del hombre” que no debe enunciarse solo en presente o en un difuso futuro. El hecho es que desconocerla supone vivir cercenado, a merced de la masa y de sus cantos de sirena. Recuerda Ortega que el verdadero tesoro del hombre es la memoria de los errores cometidos. Por eso, querer comenzar siempre “de nuevo” es por fuerza ilusorio (aunque esté bien “trovado”).

Solo al conocer y asumir lo que nos parece ya lejano podemos comprender su auténtica proximidad, para de ese modo, poder hacer (buen) uso de todas las posibilidades con que el presente nos obsequia, sin necesidad de vernos sobrepasados por dichas posibilidades.


Prosiguiendo con este análisis, define Ortega a ese ciudadano “modelo” que surge cada x años, el “reformista”, taxativo y verborréico, que no se preocupa del futuro, sino de lo inmediato. Es el “líder” que primero fomenta la desigualdad para después combatirla y que “se encuentra con ideas, pero carece de la función de idear” (si acaso, de arrasar). A lo caduco, solo sabe anteponer un formulismo atractivo pero hueco. Son “tipos” que han sabido incrustarse en la vida pública aparentando ser imprescindibles. De ahí la importancia de conocer, como individuos (nadie dijo que fuera tarea cómoda), un pretérito que “no nos dirá lo que debemos hacer, sino lo que debemos evitar”.

Recuerda Ortega que las circunstancias nos pueden constreñir todo lo que quieran, pero que en última instancia, somos nosotros, en base a nuestro particular carácter, los que decidimos (en lugar de que suelan decidir por nosotros convenciéndonos de lo contrario) y los que nos enfrentamos día a día a una masa que no actúa por sí misma, sino por inercia ideológica, eso sí, bien arropada por los dobleces del lenguaje y la retórica.

Historia y arquetipos revestidos con ropajes que se nos antojan novedosos, no combinan bien, puesto que la historia es proclive a ser re-moldeada a capricho, cuando se cree conocerla. Lo resume el filósofo al señalar que a la masa “se le ha dado instrumentos para vivir ‘intensamente’, pero no sensibilidad para los deberes históricos. Es más reactiva (visceral) que activa: ante la escasez de pan, suele destruir las panaderías” (Comienza la disección del hombre masa). No obstante, cuando un individuo-masa se rebela contra su “destino”, se produce su particular “rebelión de las masas”.


Y el Estado, sin cortapisas que le pongan freno, es el peligro potencial que absorbe toda espontaneidad social (convenciéndola de que actúa en su nombre). Como bien concretiza Ortega, “el inglés quiere que el estado tenga límites”; el resto, que disponga de capacidad para controlarlo todo. Interesante es constatar cuáles de estos países funcionan en líneas generales y cuáles no.

Remata el filósofo recordando que la opinión pública es la dinamo que proporciona y otorga el poder, cuando el Estado es (o debería ser, o debería aspirar a ser), “simplemente” la voluntad de hacer algo en común. Así, el Estado es, usualmente, el “estado de la opinión” (¿Quién manda en el mundo?).

Aspecto del que se deriva la irresponsabilidad de la figura del llamado (o autollamado) “intelectual” (En cuanto al pacifismo), otro molde que emplea las ideas como trincheras y cuya “revolución”, rememora el filósofo, no suele durar más que unos quince años: al final, es la naturaleza humana la que manda (convenientemente estatalizada, por descontado). En resumidas cuentas, “la lucha por adueñarse del poder público es lo que se llama política” (Sobre La rebelión de las masas). Ciertamente, todo esto parece más apremiante en tanto en cuanto ya no queda lugar de la humanidad que viva aparte.


¿Pero qué decir de la juventud? Ortega también aborda este aspecto y su actitud no es complaciente (ventajas de haberla superado), sin por ello negar sus aptitudes (más bien cuestionando sus actitudes). Con ella se preludia el mundo feliz que vendrá, siempre en las inestables manos de dicha juventud, en la que se deposita la mayor confianza pese a no poseer (motivos biológicos evidentes) la necesaria experiencia y perspectiva. Son aspectos en apariencia banales, pero que inciden en un mundo que ha pasado del “deslumbramiento de la Razón al desinterés de la inteligencia(nota, pgs. 430-1).

Por todo ello, y por cuestiones como que para informar bien hay que estar bien informado (inmediatez no es objetividad ni perspectiva), es por lo que no me sorprende que en determinados países se siga leyendo a Ortega y Gasset, y en otros no (o se limiten a “reinterpretarlo” o “sojuzgarlo”).

Naturalmente, hay aspectos que hoy día pueden ser matizados (como otros se han convertido en proféticos), pero ello no quita para que La rebelión de las masas continúe siendo, como los grandes libros que sintetizan la realidad histórica del ser humano, un libro tan relevante como actual. La gran obra del pensador que nos alentó a opinar siempre por cuenta propia y no solo por cuenta de nuestro tiempo.

Escrito por Javier C. Aguilera


1 comentario :

  1. Estimado, creo haberme acercado a este libro con los "ojos limpios" (con los míos, claro está, porque no creo que haya "ojos limpios" absolutos) y lo que vi está en unos cuantos posts en mi blog. Por ejemplo: http://el-pareja.blogspot.com/2016/03/155-rey-desnudo-ortega-gasset-rebelion-masas.html Solo quería compartir otra posible lectura de dicho libro. Saludos.

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