Adaptaciones (XXX): 20.000 leguas de viaje submarino, de Richard Fleischer

25 agosto, 2014

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La adaptación cinematográfica de la conocida novela de Julio Verne, Veinte mil leguas de viaje submarino (Vingt mille lieues sous les mers, 1869-1870), corrió a cargo del guionista Earl Fenton (1909-1972), para la productora de Walt Disney (1901-1966). Se trató de un empeño personal del propio Disney, tras una cesión de derechos por parte de George Pal (1908-1980), que en esos momentos era el poseedor de los mismos.

En la producción intervinieron además, el decorador John Meehan (1902-1963), el diseñador (del Nautilus) Harper Goff (1911-1993), el fotógrafo Franz Planer (1894-1963), en extraordinario tecnicolor; el editor Elmo Williams (1913), y el músico Paul Smith (1906-1985), cuya inspirada banda sonora ha sido recientemente objeto de una cuidada reedición. Todo este equipo fue debidamente orquestado por el excelente realizador Richard Fleischer (1916-2006), hijo del animador Max Fleischer (1883-1972), al que Disney encomendó –de nuevo personalmente y con la aquiescencia del progenitor, rival en los negocios-, la dirección de la magnum opus.

El resultado es una obra maestra del calado de 20.000 leguas de viaje submarino (20.000 leagues under the sea, Walt Disney Productions-Buena Vista, 1954).

Kirk Douglas junto a Richard Fleischer
Del mismo modo que sucede en la novela, el punto de vista del relato le corresponde al profesor de ciencias Pierre Aronnax (Paul Lukas), produciéndose un trasvase bastante fiel de los caracteres literarios a los cinematográficos: los personajes quedan perfectamente definidos desde un primer momento. Así, Conseil (un estupendo Peter Lorre) es el responsable y meticuloso secretario del maduro profesor, y el arponero Ned Land -apellido nada baladí- (Kirk Douglas, con su acostumbrado buen hacer), un sujeto arrojado y bon vivant que deambula por los muelles de San Francisco (en el libro, los personajes parten desde Nueva York).

Con la propuesta de zarpar hasta oriente (con destino a Saigón), recorriendo los Mares del Sur, los personajes se embarcan en la fragata Abraham Lincoln, que, de paso, trata de averiguar si es cierta la existencia del formidable monstruo de los mares. Atendiendo a un desarrollo más dinámico, el relato queda condensado a un solo año: el de 1868.


Si siempre existe el peligro de que la tecnología aleje a las masas del potencial artístico, en lugar de acercarlas, el capitán Nemo (James Mason, espléndido como siempre), ha conseguido amalgamar ambos extremos gracias a su submarino, que contiene los mejores avances que ofrece la ciencia, junto a inestimables tesoros del genio humano; aunque para su desgracia más íntima, esta técnica también quede al servicio de la destrucción. Como le recuerda el profesor Aronnax, “la perfección no existe en el ser humano”.

Irónicamente, la libertad de Ned condena al resto de la humanidad a prescindir de los descubrimientos que se hallan tanto a bordo como en el refugio de la Isla de Vulcania, estos últimos destruidos por el propio Nemo. Más aún, cuando la “civilización” llega a la Isla, lo hace abriéndose paso a tiros (y no para defenderse, precisamente).

De este modo, la película incide en la escisión de caracteres de la novela, un cisma ontológico entre aquellos hombres que pueden vivir en una soledad escogida y placentera, y aquellos que no pueden vivir sin personas a su alrededor, y valoran la vida por encima de los avances científicos u otros descubrimientos fabulosos. Más aún, Nemo no tolera a la “gente de la superficie”, salvo a aquellos con los que coincide intelectualmente. Para él, el mar es “el lugar donde está la verdadera independencia”. Pero la independencia para Nemo está ligada no solo al retiro, sino también a la muerte.


La película aporta, gracias a su excelente guión y realización, apuntes brillantes y novedosos. Por ejemplo, cuando a Ned Land, una de las alarmas en alta mar lo pilla afeitándose; el momento distendido que supone la canción que precede a la aparición del “monstruo”; el remo fracturado que muestra el arponero durante la refriega con los tripulantes del Nautilus, tras la embestida a la fragata; o ya a bordo del submarino, la guitarra hecha con el esqueleto de una tortuga. 

A estos detalles, debemos añadir momentos como la inmersión del Nautilus con los molestos visitantes en su exterior, instante que proporciona a Nemo una prueba de lo que es la lealtad. O aquel en que el profesor mira extasiado por la claraboya del submarino (en un principio, Fleischer se reserva el contraplano), junto con la secuencia en la que los visitantes penetran en su interior, situación que posee la habilidad de concretar la disposición espacial del submarino con la contemplación de todo un “nuevo mundo” acuático.

O en definitiva, las imágenes del sumergible surcando las aguas, lo que incluye ese final en que el capitán abre la escotilla de visión antes de “morir”, y que relaciona a ambos personajes. Y es que el Nautilus es Nemo. Herido uno, el otro está irremediablemente condenado. El realizador, en todo momento, no sacrifica la plasticidad y belleza de un plano general –del cinemascope-, por un primer plano de compromiso.


Entre las curiosidades de la producción, podemos destacar que para operar al cefalópodo mecánico durante el encuentro del Nautilus con el calamar gigante, hicieron falta hasta sesenta técnicos, tratándose de una secuencia que hubo de filmarse dos veces. Una primera, llamada del “calamar al atardecer”, fue desechada por Disney a favor de la que contiene la película, que transcurre en un escenario nocturno y con tormenta.

Además, en el libro, durante su recorrido por el Polo Sur, se hace mención a que una foca puede ser adiestrada (XIV, parte II). Esto da pie a la incorporación de Esmeralda, la simpática mascota del capitán Nemo. En cuanto al propósito “no científico” del Nautilus, no será hasta casi concluido el libro que se desvele el misterio de Nemo y sus ataques a los navíos (XXI, parte II). En la película somos conscientes mucho antes. Como sucede con el tripulante que avisa de que “un nuevo cargamento de muerte ha partido”. De este modo, los temas más ariscos, no es que queden diluidos a favor de la acción, sino que se disponen y concretan de otra forma.

Como última curiosidad, el año del estreno (acaecido el 23 de diciembre de 1954), se botó el primer submarino impulsado por energía atómica, que fue bautizado con el nombre de Nautilus.


Unas últimas palabras para referirnos a la versión muda. En los inter-títulos iniciales de la simpática y contemplativa Veinte mil leguas de viaje submarino (Stuart Paton, Universal, 1916), se recuerda la condición de adelantado de Julio Verne “por cincuenta años” (estamos en 1916).

El profesor Aronnax (Dan Hanlon) está en Nueva York y en compañía de su hija (Edna Pendelton), personaje agregado para poder ser emparejado con un heroico y apuesto Ned Land (Curtis Benton). Tanto el profesor como el capitán Nemo (Allen Holubar) se nos muestran más maduros de lo que son en el original; en el caso de Nemo, su personaje queda además más “humanizado” y hace gala de un aire zíngaro que solo la conclusión explica. En realidad, la presente versión es un cruce con otra de las más populares creaciones de su autor, La isla misteriosa (L’îlle mystérieuse, 1875), muy libre, desde luego, pero con encanto. Lo evidencia el hecho de que se aventure todo un pasado para el capitán Nemo, en el que no se desprecia el relato de crímenes y fantasmas, hasta que las tres historias (el pasado de Nemo, su presente con los invitados al Nautilus, y los náufragos que han ido a parar a la Isla), convergen gracias a la conexión del personaje de Charles Denver (William Welsh), antiguo “hombre de confianza” de Nemo y responsable directo de la deuda que ha contraído este príncipe indio, felizmente resuelta (aunque el relato culmine con el funeral del propio capitán).

Destaca un Nautilus rudimentario aunque equipado con torpedos, los llamativos virados a color para distinguir ambientes, y el empleo de un mecanismo denominado “fotosfera” (photosphere), una campana de cristal para poder filmar bajo el agua.

Walt Disney (derecha) junto a Kirk Douglas y sosteniendo el Nautilus
Verne fue el primero en querer ilustraciones para sus libros; en la adaptación de Disney y Fleischer, la caligrafía de Verne se muestra en imágenes, condensadas pero totalmente fieles a su espíritu.

Escrito por Javier C. Aguilera


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