Te querré siempre (Viaggio in Italia), de Roberto Rossellini

27 febrero, 2014

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Rossellini
A la pregunta acerca de qué es lo moderno respondió Roberto Rossellini (1906-1977) cuando presentó su Te querré siempre (Viaggio in Italia, Titanus Films, 1953), sorteando la incomprensión de algunos críticos, e incluso de quienes habían tomado parte en la filmación (incluida su esposa, Ingrid Bergman). 

Viaggio in Italia, a la que prefiero referirme a partir de ahora por su título original, en lugar del español, totalmente equívoco, responde a la visión de un autor, más que a una visión “de autor”, y lo hace sin alharacas ni espectáculos cinematográfico-circenses.

Escrita por el propio Rossellini, lo que resulta evidente teniendo en cuenta el cariz autobiográfico de la propuesta, junto con el malogrado autor de El bello Antonio, Vitaliano Brancati (1907-1954), quien se enfrentó a una separación ese mismo año, la película contó además con el hermano del realizador para la banda sonora.

El relato nos permite ser testigos de la paulatina desintegración del matrimonio formado por Alex (George Sanders) y Katherine (Ingrid Bergman), aunque, de nuevo, sin necesidad de grandes alaridos y aspavientos, esas escenas de lucimiento con que se suelen abordar estos asuntos.

Un ejemplo es la anécdota que Katherine relata a Alex en una de las pocas ocasiones en que ambos están juntos pero solos, tomada del célebre relato Los Muertos de James Joyce; el guiño no acaba ahí, puesto que Rossellini apellida a su matrimonio Joyce. Pues bien, los Joyce llevan ocho años juntos aunque separados, pese a que intuimos que no siempre ha sido así. El tiempo parece haberse detenido desde su llegada al sur de Italia.

Pero frente a esa laxitud, Rossellini abre intencionadamente la película con un plano en movimiento, el que corresponde a la visión desde un automóvil que circula por la carretera. Y a continuación nos pone en antecedentes con respecto a la pareja cuando Katherine especifica que “no tengo ni idea de dónde estamos”. Poco después añadirá que “desde que nos casamos no habíamos estado tanto tiempo solos”.


Llama la atención la transformación que se produce en ambos cuando se encuentran rodeados de gente, entre la bulliciosa sociedad inglesa que pasa sus vacaciones en Italia. El maltrecho matrimonio necesita estar rodeado de “amigos” para escapar del tedio y de la sinceridad de una conversación, siempre postergada.

Las imágenes y los diálogos explicitan el por qué de esa mala relación, no es necesario entrar en más detalles, salvo señalar que la extrañeza de los Joyce será aún mayor cuando constaten cómo ha vivido uno de sus parientes, tío Michael, que no solo ha dejado al morir una propiedad que hay que gestionar (el motivo real del viaje), sino una estela de felicidad que mueve a la reflexión, y en consecuencia, un malestar que eclosiona en la posterior visita del matrimonio a Pompeya.


Apuntábamos antes otro elemento importante que estructura el relato. Los Joyce han pasado de su vida metódica y “aislada” de Londres, al bullicioso discurrir de Nápoles, una cultura que saca a la calle tanto su alegría como su dolor, en lugar de esconderlos (hasta los niños se muestran contentos pese a las privaciones).

Pues bien, esta toma de contacto de Katherine con las calles de Nápoles, junto a la especial atmósfera que le provocan un museo y las obras de arte en él contenidas, junto a las catacumbas de la ciudad, le revelan de forma gráfica esa otra vida. Por su parte, el vacío de una nueva “conquista”, certificará en Alex su propio fracaso.

Esta familiaridad sociocultural y ese aire pagano de una Italia a pie de calle, culminan en la conocida reacción del matrimonio ante el descubrimiento del molde en escayola de una pareja cuyo amor quedó perpetuado en las ruinas de Pompeya. Pasado y presente, la imagen del amor imperecedero y la del desamor, se funden en una misma secuencia por medio de un abisal plano-contraplano.


Hablábamos además, de la mesura de Rossellini como “autor”, en clara diferencia con otros autores tan “personales” que su sello siempre sofoca el relato -hoy sigue habiendo buenos ejemplares-. Para Rossellini, ningún detalle resulta banal, incluso cuando se insiste en que no sucede nada, todo se muestra como esencializado. En este sentido, el público de hoy probablemente esté más capacitado para reconocer lo que el realizador quiso hacer. Y al hacerlo hizo avanzar al cine mismo. Toda la futura incomprensión que mostrará la cinematografía europea en años posteriores se reconoce ya en esta película.

Curiosa mixtura de relato autobiográfíco y road movie, en el que la cámara se halla presente casi “por casualidad”, capturando el momento pero sin que advirtamos su presencia, Viaggio in Italia convierte al espectador en un fisgón. Rossellini trabaja la concisión y la densidad, sin confundir nunca el ritmo con las prisas -esas que tan necesarias parecen hoy para captar (y epatar) al espectador-.

Con el mencionado arranque –¡nunca mejor dicho!- de la película, el realizador demostraba que se hacía camino al filmar.


Semilla necesaria para apreciar en qué consiste el auténtico cine moderno –no lo “actual”-, Viaggio en Italia expone la dolorosa comprensión de un fracaso, encaminado a un final abierto. Una posible interpretación de ese final podría ser el de la recuperación de cierto respeto perdido, continúe la pareja junta o no.

Escrito por Javier C. Aguilera



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