Hotel internacional, de Anthony Asquith

09 febrero, 2014

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Un aeropuerto en Londres, donde no falta la niebla y donde, como se suele decir –y suceder- confluyen muchas historias, será el escenario en el que se desarrollen los relatos cruzados de Hotel internacional (The V.I.P.’s, MGM, 1963), cuyo título en español induce a equívoco acerca del decorado en que estos se desarrollan, al menos durante una buena parte. Por otro lado, este mecanismo narrativo de entrelazar varias historias funciona muy bien, porque lo que en la película se entrecruzan, son situaciones y sentimientos atemporales, predispuestos por el azar.

Aspectos tan humanos como el interés “afectivo”, personificado en el matrimonio Andros, escindido tras trece años de matrimonio por unas vacaciones a Jamaica para ella (Frances: Elizabeth Taylor), y el regreso a las obligaciones diarias de él (Paul: Richard Burton). Él es el hombre hecho a sí mismo, el magnate que todo lo puede, pero que ha de delegar en terceros para poder hacer un regalo, porque su tiempo es oro, aunque no pueda disfrutar de ninguna de las dos cosas. 

Paul comprenderá que lo único que ha amado de verdad escapa a su poder (para colmo, a manos de un embaucador y gigoló profesional, Marc: Louis Jourdan – el guión no se esfuerza en ocultar que no se ha reformado). Por su parte, Frances ha de soportar que le digan lo atractiva que está cada vez que se encuentra con algún conocido: lo deseable no es elemento que yo pretenda pueril; precisamente ese es el problema, todos la encuentran tan hermosa que, o bien la envidian, o bien nadie se ha tomado la molestia de amarla realmente. Hasta que la obligada permanencia en el recinto propicie la sinceridad; ocurre cuando hay tiempo para poder comunicarse.

 
En contraposición, sin salir del punto de vista de lo afectivo, aunque desde otro ángulo, tenemos a otro emprendedor, pero en ciernes, Les Mangrum (Rod Taylor), y a su secretaria, Mrs. Mead (Maggie Smith), la otra “cara” de la moneda del desamor: ella no es motivo de envidia física, pero es igualmente una buena mujer.

Junto a estos, “viajan” otros personajes, capaces que improvisar sociedades con vistas a evitar un (abusivo) pago de impuestos: el productor y realizador Max Buda (Orson Welles), y su futura y más que flamante esposa, Gloria Gitti (Elsa Martinelli), una actriz bastante incapaz pero rodeada de oportunidades (otra cara de la belleza física). A la pareja se reserva ¡la referencia a un trineo! Por último está la duquesa de Brighton (Margaret Rutherford, en otra de sus gratificantes apariciones), una viuda que ya no sabe cómo sostener un patrimonio declarado como Bien Cultural.

Todos están excelentes en sus respectivos roles.


Bien, la referida niebla ha obligado a estos personajes a permanecer en el aséptico y poco glamuroso escenario del aeropuerto, “revestido” únicamente por los propios conflictos. Más tarde, todos acabarán alojados en un hotel propiamente dicho, el del mismo aeropuerto. Los destinos de cada uno son diferentes, pero no solo con respecto a los vuelos que han de tomar, sino a unas circunstancias que, pese a no ser por el inoportuno cambio climatológico, no se habrían visto alteradas en la forma en que lo van a hacer.

Es la bonita idea que subyace en la película. De modo que aplazamientos imprevistos y alteraciones en los planes –alguno de ellos de “importancia vital”-, al margen de la honestidad de cada personaje, organizan un corpus que fija la atención en nuestra dependencia de los medios tecnológicos, una faceta por la que pienso que una obra como The V.I.P.’s, al margen de su mítica –o no- en cuanto a los intérpretes, puede seguir resultando muy atractiva. Todas las buenas obras presentan temas humanos de interés.


Como comentamos recientemente con respecto a Neil Simon, el libreto de Hotel internacional fue escrito por el espléndido dramaturgo Terence Rattigan (1911-1977), directamente para el cine, en base a ese recurso de vidas paralelas tan popular hoy, y procurando –lo que es de agradecer- unos cierres, sino definitivos, sí esperanzadores, casi a modo de fábula. Una elección tan respetable como otra cualquiera, que en cualquier caso no es óbice para que Rattigan despliegue toda su brillante ironía –comenzando por el mismo título en inglés-, entre amistades interesadas y sostenidas por las relaciones de poder, y el redescubrimiento de otras –auténticas- amistades, cercanas aunque desconocidas, tal vez por esa misma razón.

Para los que reniegan de forma tajante –que los hay- de un cine no adscrito a lo “independiente” (o sea, de buena parte de la historia del cine), Hotel Internacional supone una sátira moderna sobre los comportamientos sociales, que muestra cómo con “estrellas”, y bajo los auspicios de un estudio de Hollywood, también se podían decir cosas muy interesantes.


Su realizador, el también británico Anthony Asquith (1902-1968), cuenta con títulos entre entretenidos y distinguidos, dependiendo del material de base. Recuerdo con simpatía su El Rolls-Royce amarillo (The yellow Rolls-Royce, MGM, 1964), también escrita por Rattigan, y que conforma una especie de díptico con este Hotel Internacional, el cual contó además con la música de Miklós Rózsa.

Como curiosidad, señalar la intervención de algunos acompañantes de Margaret Rutherford en su periplo como Miss Marple; Joan Benham, como la sra. Potter, y Stringer Davis, como talludito mozo de hotel. Junto a ellos, otros buenos característicos como Richard Watts, el jefe de recepción, y Dennis Price, como el comandante Millbank.

Escrito por Javier C. Aguilera


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