Al encuentro de Mr. Banks, de John Lee Hancock

05 febrero, 2014

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Una de las producciones que ha visto la luz en los inicios de 2014, y de la que hoy hablamos, remite a una oleada de películas que en los últimos años quieren revelarnos la intrahistoria real del cine, esto es, los entresijos reales que condujeron a la creación de tal o cual película. Como ejemplo reciente tenemos Hitchcock (Sacha Gervasi, 2012), sobre el rodaje de Psicosis (Alfred Hitchcok, 1960), aunque este tipo de films responde a una género muy prolífico en los últimos años, el de los biopics, de las que podemos dar un rápido vistazo: Invictus (Clint Eastwood, 2009), La red social (David Fincher, 2010), J Edgar (Clint Eastwood, 2011), La dama de hierro (Phyllida Lloyd, 2012), Lincoln (Steven Spielberg, 2012), jOBS (Joshua Michael Stern, 2013), Diana (Oliver Hirschbiegel, 2013), Mandela. Del mito al hombre (Justin Chadwick, 2013). Tan solo hemos recalcado algunas de las que más atención, especialmente mediática, han tenido, sin valoraciones. 
  
El interés por el cine, constituido ya como arte, siempre ha suscitado interés, ya fuera por las curiosidades de las personas reales que había detrás de los personajes interpretados o de los nombres en los créditos, o por los entresijos que conforman las diferentes fases de creación de un film.

Un interés sano, fruto de la curiosidad humana, que ha servido para rellenar tanto libros como documentales, y ahora también películas en sí. Estamos ante metacine, pero para que funcione, como toda película, debe contener algo más, como mínimo una historia atractiva. La película de la que hoy hablamos, Al encuentro de Mr. Banks (traducción poco fidedigna al original, Saving Mr. Banks), se centra en la última etapa de la negociación entre Walt Disney y P.L. Travers por los derechos para rodar la adaptación de Mary Poppins (1934), además de contarnos un capítulo del pasado de la autora británica, sobre la que versa realmente la cinta.

Para acercarse, pues, a esta película, es recomendable tener en mente una de las películas más populares de la factoría Disney: Mary Poppins (Robert Stevenson, 1964), un film musical adaptación de la primera novela de la saga de P.L. Travers que fue protagonizada por Julie Andrews y Dick Van Dyke. Una película que, seguramente, dista mucho de la novela original, tal y como nos deja ver la tensa relación entre el cineasta estadounidense y la autora australiana.

Debido a este film, son muchas las anécdotas que salen a la luz en diversos medios, muchos para hablar de las sombras de los protagonistas reales de esta historia contra la idea más luminosa que muestra la película, como algunas cuestiones sobre las que se sobrevuelan o ni se mencionan. Lo que sí está claro es que se produce un choque de visiones contundente entre la visión que tenía Walt Disney y la de Pamela Lyndon Travers sobre una misma historia. Ambos tuvieron una infancia complicada, aunque como ya hemos señalado antes, solo se profundiza en la de la autora; sobre el cineasta, tiempo al tiempo, que seguro que en un futuro se verá alguna película biográfica.


La función que se representa ante nuestros ojos funciona perfectamente: la preproducción, los cambios de guión, la composición de canciones o la revisión de todos los apartados que compondrán el futuro film son mostrados con detalle y con la comicidad ácida de un enfrentamiento cultural entre las ideas más fijas y estrictas de P. L. Travers y los hábitos más relajados del equipo estadounidense, entre los que destacan los hermanos Sherman, encargados de la banda sonora. Pero intentarán abrir el corazón de la autora, llegar hasta el quid de la cuestión para convencerla, para emocionarla y, por tanto, llegar también al espectador. 

Una mezcla de drama y comedia que se intenta mantener en una balanza y que funciona especialmente en la parte descrita, aunque cae por completo al drama y a los clichés en el recuerdo de infancia que recorre toda la cinta a base de flashbacks. Aunque con imágenes atrevidas, la travesía hacia la desgracia del padre de familia puede resultar poco atractiva, pero es necesaria en tanto que se corresponde con la teoría de lo que llevó a la autora a escribir Mary Poppins (más allá del simple trasunto de su tía real, Helen) y que da título al film en sí. Además, una de las mejores escenas de la película es una unión perfecta entre el discurso que da el padre ebrio y la composición de la canción Banco de la confianza. Sin duda, toda esta serie de referencias que hace necesario el visionado del film original para entender y disfrutar mejor el contenido de esta película, igual que es inevitable (y preferible) ver Psicosis (1960) antes que Hitchcock (2012). 


Los componentes del reparto se ajustan perfectamente a sus papeles. Emma Thompson ofrece una maravillosa actuación para un papel tan atractivo, mientras que Tom Hanks parece ajustarse perfectamente al traje de Walt Disney, ofreciendo uno de los monólogos finales que mejor apuntan hacia la magia y el arte del cine. Colin Farrell se desenvuelve como el padre alcohólico que juega y aviva la imaginación de sus hijas para ocultarles la frialdad del mundo donde él vive, por contrapartida al personaje en el que la propia autora se convierte (¿Dónde están las armas para defenderse ante la vida en esta película? es, parafraseando de memoria, una de sus quejas sobre la adaptación). 

Bocetos reales de DaGradi en la preproducción
Rut Wilson efectuará el sufrido papel de madre de carácter más realista, pero débil, a quien su hermana Helen, interpretado por Rachel Griffiths caracterizada como si de un guiño a La niñera mágica (2006) se tratase, tendrá que ayudar añadiendo sensatez y rectitud a la casa. En papeles menores, pero sustanciales, B.J. Novak y Jason Schwartzman como los hermanos Sherman, compositores musicales, junto a Bradley Whitford como Don DaGradi, uno de los guionistas de Disney (suyos son los guiones de Peter Pan o Alicia en el País de las Maravillas), sin duda los que mejor muestran el proceso de producción de una película además del amor por la creación.

No podemos olvidar, por último, a Paul Giamatti, que interpreta al chófer de P.L. Travers y será con el que mejor relación establezca, ofreciendo su lado más humano y aportado una pequeña y tierna historia al conjunto cinematográfico. 


John Lee Hancock se encarga de la dirección y tras de sí trae una carrera llena de basados en hechos reales: El novato (The Rookie, 2002) o The Blind Side (Un sueño posible) (2009), además de ejercer de guionista con Clint Eastwood. En la música, nos encontramos con Thomas Newman, aunque resuena, a su vez, los ecos y las reinterpretaciones de la maravillosa banda sonora de los hermanos Sherman para Mary Poppins. Por cierto, hay un homenaje final en los créditos a todas las personas reales mediante fotografías, dibujos reales y un fragmento de una de las grabaciones reales de la preproducción, un buen broche para la cinta.


Sería fácil echar tierra sobre esta historia o señalar las ya conocidas y manidas críticas a la empresa Disney o al propio cineasta Walt, pero debemos reconocer que la película nos sitúa muy bien en el enfrentamiento entre dos formas de entender no solo el arte (literatura y cine) o los negocios, sino también la vida. Walt quería seguir luchando por mantener la ilusión y Pamela L. Travers pareció perderla, pero la refugió, pese a sí misma, en su obra, a la vista de todos sus lectores y bajo mil interpretaciones posibles. La magia de la narración es así, como dice el film, esa magia que puede provenir de nuestra oscuridad, pero que también remite a nuestra esperanza.

Disfrutad de esta historia, no es excesivamente "maravillosa", pero sin duda se acerca más que otros a la meta.

Escrito por Luis J. del Castillo


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