Para el sábado noche (XXVII): Bola de fuego, de Howard Hawks

02 enero, 2014

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Howard Hawks
El escritor solo puede interesar a la humanidad cuando en sus obras se interesa por la humanidad (Miguel de Unamuno, 1864-1936).

Como solemos hacer, merece la pena que nos detengamos en las personas que hicieron posible Bola de fuego (Ball of fire, Goldwyn / RKO, 1941), una de las películas que hemos seleccionado para inaugurar el nuevo año. Es obligado comenzar por su director, Howard Hawks (1896-1977), del que también, según costumbre, no pretendo descubrir nada nuevo, solo el placer de compartirlo con nuestros lectores. Bola de fuego es una producción de Samuel Goldwyn (1879-1974), escrita por Charles Brackett (1892-1969) y Billy Wilder (1906-2002), con fotografía del gran Gregg Toland (1904-1948) y música de Alfred Newman (1901-1970); también en ella se deja ver Edith Head (1897-1981) como encargada del vestuario. Bola de fuego cuenta además con un excelente reparto en el que, como curiosidad, también distinguimos a un jovencito Elisha Cook Jr. haciendo de camarero (¡si es que Cook pareció jovencito alguna vez!).

Nueva York es descrita como una selva, pero aún puede crecer alguna florecilla y hace un día soleado. Un pintoresco grupo pasea por Central Park. Lo forman un distinguido equipo de especialistas, cada uno un verdadero sabio en alguna materia del saber, y están liderados por el más joven y riguroso Bertram Potts (espléndido Gary Cooper), el profesor de lengua. Viven para la ciencia lexicográfica; llevan nueve años y les quedan otros tres para completar su labor enciclopédica para la institución que les cobija, la Fundación “Daniel S. Totten”.

Como marcan los cánones, se muestran abstraídos y metódicos; hasta su paseo matutino está estrictamente reglamentado. Pero tal y como se comenta, ya de vuelta en el caserón, esta labor se alarga pues está sujeta a continuas actualizaciones; aunque hasta ese día, solo han sido de tipo bibliográfico.

Y es que la mayor puesta al día de su Magnum Opus llegará de forma inesperada, y se inicia cuando un basurero entra en la fundación en busca de información. El slang, la jerga de la lengua, es algo que queda fuera del alcance de los eruditos.

De este modo, a Potts se le hace evidente la necesidad de renovar el lenguaje, de admitir otras acepciones e incluir nuevas entradas en su apartado de investigación. Ha constatado que la lengua es un organismo que está vivo y que su evolución natural no ha de ir en contra de su normalización, la necesidad de ser reglado, pese a la extendida opinión de que el filólogo ha de ser como un poste sin autoridad, que se limite a dar cuenta de lo que ve –lo que oye-, aunque se trate de una burrada tras otra.


Para la mayoría de estos científicos salvo uno, que es viudo, el amor se reduce a una entrada en el diccionario, y suele estar idealizado (aunque también haya obras trágicas; aquí entra más en acción el renacer por lo físico). La causa de sus futuros desvelos será la cantante Sugarpuss O’Shea, alias Bola de Fuego (o simplemente Suggie; Barbara Stanwyck), novia del gánster Joe Lilac (Dana Andrews), que a su vez se hace acompañar, naturalmente, de otros secuaces: Asma (Ralph Peters) y Pastrami (Dan Duryea, en un papel tan conocido para el actor).

De este modo se materializa la pesadilla que conocen bien los estudiantes: que no hay concentración posible con ciertas distracciones de por medio. No en vano, al referirse a sí mismo y a su vida, Potts habla de “la gente como yo”, como miembro de un mundo selecto, pero apartado. Es el mundo de las letras y ciencias, del conocimiento como forma de vida. Por su parte, Suggie se verá cual Blancanieves, no solo por las razones más obvias, sino porque sus enanitos “no son de este mundo”, en un sentido tan elogioso como envidiable: el cambio afecta a los personajes de ambas esferas. De ese modo, a ella no le hará ninguna gracia ver a Potts hacer el ridículo -sin este saberlo-, cuando hable por teléfono con su “padre”.


Haciendo uso de una gramática, más que clásica, yo diría que estrictamente cinematográfica, Howard Hawks filma a base de elocuentes planos medios y generales; primeros planos hay pocos, y cuando los hay, son más bien planos-detalle, es decir, provistos de un significado concreto, como aquel que muestra los dos anillos de compromiso en el dedo de Sugarpuss: el de Lilac y el que acaba de entregarle Potts, con el hermoso detalle de la inscripción de Shakespeare.

A este se suma otro segmento magnífico: la canción en torno a la mesa, a petición del profesor Oddly (Richard Haydn), seguida del Gaudeamus igitur, más la confesión de Potts, cuando cree que habla con el citado profesor, filmada en la penumbra. Hay más momentos brillantes de guión y puesta en escena, como aquel en que los esbirros de Lilac muestran a los profesores, con total desfachatez pero innegable gracia, qué es lo que hace girar al mundo. Y por supuesto, el momento en que el gramófono se pone en marcha sin querer, cuando la aventura casi ha concluido.


Finalmente, gracias al magnífico guión de Brackett y Wilder, la mente se alza sobre la materia, y con su ingenio, las letras se imponen a las armas, con ayuda del torrente de oratoria de Potts, que actúa a modo de maniobra de distracción.

Un detalle simpático aunque coyuntural (también hay modas en las lenguas) es el de denominar al teléfono con el nombre del actor Don Ameche (“el Ameche”), por haber interpretado este al inventor oficial del mismo en El gran milagro (The story of Alexander Graham Bell, Irving Cummings, Fox, 1939). También es un privilegio poder ver en “directo” a la Orquesta de Gene Krupa. En Bola de fuego, una joie de vivre impregna todo el relato.


Escrito por Javier C. Aguilera



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