Para el sábado noche (XXIV): Coma, de Michael Crichton

04 noviembre, 2013

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El hombre auténtico se preocupa sobre todo de la sabiduría y de la amistad, de las cuales cosas, una es un bien inmortal, y la otra mortal” (Epicuro).

Susan (Geneviève Bujold) es independiente, trabaja en un hospital y, como recomendaba Epicuro, se aparta de la política cuánto puede, razón por la cual no parece encajar con los puntos de vista, mucho más activos (aunque activos y comprometidos no sean siempre sinónimos), de su pareja, Mark (Michael Douglas), que se halla en espera de poder convertirse en el nuevo Jefe de Residentes. Dicho más claramente, la política del hospital delimita su relación. Y será una de las variantes manipuladoras de la política la que, pese a todo, acabe alcanzando a Susan, como representante de todo “John Doe”, o hijo de vecino, que se ve irremisiblemente plegado a sus ramificaciones y dominios. 

Aunque los entresijos de una organización tan cercana, pero a la vez tan desconocida para el común de los mortales, como es un hospital, no es el “objeto directo” del presente relato, sí que supone un muy interesante “contexto polifónico”, que además entronca con el planteamiento de otras dos notables películas de la época: Anatomía de un hospital (The hospital, 1971), de Arthur Hiller, y Diagnóstico asesinato (The Carey treatment, 1972), de Blake Edwards.

En estas, las relaciones personales también quedaban al arbitrio de las laborales. De este modo, y como sucede con muchos héroes-antihéroes, Susan es un personaje “aislado” aunque esté rodeado de gente. En principio, no todos los médicos tienen el mismo “estatus”.


Adaptación de la novela de Robin Cook (1940), Coma (MGM, 1978), producida por Martin Erlichman (1929), con fotografía de Victor J. Kemper (1927), música de Jerry Goldsmith (1929-2004) y dirección de Michael Crichton (1942-2008), médico, escritor estimado y notable cineasta, sitúa el grueso de su acción en un reputado hospital de Boston (ciudad de importantes centros médicos; a día de hoy, el Massachusetts General Hospital de Boston, es tenido como el mejor y más competente centro hospitalario del mundo). Pues bien, las irregularidades en el historial de su amiga Nancy (Lois Chiles), hacen sospechar a Susan de negligencia, que comienza a tirar del hilo (del tubo), hasta que la posibilidad -que a cada paso se vuelve más aterradora-, se concreta en forma de un escalofriante listado, proporcionado por una computadora encargada de la selección de los sujetos-pacientes.

Las dudas sobre este comportamiento criminal se centran el Jefe de Cirugía del Hospital, el doctor George (el siempre sólido Rip Torn), y el Jefe de Anestesiología, el doctor Harris (inquietante y paternal Richard Widmark). Si existe todo un organigrama conspirativo en el hospital o no, es algo que Susan necesita averiguar, porque pone en cuestión todo lo que la conforma como persona.


Extraordinario thriller de esa gran década que fue la de los setenta, al menos cinematográficamente, Coma se desarrolla a modo de intriga policiaca. Dos espléndidas secuencias lo rubrican: la visita al Instituto Jefferson, donde “reposan” los pacientes en estado de coma, y desde luego, el recorrido nocturno por los (casi) deshabitados pasillos y salas del hospital (momentos que Jerry Goldsmith potencia por medio de su extraordinaria partitura).

Junto a las chanzas de los médicos, tan ajenas siempre al paciente -y que alcanzarían su paroxismo humorístico en la ayudante del dentista que aparece en la injustamente menospreciada 10 (Ten, 1979), también de Blake Edwards-, el ritual del quirófano proporciona otro momento magnífico: el cese de la música clásica que acompaña a los médicos durante una intervención, acompañada por la comprobación de las pupilas del paciente.


Coma articula sus hilos ante el rampante corporativismo, las disposiciones administrativas y, naturalmente, el pánico a lo cotidiano: una intervención supone la “suspensión” de la conciencia, el (pasajero) dejar de ser. Como suele decirse, un suspense no acto para cardiacos, que además advierte de la “extirpación” de las emociones que conlleva la rutina; un riesgo con el que todo buen facultativo debe enfrentarse, antes o después.

En Coma, la profesionalidad se enfrenta a la insensibilidad administrativa de ese ente denominado Salud Pública. Para colmo, a Susan, el hecho de ser mujer la pone en una continua situación de auto superación; su físico ni siquiera es el de la escalofriante doctora Emerson, cancerbera del citado Instituto Jefferson (una espléndida Elizabeth Ashley), pero su fortaleza es finalmente gratificante, porque no se ve relegada a esa soledad inicial. Como curiosidad, entre el reparto, distinguimos a unos jóvenes Tom Selleck y Ed Harris.

Escrito por Javier C. Aguilera


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