Para el sábado noche (XXI): La Gorgona, de Terence Fisher

15 octubre, 2013

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Conjugar el relato mitológico con uno de misterio, situado ya en otra época, es sin duda una de las mejores ideas que pudo tener el guionista John Gilling, que junto con otros profesionales reconocidos de la Hammer, el realizador Terence Fisher, el músico James Bernard, el montador James Needs, el diseñador de producción Bernard Robinson y en esta ocasión, la fotografía de Michael Reed (que proporciona un rojo esplendente), aportaron uno de los mejores relatos fantásticos del género en particular y del cine en general. John Gilling abundaría en tan atractiva premisa con otras dos piezas muy disfrutables para la Hammer, dirigidas por él mismo, La maldición de los zombis (Plague of the zombies) y El reptil (The reptile), ambas de 1966. En cualquier caso, últimamente se especula acerca de que un tratamiento inicial corriera a cargo de un tal J. Llewellyn Devine.

Los bellos títulos de crédito de La Gorgona, o como fue también conocida en España, La leyenda de Vandorf (The Gorgon, Hammer Films para Columbia Pictures, 1964), se superponen a la magnífica imagen del Castillo Borski, sito en la imaginaria localidad de Vandorf. Nadie parece haberlo visitado desde hace lustros, sencillamente se descompone, muy lentamente… lo que ya induce a pensar en cierto respeto ancestral por parte de los lugareños.

Que Vandorf sea un lugar indefinido no quiere decir que sus habitantes sean también míticos. De hecho, los representantes de la ley son una pantomima de representación legal, y el populacho tampoco se muestra muy intelectual; solo aparece una vez, es en off y para arrojar piedras (piedras contra “piedra”). “Es un estado policial, no tienen por qué dar explicaciones”, aclara el doctor Namaroff (maravilloso Peter Cushing), comentario que sugiere que no es del pueblo, sino foráneo, y que explica que su actitud sea más bien la de un entomólogo.

Más aún, la cita, nada gratuita, al gran naturalista y filósofo Herbert Spencer, nos induce a reflexionar acerca de si la existencia de la Gorgona es, tal vez, producto de una vertiente paralela de la evolución natural, con sus propios rasgos hereditarios, que de alguna manera se nutre de los cuerpos de los humanos. En efecto, el asunto de la Gorgona Meguera es tratado como un caso de posesión, de “adueñación”, o si se prefiere, de continua reencarnación, más que de alienación.


Un país incierto. Unos crímenes sin aclarar. Y un bosque…

El doctor Namaroff no solo siente curiosidad científica, sino además unos celos muy “humanos”, lo que lo convierte en un personaje más complejo de lo que parece. El objeto de sus atenciones es Carla Hoffmann (Barbara Shelley), que a su vez se sentirá atraída por el joven Paul (Richard Pasco), familiar de dos de las víctimas de La Gorgona.

Esta rivalidad amorosa también queda reflejada mediante la puesta en escena de Terence Fisher, el enfrentamiento verbal de Namaroff con Carla tras la encuesta, es mostrado en plano general o medio, pero con el profesor Jules Heitz (Michael Goodliffe), el padre de Paul, este se traslada principalmente a un plano-contraplano: no hay posibilidad de “entendimiento” entre ambos personajes, aunque uno sí comprenda al otro mejor de lo que pretende.


Aunque pronto intuimos el por qué del encubrimiento del médico, esto no importa, ya que el suspense es creado a posteriori (como cuando conocemos desde el principio la identidad del asesino, pero desconocemos qué va a ocurrir después). Así, frente a la inoperancia (de puertas para afuera) de Namaroff, Paul recibe la ayuda del pragmático profesor Meister de Leipzig (Christopher Lee, en gustoso intercambio de roles con su colega).

La atracción del abismo a la que parecen abocados algunos de los personajes nos habla del eterno sentimiento amoroso y su (¿hipnótica?) atracción hacia el mal. Un mal no consciente de si mismo, al menos en su encarnación “humana”; es decir, que cuenta con los elementos de una tragedia.

La realización de Terence Fisher es espléndida. La profundidad de campo mediante la disposición de los actores en el plano, como si estos estuvieran realmente condenados a no poder permanecer juntos, “en un mismo plano”, es una de las señas de identidad del portentoso y significante estilo de Fisher.


Junto a estos, otros momentos brillantes, como el rostro de Meguera reflejado en el agua de un pilar, o ese dedo petrificado que se desprende del cuerpo de un cadáver pétreo (Namaroff ya miente sobre él durante la encuesta policial). De hecho, este terror es realmente… ¡contagioso! Literalmente petrifica.

Finalmente, seremos conscientes de que, una vez muerto el portador, o mejor, liberado, el espíritu de Meguera seguirá vagando por el bosque hasta cuando quiera, o necesite, reencarnarse de nuevo. Goce estético, visual y sonoro, La Gorgona de Terence Fisher es otra de las cimas del fantástico.

Escrito por Javier C. Aguilera


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