El tiempo en sus manos, de George Pal

13 octubre, 2013

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La curiosidad científica como motor de los mayores descubrimientos posibles no solo es realidad, sino también fruto de las aventuras que vive el protagonista de este film de ciencia ficción. H.G. Wells y su novela La máquina del tiempo nos permiten visionar esta adaptación de George Pal realizada en 1960. 

Ambos son nombres que nos son conocidos, al primero lo mencionó nuestro compañero Patomas con respecto a un film de temática similar, Los pasajeros del tiempo, mientras que el segundo tiene en su haber películas como Con destino a la Luna (Destination Moon, 1950) o La guerra de los mundos (War of the worlds, 1953), también muy relacionadas con la ciencia ficción y el cine fantástico.

Considerada una pieza de culto, la película llegó a España con el título El tiempo en sus manos, una curiosa elección frente a la traducción literal, por el que también es conocido, La máquina del tiempo (The Time Machine). 

El argumento nos sitúa en la vida de un científico inglés (interpretado por Rod Taylor) a finales del siglo XIX, un momento de optimismo para la ciencia, con el positivismo en auge antes de las guerras mundiales. Como decíamos, la consecuencia de su curiosidad le lleva a inventar una máquina del tiempo, que empleará para sacar sus ansias de conocimiento viajando hacia el futuro.

 
Nuestro protagonista, cuyo nombre es un homenaje al creador de la novela original, se enfrentará en este viaje a un mundo totalmente distinto al suyo. No solo se representarán los miedos a una guerra nuclear y radioactiva que había en la época, sino un viaje hacia un futuro adecuadamente lejano: 802.701. En este momento futuro, Wells observará cómo la lógica de su tiempo, aquella que se basaba en ciencia, historia y leyes ha desaparecido por un mundo más animal, entremezcla entre la brutalidad y la inocencia, o inconsciencia, más pueril. La representación de este punto aparece bien reflejada en una escena particular: cuando un libro se deshace en sus manos, como el fin de todo su mundo conocido y de su esperanza en el avance que él, en su tiempo, esperaba de la civilización.

Es más, la película nos muestra una civilización dividida entre un Edén inocente, pueril y falto de lógica adulta compuesto por los denominado eloi, y los fuertes, pero embrutecidos morloks, que parecen haber involucionado a nuestros antepasados primates. Los segundos dominan la raza humana en su degradación, llegando a ser, para desesperación de George, caníbales. El encuentro entre nuestro protagonista y los morloks es, quizás, la parte menos lograda del film, mientras que, por el contrario, su relación con Weena (Yvette Mimieux) es una de las partes más logradas.

Yvette Mimieux y Rod Taylor durante el film
Este personaje, perteneciente a los eloi, se interesará por el viajero en el tiempo y juntos mantendrán conversaciones donde se produzca el cruce de pensamientos desiguales, pero mismo sentimiento, la curiosidad. Solo Weena superará en esta cuestión a George, desconcertada ante los razonamientos del inglés, que van contra todo lo que ella ha conocido. El inventor, sin embargo, se descubre como un hombre más abierto a toda esta serie de cambios, incluso ilusionado y funcionando como la voz protagonista que nos desvela, como en otras historias de ciencia ficción, los verdaderos caracteres humanos. Es fácil adivinar cómo George queda prendido de toda esa inocencia y curiosidad.

Como en otras ocasiones, nadie cree al aventurero que regresa a su hogar tras una extraordinaria historia, mientras que él realmente ha cambiado y sabe que ya no pertenece a ese lugar, lo que conlleva un cierre lógico y redondo, dejando finalmente la cuestión en manos de su amigo David Filby (interpretado por Alan Young). La escena final lanza una pregunta al espectador y culmina con la frase que se escogió para titular la película en español, quizás en una elección adecuada dentro de un mundo tan desastroso: tiene todo el tiempo en sus manos.

En el centro, Rod Taylor, y a su izquierda, Alan Young en una escena del film
Finalmente, somos testigos del encanto de lo artesanal, en el buen sentido, que logran un film cinematográficamente digno. La fotografía de Paul C. Vogel y los efectos especiales, por los que consiguieron en Óscar, relucen dentro de las posibilidades que tenían. Escenas como el lucha con una cerilla y sus fogonazos en un plano en primera persona o el viaje en el tiempo visualizado a través de la evolución de la moda por un maniquí nos da buena muestra de lo que se puede lograr con buenas ideas, pese a los recursos más limitados. Sin olvidarnos de mencionar a Russell Garcia, compositor de una banda sonora muy efectiva, y efectivista, para el film.

George Pal montado en la máquina del tiempo (fotografía de Bob Burns)



1 comentario :

  1. Gran peli, no me canso de verla nunca.
    Sale la segunda parte en novela:
    http://ano802701.blogspot.com

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