Para el sábado noche (XIV): El increíble hombre menguante, de Jack Arnold

02 agosto, 2013

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El destino ha querido que la planificación de tres entradas (la última prevista para fin de mes y la primera publicada el pasado mes) dedicadas al realizador Jack Arnold, haya coincidido con el fallecimiento de Richard Matheson, el autor del libro en que se basa esta película, y de cuya adaptación se encargó personalmente. Matheson (1926-2013), al cual nos referimos de pasada al nombrar a varios de los prestigiosos guionistas que intervinieron y ayudaron a conformar la mítica Star Trek, fue un escritor extraordinario al que espero regresemos en futuras ocasiones.

Jack Arnold y Richard Matheson
La música de Joseph Gershenson nos introduce a la manera “noir” dentro del universo de El increíble hombre menguante (The incredible shrinking man, Universal, 1957). El relato parece cíclico, al comienzo de la cinta, Jack Arnold inserta un plano de la inmensidad del mar, que se contrapone al plano final del cosmos; dos mundos aún no del todo conocidos, y un universo que contiene al otro. 

Según relata la voz en off del protagonista, todo sucedió en un día “cualquiera” de verano. Ello apunta, desde el principio, a una de las claves más absorbentes de la película (y el libro), que está en cómo la cotidianidad puede transformarse en un espacio de inseguridad. De hecho, cuando la alteración se manifiesta en Scott Carey (Grant Williams), parecerá que se conjuren contra él todos los terrores: raramente tiene suerte en sus actos y cuando la tiene, es de nuevo por puro azar. Así, el que hasta entonces ha sido su hogar, se transforma en un medio hostil, en el que su vulnerabilidad (la vulnerabilidad de toda una especie), le coloca en un peligro constante al que debe enfrentarse con su mente, la única capacidad en él que parece no haber disminuido.

Así mismo, esa misma voz que puntúa el relato esporádicamente, nos habla de un personaje rumbo a lo desconocido, que aún no ha perdido la total esencia de sí mismo (si es que alguna vez sucede tal cosa en el mundo de lo microscópico). Lo que nos conduce a otra reflexión no menos perturbadora: qué nos impide pensar que formamos parte de otros universos contrapuestos. Y es que lo que la ciencia va corroborando, ya fue sugerido por los grandes autores de la ciencia ficción, al fin y al cabo, todos ellos escritores “humanistas”.


Por otra parte se plantea la cuestión de qué sucede cuando la ciencia no tiene respuesta. Evidentemente no la tiene para todo, aunque su negativa nos despoje de todo asidero emocional y ético. El ser humano necesita hallar la razón de todo porque para nuestra mente, el hombre sigue siendo medida de todas las cosas; la subversión de esta idea nos sumerge en la desazón (o la irracionalidad), o por el contrario, como acaba sucediéndole a Scott, proporciona una visión más lúcida y “verdadera” de las cosas.

Cuando la mutación se manifiesta, esta no afecta solo al entorno físico de Scott, sino también a su trabajo y sus relaciones (de matrimonio, aunque sea indirectamente: ella no le deja en sentido estricto); es decir, todo lo que le conforma como persona y le proporciona seguridad. No obstante, Scott sabrá sacar provecho de dicho entorno, si bien, en cuanto a su relación con la sociedad, esta acabará por darle la espalda, salvo para tratarlo como un fenómeno. Irónicamente, un chiquillo pregunta si ya han hecho una película acerca de él.


Otro de los aspectos a retener es el de la incorpórea casualidad. Esta hace que sea Scott quien permanece en la cubierta del velero mientras su esposa Louise (Randy Stuart), se introduce en el barco para algo tan aparentemente banal como es buscar una cerveza (la provisión de alimento acabará siendo un caballo de batalla para Scott).

Finalmente, no hay explicación para el fenómeno. No conocemos sus causas, lo que por otra parte nos evita una charla metafísica o cientifista: ese no es el objetivo de la obra; su objetivo es la representación visual del pánico y del desconcierto ante el acto más cotidiano; de tal modo que cualquier objeto representa un gran obstáculo (como unas escaleras), y cualquier movimiento requiere de un considerable esfuerzo. Son las acciones cotidianas a las que menos atención prestamos, las llamamos rutina. Pues bien, Scott Carey se dirige a un mundo en pos de una nueva rutina. Por desgracia para nosotros, no seremos participes de sus descubrimientos.


Las implicaciones éticas y físicas de El increíble hombre menguante se ven continuamente apoyadas por la labor técnica y la dirección de Arnold. Por ejemplo, mediante la construcción de decorados de gran tamaño o la superposición de imágenes, como sucede durante el conocido enfrentamiento de Scott con una araña. Por su parte, Jack Arnold emplea los fundidos en negro para señalar formalmente la transición de un estadio a otro, junto a otros recursos, como el efecto dramático por medio de la amplificación o disminución de los sonidos. Igualmente, huye del plano-contraplano, tratando de mostrar al matrimonio siempre junto, en un mismo plano, lo que a su vez le permite trabajar más la escala y la perspectiva. Hay una excepción significativa, se refiere a un original empleo del contracampo: cuando Scott está sentado en el sofá, no lo vemos hasta que el realizador nos proporciona el debido contraplano, aunque hayamos intuido que él está ahí

De igual modo destaca la puesta en imágenes de todo el segmento en que Scott establece relación con Clarice (April Kent), una enana; sin olvidar ese extraordinario momento (por terrorífico) en que se alude al anillo de boda de forma bastante (in)oportuna.

Metáfora de la desaparición y de la soledad (incluso cuando se está rodeado de gente, pues cuántos se acuerdan –y cómo- de uno, una vez se ha desaparecido), El increíble hombre menguante explora la idea de hasta qué punto existimos mientras somos “visualizados”. De hecho, el caso de Scott es más terrible aún: él está muerto para el mundo antes de estarlo realmente

La influencia de la obra de Matheson y Arnold es patente en la labor de otros cineastas posteriores como John Carpenter o David Cronenberg y su mutación de la “nueva carne”. El increíble hombre menguante es una de las grandes muestras del cine de ciencia ficción de los cincuenta -y hay muy disfrutables títulos-, lo que en realidad quiere decir que de todos los tiempos.

Escrito por Javier C. Aguilera


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