Para el sábado noche (XI): Educando a Rita, de Lewis Gilbert

29 junio, 2013

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Cuando Rita, que en realidad se llama Susan White, pisa la Universidad por vez primera, lo hace ocultándose bajo un alter ego, el citado nombre de Rita, con el que pretende demostrar su admiración por la escritora folletinesca de misterio Rita Mae Brown. Es decir, ya desde el comienzo es participe de una impostura, no se ve como ella misma. Así, su viaje iniciático hasta hallar a la verdadera Susan -ese viaje que realmente no acaba nunca-, estará trufado de altibajos y sinsabores, pero logrará apartarla de una miseria que iguala por defecto a todas las personalidades, permitiéndole al fin poder escoger por sí misma.


Educando a Rita (Educating Rita, distribuida por Columbia Pictures, 1983), es la traslación cinematográfica de una obra teatral estrenada tres años antes, llevada a cabo por su propio autor, Willy Russell, y dirigida por Lewis Gilbert, realizador británico al que se deben algunos de los títulos más solventes de la saga James Bond, como Solo se vive dos veces (You only live twice, 1967), La espía que me amó (The spy who loved me, 1977) y la divertida Moonraker (ídem, 1979), además de una buena muestra de “estrategia bélica”, Hundid el Bismarck (Sink the Bismarck, 1960), la desprejuiciada Alfie (ídem, 1966) y una sólida muestra de terror, Hechizados (Haunted, 1995).

Lewis Gilbert

Volvamos a la Facultad, donde el profesor Frank Bryant (Michael Caine) espera a una nueva alumna, matriculada por la universidad a distancia, “Rita” (Julie Walters, que ya formaba parte del elenco teatral), una joven peluquera que como ella misma comenta, “ya debería haber tenido un hijo” porque es lo que se espera de ella: la visión del estrato social de los suburbios de Dublín, ciudad en la que se desarrolla el relato, no es en absoluto complaciente (como ilustra el episodio de la boda de la hermana). Como tampoco lo es el retrato del abúlico Frank, personaje cuyo sarcasmo ya es mostrado desde el inicio, cuando al retirar un ejemplar de –precisamente- The lost weekend (Días sin huella) de Charles Jackson, muestra el lugar de la estantería en el que esconde la bebida.

Tras superar su inicial rechazo ante el reto que se le viene encima, Frank quedará cautivado por la sencillez de las preguntas y respuestas de Rita, alejadas de toda retórica pomposa, junto a su deseo de una educación que le permita poder elegir la vida que quiere llevar: ¡para ello siempre fue necesario conocer todas las posibilidades disponibles! Sabedora del futuro que le reserva el destino, según su condición social, Rita emprende el arduo y tortuoso camino del conocimiento para poder, como decíamos y como suele decirse, encontrarse a sí misma (razón por la cual no quiere atarse con un hijo de momento).

Rita pretende cambiar “por dentro”, y para ello participará del desanimo, de la satisfacción, del esfuerzo… e incluso de la pedantería que parece rozarse siempre que se alcanza cierto “nivel” (en el caso de Rita está justificada, su visión del mundo se ha ampliado considerablemente en un corto espacio de tiempo).


El otro vértice del relato es Frank, para el que la instrucción de Rita supone todo un desafío, habida cuenta de que es un hombre que ha perdido todo interés por la enseñanza y que, además, observa, sin hacer mucho por evitarlo, como la persona con la que parece haber hallado cierta estabilidad, se entiende con otro colega. Así, el periplo de la joven peluquera será el de ambos, el del docente que descubrirá que nunca es tarde para aprender, y el de la alumna, convertida en una esponja que ansía conocimientos, por traumático que le resulte el proceso. Entre los muchos momentos magníficos que contiene Educando a Rita, destacamos aquel en que la alegría ante lo experimentado y la necesidad que siente la estudiante de compartirlo, la hace acudir en busca de su tutor.

En este sentido, y más gráficamente, cuando Rita se observa en el espejo de casa, no se reconoce, no tanto por el cambio de vestuario (ha de acudir a una reunión y no sabe qué vestido ponerse), como por estar transformándose ya en otra persona. Más tarde, en un pub, también se verá reflejada en la infelicidad de su madre (en opuesta sintonía con la alegre y bulliciosa canción que resuena por el local). Se trata de un momento en el que Rita experimenta la soledad, la sensación de no pertenecer a ningún mundo, ni del que procedía ni, todavía, el que desea alcanzar; se halla descolocada, en tierra de nadie.

Finalmente, su dependencia de Frank dará paso a una completa integración, siempre egoísta, con el resto de alumnos, sus compañeros de curso naturales.


En Educando a Rita subyace, diríamos que entre líneas, y por medio de la espléndida interpretación de los actores principales, otra más que interesante cuestión: la de si la literatura puede servir, y hasta qué punto, como sustituto de las relaciones personales, la mayoría de ellas frustradas; o si estas determinan tiránicamente la adecuada adquisición de una cultura; es decir, si solo se trata de otra canción que cantar, como recuerda Frank en cierto momento.

Todo parece indicar que la infelicidad de la persona persistirá, si no existe cierto orden en el ámbito privado, como Rita, ya convertida en Susan, descubre cuando su nueva compañera de piso, Trish (Maureen Lipman), le hace ver que los conocimientos, en un sentido amplio y pese a todo, aún siendo muy necesarios, no son suficientes para poder ser feliz: siguen pesando los vínculos creados. De hecho, tal vez no puedan subsistir los unos sin los otros.

Escrito por Javier C. Aguilera





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