Clásicos Inolvidables (XXIX): Mariana Pineda, de Federico García Lorca

05 junio, 2013

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Regresamos a nuestras butacas en el teatro para disfrutar en esta ocasión de una obra de Federico García Lorca (1898-1936). Viajamos a los años veinte del pasado siglo, donde se está gestando la generación literaria más influyente del siglo XX en España. En este contexto, encontramos a una de sus figuras clave, Lorca, a medias entre la poesía y el teatro. Este último resulta ser la única forma de conseguir dinero en el mundo artístico, precisamente autores como Rafael Alberti (1902-1999) o Miguel Hernández (1910-1942), que triunfan con su poesía, necesitan éxitos teatrales para sostenerse económicamente.

Sin embargo, ese triunfo depende del público, lo que había dirigido al teatro a convertirse en un género fácil, que ni innovaba ni pretendía hacerlo. El teatro que sí lo hacía, que tenía gran éxito literario, no se representaba, no suponía una revolución en la escena. Lorca se halla ante esta tesitura e intenta marcar un tercer camino en su teatro de madurez, con obras que tengan fines artísticos pero que sean fácilmente aceptables por el público. Esta idea marcará su producción teatral, siguiendo la línea de la recuperación de las tradiciones, cuestión que realiza con las obras para marionetas, y el teatro histórico, que tuvo su auge gracias al Modernismo. En este segundo género será en el que encontremos la producción de Mariana Pineda (1927).

Federico García Lorca
Después del rotundo fracaso que supuso El maleficio de la mariposa en 1920, obra aún de su formación juvenil, y a la par que sus obras para marionetas, en la estela de la farsa promovida principalmente por Valle-Inclán, Federico García Lorca comenzaría a preparar una nueva obra en 1923. Es también el momento en el que se está gestando su famoso Romancero gitano (1928) tras un acercamiento al mundo popular, que pretendería elaborar artísticamente a través de estos romances de mitología andaluza.

Sin embargo, tanto una como otra no se darán a conocer hasta más tarde, cuando Lorca ya mostraba otros intereses que lo acercarían a formas más vanguardistas con títulos teatrales como El público (1930), Así que pasen cinco años (1931) o su obra poética vanguardista más relevante Poeta en Nueva York (1930); podemos observar con estos ejemplos que ambos géneros, la poesía y el teatro, sufrieron un camino paralelo en las distintas etapas del autor granadino. El estreno de Mariana Pineda se produciría finalmente en 1927, con decorados realizados por Salvador Dalí (1904-1989) y la interpretación de la actriz de la época, Margarita Xirgu.

Así pues, se adentrará en el teatro histórico que los modernistas habían elaborado, pero con la idea determinante de alejarse de toda alabanza hacia el carácter imperial español y centrarse en una defensa de la tradición liberal española. Por este motivo, acabará acercándose al personaje histórico de Mariana Pineda (1804-1831), una mujer granadina que había sido ejecutada por sus ideas liberales durante la represión ejercida por el absolutismo de Fernando VII (1784-1833).

Sin embargo, el personaje literario que elabora Lorca es muy diferente al personaje histórico y sus circunstancias, pues el autor proyecta en ella una interpretación similar a la establecida en su mundo poético: una elaboración racional y abstracta de los sentimientos para proporcionarles un valor universal. Para llevarlo a cabo, elimina el contenido político más relevante para convertirla en una mujer atada a su pasión desmedida. La cuestión histórico y política será solo un marco donde encuadrar esta historia íntima sobre los sentimientos amorosos de una Julieta sin Romeo, como se referirá Lorca a su personaje en una carta de 1923.

Portada de la edición de Cátedra (fotografía de LJ)
La obra comenzará y se cerrará con un romance popular sobre Mariana Pineda que informa al espectador de lo que sucederá en escena, por lo que a partir de ese momento lo importante de la obra no será su desenlace, sino las causas expuestas por el poeta a través de sus mecanismos. Además, el romance sitúa esta historia al nivel del mito, nivel que será alcanzado por la protagonista en las últimas escenas, dejando de ser una mujer de carne y hueso. Mariana Pineda se desarrolla en tres estampas, la primera comienza en la casa de la protagonista, donde llega la noticia de que Sotomayor, su amado, ha logrado huir de la cárcel gracias a una artimaña procurado por ella.

Mariana Pineda (ed. Cátedra, fotografía de LJ)
La inquietud aparecerá a partir de este momento y se irá acrecentando con la visita de Sotomayor y sus compañeros liberales en la segunda estampa y, finalmente, el presidio de Mariana a manos de Pedrosa, con la firme intención de no delatar a su amado. Esa tensión es marcada por la excelente imagen de unos ojos que miran a través del cristal el interior de la casa.

Para comprender la fuerza de esta imagen, debemos tener en cuenta la separación entre lo privado y lo público a la que ya nos referimos con El sí de las niñas (1806) y el periodo ilustrado, precisamente el momento en el que el teatro se convirtió en una representación público de la vida privada. Esta cuestión marca todo el teatro de los siglos XVIII y XIX e influye aún en la creación de obras como La malquerida (1913), de Benavente. En este equilibrio entre lo privado y lo público, la mujer es una figura propia de los sentimientos, de la naturaleza, en definitiva, del ámbito privado, por lo que Mariana está incumpliendo ese papel al intentar introducirse en asuntos públicos, aunque, según configura Lorca a su personaje, se mueve realmente por sus pasiones.

Una de las imágenes típicas en este juego de ámbitos era el cristal, a través del que lo privado observaba a lo público, en esta ocasión sucede lo contrario, pues la protagonista siente que la casa está siendo observada a través de esas ventanas que dan al exterior. Bajo este pensamiento, el personaje sabe que está condenada, pues pese a las advertencias de su madre o las posibilidades que le brinda Fernando, un hombre que la ama, de una vida tranquila y habitual, su pasión por Sotomayor la impulsa a adentrarse en asuntos públicos que la alejan de sus obligaciones privadas, como el cuidado de sus hijos.

Margarita Xirgu interpretando la obra (archivo de Germans Xirgu, en web)
Como hemos destacado antes, este argumento era propicio a convertirse en una reflexión política, pero Lorca tuvo un claro empelo por alejar toda imagen política de esta figura otorgándole el papel de una mujer apasionada y enloquecida por ese amor. El autor desvirtualiza así el carácter real del personaje histórico, ofreciendo el amor como causa de su fin y no su conciencia política. Esta determinación de Lorca se debe no sólo a su interés por crear un personaje femenino de estas características, sino también al profundo descrédito que la política sufría en la época, que provocaba que la mayoría de artistas de la época se alejara de ese mundo, al menos hasta que se estableció la II República.

No obstante, lo mejor del personaje central de la obra no es su locura amorosa, sino el cambio de circunstancias finales, cuando es traicionada por los liberales que han huido y, en lugar de ser presa de sus sentimientos, de su ira, retoma la conciencia para dominar sus impulsos y toma la decisión de ser ajusticiada de forma completamente injusta. Es el giro de una mujer que decide convertirse en la metáfora de la libertad, convertirse en el bien más preciado de su amado, y en un monólogo final despliega toda una fuerza que cierra el telón ante una escena de características míticas, concluyendo con el romance con que esta historia había comenzado.

Cita de Mariana Pineda (fotografía de LJ)
Mariana Pineda sitúa a su protagonista en ese eje de lo público y lo privado, convirtiéndola en una mujer que, siendo destinada por la sociedad a ocupar un puesto, se rebela contra ese sistema por sus pasiones, pero tomando finalmente conciencia de que se habrá de convertir en símbolo de la libertad. Precisamente, y aunque se le podría acusar de no ocuparse de sus hijos, realiza una reflexión sobre ellos donde confirma su carácter público: sería peor ser considera una traidora en vida que un orgullo para sus hijos estando muerta. Una mujer débil que se torna fuerte ante la muerte.

Un tema romántico que Lorca produce de forma deshumanizada, a través de cristales muy fríos, como observó Francisco Ayala (1906-2009) en su reseña del estreno de la obra. Mariana Pineda fue ejecutada el 26 de mayo de 1831, sesenta y siete años y diez días después nacería Lorca, el 5 de junio de 1898, el autor que plasmó su historia en letras de dorado romanticismo deshumanizado para ser representada ante todo el mundo, haciendo eternos a su protagonista y a su autor.

Escrito por Luis J. del Castillo



2 comentarios :

  1. Gracias, esto me ayudara en mí proyecto de clase.

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    1. De nada ;) Esperamos que te sea útil, aunque recuerda mencionarnos como bibliografía :)

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