Clásicos Inolvidables (XXVII): Historia de una escalera, de A. Buero Vallejo

26 mayo, 2013

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Nos situamos a finales de la década de los cuarenta en la España de la dictadura franquista, tras momentos de profunda miseria y represión, para adentrarnos en un género, el teatro, que siempre se ha visto obligado a las circunstancias de la situación social de una forma más acusada que la lírica o la narrativa. En las salas se siguen estrenando obras de maestros del pasado, como Jacinto Benavente (1866-1954, Nobel en 1922), que ya había triunfado a principios de siglo con obras como Los intereses creados (1907) o La malquerida (1913), además de seguidores de la corriente benaventista, con la comedia burguesa, que producían obras bajo la ideología franquista, como Ignacio Luca de Tena (1897-1975). Junto a esta corriente, corría paralela otra forma de hacer teatro buscando la evasión, tocando temas desde el humor, crítico, como el de Miguel Mihura (1905-1977) o no, como el caso de Jardiel Poncela (1901-1952), que ha pervivido mejor en el tiempo, o bien el teatro desde el exilio, que no llegaba a España, ya fuera tan poético como el de Alejandro Casona (1903-1965) o más comprometido políticamente como el de Max Aub (1903-1972).

Antonio Buero Vallejo
En medio de estos movimientos teatrales internos del país, surge Historia de una escalera, el acontecimiento teatral de la época, obra que afronta la realidad española y las dificultades a la que se enfrentaba la sociedad en esos años. Antonio Buero Vallejo (1916-2000) se situó en primera línea de la evolución literaria en el país, regresando a la literatura tras haberse dedicado a dibujar durante los años anteriores. Esta obra, estrenada en 1949, supuso una revolución que fue admirada por los intelectuales de la época, aunque con los años superaría este estreno con su otra gran obra maestra, El tragaluz (1967). Sin embargo, aunque su trayectoria es superior a este estreno, debemos apreciar el arte literario que desplegó en Historia de una escalera y la importancia que supuso como aldabonazo para el realismo social que sacudió el teatro de los años cincuenta.

La obra se distribuye en tres etapas, haciendo un recorrido por treinta años de historia de un edificio modesto donde habitan familias de clase baja. A través de las puertas de las casas, los rellanos o casinillos y la escalera se irán descubriendo las vidas de los habitantes de este lugar, con el mudo testigo de los escalones que tanto tiempo han ido subiendo o bajando.

Dividido en tres actos, el primero se puede situar alrededor de 1919, el segundo diez años después y finalizando en los años cuarenta. Aunque hay una historia principal, la obra recoge la tradición del sainete, con un conjunto coral que sirve para reflejar a las clases bajas y la situación del país, pero evitando el chiste o las caricaturas de estos personajes populares.

De esta forma, la introducción del primer acto nos sitúa ante la problemática económica, con el elevado coste de la electricidad (cuestión que aún sigue vigente, por cierto), el segundo acto con la reflexión alrededor de la muerte y el paso del tiempo, y un tercer acto con el desprecio hacia las clases bajas de una sociedad nueva, el problema generacional e interclasista. Buero experimenta a través de sus personajes, otorgándonos un análisis realista de los mismos. Así pues, nos fijaremos en los que podemos considerar como personajes principales: Fernando y Urbano.

El primero es un joven apuesto que atrae las miradas de todas las chicas del vecindario, de carácter soñador, pero poco trabajador. Anhela un ascenso social en solitario, forjando para ello una serie de proyectos que no será capaz de llevar a cabo. Su ilusión es casarse con la mujer que ama, Carmina, y cumplir esos sueños, aunque se traicionará por alcanzar sus objetivos dejando de lado sus sentimientos.

Frente a él, Urbano, que se erige como su amigo desde el inicio, presenta un carácter más realista, unido al papel de los sindicatos, basando su ascenso social en la solidaridad. Sin embargo, es incapaz de realizar también sus propósitos, más dado a las amenazas y a las palabras que a la acción real. Ambos, aunque compañeros y amigos en un principio, tendrán una relación tensa que se intensificará después de sus matrimonios. Realmente, la traición que ambos ofrecen a sus sentimientos, junto al carácter que ambos imprimen en sus actos, marca su futuro, el que vemos culminando en el tercer acto.

Al otro lado, tenemos a Carmina y Elvira, una que caracteriza todos los valores positivos y que también se traicionará, sufriendo por ello, mientras que la otra conlleva consigo todos los rasgos negativos, presentada com una chica malcriada y caprichosa, que será infeliz precisamente por obtener lo que desea. Fernando y Carmina se habían prometido una vida juntos, pero como la leche derramada en el primer acto, estas promesas se disuelven, cayendo por los escalones del escenario. Al final, en el tercer acto, queda la nostalgia en forma de unos hijos que dejan la puerta abierta al futuro, aunque las presiones familiares, cual Montesco y Capuleto, recaigan sobre ellos, así como las miradas cruzadas y nostálgicas de sus padres.

Adaptación teatral con Asunción Sancho, Gabriel Llopart y Elena Salvador
Buero Vallejo deja al final la puerta abierta al optimismo o al pesimismo, a elección del espectador, en quien recae la responsabilidad de asumir esa respuesta dentro de la "apertura trágica" del teatro del guadalajareño. Por otra parte, la escalera es un lugar donde subir o bajar y todos los personajes tienen aspiraciones elevadas, aspiraciones que no se cumplirán, siguiendo estando atados a esa casa, a esa escalera, que los sitúa en la estabilidad del fracaso. No perdamos, sin embargo, la esperanza, pues realmente la tragedia que observamos en Historia de una escalera es fruto de las decisiones equivocadas de sus personajes, por lo que el espectador queda invitado a tomar conciencia de su propia vida y de sus decisiones, para no acabar mirando al pasado y saber que, finalmente, se han perdido los años subiendo y bajando a la misma escalera de sueños incumplidos.

Escrito por Luis J. del Castillo


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