Sodoma y Gomorra, de Robert Aldrich

28 marzo, 2013

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Dentro de la filmografía del gran Robert Aldrich, Sodoma y Gomorra (Twentieth Century Fox, 1962) ha sido considerada una rara avis, cuando ha sido considerada. Perteneciente en principio a la moda del péplum, vertiente bíblica, pronto topó con la incomprensión de los de siempre.

Las razones, que se apartaba de los mejores logros del autor, de su personalidad y estilo, lo cual es falso, además de por el menosprecio que cosechaba entonces un género de notable éxito popular. Vista hoy, Sodoma y Gomorra no pretende ser la mejor película jamás filmada por Aldrich, pero se erige en una muy buena película que, por fortuna, algún que otro crítico más desprejuiciado sí ha sabido valorar.

Estamos ante una producción italiana, francesa y americana, como solía ser costumbre, pero el resultado es uniforme. El reto no era poco arriesgado: narrar (con las licencias oportunas) el truculento relato bíblico de las “disolutas” Sodoma y Gomorra, recogido en el Libro del Génesis (18 y 19). Todo esto, con una relativa moderación (o castidad), que solo lo es en apariencia.

Miklós Rózsa
De hecho, toda la morbidez y perversión se halla presente en los diálogos y la puesta en escena de Aldrich, tan elegante como dinámica, tal y como reclamaba la narración (con sus recurrentes y pertinentes elipsis).

Por ejemplo, cuando advertimos el gesto de complacencia de Bera (inolvidable Anouk Aimée como reina lasciva), ante la voluptuosa y exótica bailarina que le presentan. Expresión que vale más que cualquier otra imagen mucho más gráfica (en otro momento la tomará de la mano dispuesta a ir al lecho).

Al equipo artístico hay que sumar la bellísima partitura de Miklós Rózsa (una buena edición es la de Digitmovies, 2007), autor de las reconocidas Quo Vadis (Marvin LeRoy, 1951), de la que hablaremos en último lugar; Ben-Hur (William Wyler, 1959) o El Cid (Anthony Mann, 1961), por no salirnos del estilo.

La historia da comienzo cuando parte de la tribu de Abraham, que quedó dividida y estaba comandada por Lot, llega hasta el valle del Jordán. La interpretación de Lot a cargo de Stewart Granger confiere al personaje porte y dignidad, incluso en los momentos delicados de tan espinosa historia; por ejemplo, cuando mira de reojo a la esclava, Ildith (Pier Angeli), personaje fascinante y trágico, que se debatirá entre el amor y la compresión hacia su futuro esposo, y la imposibilidad de “creer”, pues esto va en contra de todos los principios sobre los que se ha formado y “educado”.


Muchos de los mejores momentos de la cinta tienen lugar entre Lot e Ildith. Por ejemplo, cuando ella responde, más que pregunta: ¿no te basta saber que creo en ti?, cuando él insiste en que abrace su religión. En otra ocasión, le recrimina diciendo que se muestra más esclavo de sus principios que cualquier esclavo de Sodoma, como les ocurre a muchos líderes del pasado y el presente (incluyendo a los de aquellas religiones que no parecen permitir asomo de autocrítica). Es un momento brillante que introduce otra interesante idea, la de hasta qué punto la belleza natural está reñida -o es reflejo- de las llamadas bondades interiores. 

Lot es personaje de una pieza, bien definido; como él mismo recuerda: tengo mis obligaciones, pero soy un hombre como los demás. No le importa la vida que Ildith haya llevado antes (aunque en un acto de crueldad, la reina Bera se la recuerde durante la celebración de un banquete-orgía: su intención es ganarlo para su causa, una sucesión de disfrutes sin obligaciones), lo cual es de por sí un acto de verdadero amor.

Ello asemeja a Lot, muy a su pesar, con la reina, en el sentido de que esta no engaña a nadie, es tan sincera (en el sentido más torcido), como pueda serlo Lot, aunque actúe sin remordimiento. De hecho, con anterioridad, ella le ha instado a hablar después de quitarnos las máscaras. Las máscaras que imponen las formas.

En cuanto al conflicto moral en sí, la propuesta de Aldrich resulta lógica: más que estar ante un asunto de carácter sexual (estamos ya en los sesenta), se trata de un problema cuyo trasfondo es la corrupción, tanto a un nivel moral como crematístico.


¿Por qué moral pero no sexual? Porque esta tiene más que ver, según nos es dicho y mostrado, con el placer de la contemplación de la muerte, con el poder con mayúsculas. Se trata del goce ante el privilegio de matar, con lo que la perversión es aún más siniestra (sutilmente, la reina le da la vuelta: para unos es un acto en sí, para otros, válido solo si se hace en nombre de un dios: ambos pueblos quedan igualados). Y es el pueblo elegido el que se siente final y trágicamente seducido.

Los máximos representantes de dicho poder son los propios hermanos monarcas, Bera y el réprobo Astaroth (Stanley Baker), el cual no puede sufrir que se haya llegado a un acuerdo con los hebreos, intrigando por su cuenta con los elamitas, con el fin de acabar con su propia hermana, con la que en otro momento centelleante del diálogo, se llega a insinuar una pasada relación.


La película es pródiga en momentos devastadores, como aquel en que Lot se da cuenta por vez primera de que ha perdido a su pueblo irremediablemente. O la seducción de la hija de Lot, Shuah (Rossana Podestá) por parte del pérfido Astaroth.

Robert Aldrich en el rodaje, con Stewart Granger
O el enfrentamiento del pueblo hebreo, aún unido, con los elamitas, en pleno desierto. Un desierto de aspecto terroso, tan calcinado como la piedad de los lugareños, y que además, alberga en sus entrañas un desolado cementerio de esclavos. También merece la pena recordar la irónica muerte del ejército elamita, ¡ahogado en pleno desierto!

Como curiosidad, destacar que entre el reparto reencontramos a Feodor Chaliapin Jr. (bajo los rasgos del profeta Alabias), hijo del mítico don Quijote en la extraordinaria versión de Pabst, y al que se recuerda sobre todo por la posterior El nombre de la rosa (Jean-Jacques Annaud, 1986).

Sodoma y Gomorra logra aunar el espectáculo de rigor que se exigía a este tipo de producciones con una trama bien urdida y atrayente, constituyendo una pieza más interesante de lo que se suele recordar, mucho más.

 Escrito por Javier C. Aguilera

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