Quo vadis, de Mervyn LeRoy

31 marzo, 2013

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Dentro de este apartado que venimos dedicando a la epopeya histórica (aquellas películas con Overture, entr’acte y exit music, que si se me permite la gracia seguiremos completando en futuras ocasiones, Dios mediante), tiene su lugar en la historia Quo Vadis (MGM, 1951) de Mervyn LeRoy.

En esta ocasión estamos ante la puesta de largo de la extraordinaria novela del polaco Henryk Sienkiewicz, publicada en 1895 (Anaya Tus Libros, 1985), y que me temo que ya pocos lean (al fin y al cabo se trata solo de un premio Nobel y no del escritor de moda).


Quo Vadis se edificó con la labor de grades profesionales, como el director de fotografía Robert Surtees, la edición (magnífica) de Ralph Winters, el diseñador de efectos Peter Ellenshaw, la música de Miklós Rózsa, además de una dirección con un ritmo envidiable: LeRoy siempre está mostrando a través de la puesta en escena o el diálogo. Y en esta ocasión, el realizador de Little Caesar (Hampa dorada, 1931), nos muestra a otro César, Nerón, personaje nada grato pero admirablemente encarando por el británico Peter Ustinov (certificando una magnífica labor de casting).

Es el 64 de nuestra era y el legado Marco Vinicio (Robert Taylor), acompañado de su amigo el tribuno Fabio Nerva (Norman Wooland), regresa a Roma tras tres años de ausencia, combatiendo en tierras de Britania y las Galias. La imagen de Roma al fondo, desde la colina donde aguardan, es muy evocadora, y los planos generales que muestran la ciudad en plena recepción jubilosa, sencillamente espectaculares.


Hablábamos de Nerón. Se trata de un carácter psicótico e inestable al que se acusa del asesinato de su propia madre y de su esposa, si bien ahora está acompañado (contenido hasta cierto punto) por la no menos arribista Popea (estupenda presencia de Patricia Laffan), y rodeado por toda una cohorte de aduladores, como precisa todo buen ególatra. La excepción es Petronio (Leo Genn), tío de Vinicio, que responde a las necesidades del narcisista con agudas y acertadas réplicas (Séneca parece hallarse entre dos aguas).

El personaje y su interpretación resultan fascinantes, Nerón sufre el mal tan común del halago hasta extremos enfermizos. Es un hastiado desequilibrado con ínfulas de artista cuya obsesión por el paso a la posteridad propone una muy interesante lectura: no siempre se accede a la Historia como se pretende. Curiosamente, cuando encuentra en los cristianos la cabeza de turco que le saque del atolladero del incendio, Petronio le advierte que de ese modo asegura la inmortalidad de los mismos (la respuesta de Nerón tampoco tiene desperdicio).


Quo Vadis refleja todo un mundo a través de los detalles: en el vestir, en los objetos (como el instrumento curvo que eliminaba los aceites perfumados durante el baño: los romanos carecían de jabón), en la representación del crisol moral de toda una civilización. Un buen detalle lo hallamos cuando se asegura que Roma (refiriéndose a todo el imperio) está a salvo mientras haya dinero para pagar al ejército: en efecto, a la larga, la debilidad de esta fuerza supondrá el agónico fin de un imperio casi inabarcable; eso y el no haber sabido asimilarse con los nuevos ciudadanos bárbaros (extranjeros).

Pero indudablemente, es el ejército el que proclamaba a un emperador, cuando esta era se inició con Octaviano (Augusto, sobrino de Julio César). A su vez, el pueblo llano, sobre todo tras el devastador y espectacular incendio, comenzará a notar la mancha en la justicia romana que supone la tiranía de un solo hombre en el gobierno. Al fin y al cabo, su legislación fue el elemento más importante legado al mundo.


Una legislación que Nerón ha sumido en la corrupción, más preocupado en hallar un buen lugar donde ubicar su domus aurea. Hoy sabemos que este César no fue el responsable del fuego, pero sí que aprovechó el hecho para acusar a los cristianos, y así matar dos pájaros de un tiro, iniciando una terrible persecución. Y no importa la licencia en este caso, porque introduce otra idea brillante: Nerón siente la necesidad, como un alocado artista posmoderno, de experimentar antes todo aquello que deba ser plasmado sobre papel y “legado a la posteridad”. Irónicamente, la idea se la proporciona Petronio, aunque con fines muy distintos.

Petronio es realmente el personaje trágico del relato, teme haberse convertido solo en un cínico espectador de los acontecimientos, y observa como todo el mundo que conocía (por ejemplo la independencia de la justicia), se ha derrumbado. Nunca me será posible amar a mis semejantes, dirá en cierta ocasión. Como imagen final, el báculo que Pedro dejó ¿abandonado? en la vía Apia, será el esperanzado símbolo contra toda persecución por causa de las ideas (la muerte de inocentes no debe ser justificada solo cuando convenga a nuestra ideología, lo que sucede más de lo que parece).


Por otra parte, el legado Vinicio se encapricha con la hija adoptada del retirado general Plautio (Felix Aylmer), llamada Lygia (Deborah Kerr), y no cejará en emplear toda su influencia, que no es poca, para tratar de conquistarla. De nuevo la atracción física como motor. Cuando ella aspira a otro tipo de “cortejo amoroso”, el romano no comprende de qué tiene miedo, ya que debería sentirse halagada y satisfecha con su suerte. Pero ocurre que la mujer es una nueva cristiana. Como el sentimiento se hace profundo, Vinicio se sacrificará más por el amor que siente hacia ella que por un dios al que apenas comprende: demuestra una gran empatía debido a lo injusto de la persecución, pese a que no se explica que un dios que se pretende “poderoso” no intervenga sobre la tierra evitando tal injusticia.

Se trata de una relación que tiene su correlato, digamos profano, en el amor que siente la esclava Eunice (Marina Berti) por Petronio. En un brillante ejemplo de dirección, Lygia abraza a Marco cuando su expresión cambia al observar algo al frente. No es necesario el contraplano porque ya se nos ha mostrado antes de qué se trata: la cruz colgada en la pared.

Vinicio es el perfecto ejemplo de militar romano: culto (lee griego), moderadamente refinado, implacable soldado, con esclavos a su servicio; una mezcla que siempre debe ser entendida dentro de su contexto. En un principio, Lygia se acerca a él en su condición de “máximo representante de Roma”, para atraerlo a su causa, con la aquiescencia de Pablo de Tarso (Abraham Sofaer). La impostura de ambos (interés religioso y deseo sexual), acabará dando paso a un amor sincero, en el que, en principio, Vinicio se mostrará dispuesto a aceptar ese nuevo dios, como una “divinidad más” del repertorio.

Finlay Currie como Pedro
Las villas romanas, las termas, los refugios subterráneos, las fanfarrias… La extraordinaria y ágil prosa de Sienkiwicz encontró perfecto acomodo en una industria que desplegó lo mejor de sí misma, para confeccionar ese pedazo de historia que es Quo Vadis.

 Escrito por Javier C. Aguilera


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