Cromwell, de Ken Hughes

05 marzo, 2013

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Casi asusta comprobar como existen obras en la literatura, la pintura, el teatro o el cine (añádase lo que se quiera) que son de absoluta actualidad. Lo es un escrito de Galdós o Unamuno, la séptima sinfonía de Beethoven o la película que nos ocupa. Y a pesar de la relativa atención que suscitan los citados clásicos (con todas las excepciones que se quieran, el olvido es más que evidente en un momento donde todo resulta tan confuso como apresurado), lo cierto es que “ellos” tratan de transmitirnos un mensaje: el de evitar que tropecemos dos veces con la misma piedra.

Pero la naturaleza del ser humano es la que es, lo mismo hoy que en la Gran Bretaña del siglo XVI, en la que un labrador puritano, Oliver Cromwell (1599-1658) logró alcanzar el gobierno de Inglaterra, Escocia e Irlanda (el título era el de Lord Protector), desde 1653 hasta que falleció, según parece a causa de la malaria.

La película del mismo nombre dirigida por Ken Hughes (Columbia Pictures, 1970), nos recuerda esta porción de la historia, en la que el otro personaje del drama, más que antagonista, fue el rey Carlos I de Inglaterra, casado con una católica, Enriqueta María de Francia, lo que no le impidió batallar contra la misma Francia y España, o disolver y convocar el Parlamento según anduviera escaso de fondos.

Y aunque el film concluya con la, a su pesar, toma del poder por parte de Cromwell, lo que sucedió después de su elección podemos imaginarlo. Al fin y al cabo, también él fue un hombre, con sus aciertos y contradicciones. Ambas vertientes quedan bien ilustradas en la película, desde las justas motivaciones de Cromwell hasta la injusta resolución del juicio celebrado contra el rey (enero de 1649). Casi se diría que los dos caracteres son intercambiables, como las caras de una moneda.


El choque entre Cromwell y el monarca, un conflicto tanto de clase como religioso, llevó a los británicos a una guerra civil (sí, la tuvieron, aunque solo nos acordemos de otra). Hughes no la escamotea, si bien su visualización es casi intimista (el punto de vista del rey y el de Cromwell), como “de cámara”. No en vano, en un principio, ambos contendientes están formados por unas milicias poco más que improvisadas.

Finalmente, en la batalla de Naseby, y ya con el grado de teniente coronel, Cromwell se enfrenta y vence al ejército del rey. Pero como digo, el realizador focaliza el relato sobre la pugna moral y política, de tal modo que, por paradójico que pueda parecer, los personajes de la película están acendrados, libres de una excesiva retórica (principalmente religiosa, católica y protestante, que sí inflama los escritos de ambos), para así lograr concentrarse en los aspectos más relevantes del conflicto. Todo se muestra condensado, de tal modo que las dudas se proyectan sobre nuestro presente histórico.


Por su parte, Cromwell se nos presenta como un lúcido parlamentario con una habilidad instintiva para liderar. Y el monarca como un (in)consciente representante de su estatus, al que no se perdonará, en última instancia, su acercamiento a los católicos para alimentar una guerra civil entre británicos. En tan brillante resultado cinematográfico tiene mucho que ver tanto el inteligente guión del propio Ken Hughes, que condensa magníficamente el conflicto, como las soberbias interpretaciones de Richard Harris y Alec Guinness en los principales roles.

Hughes no fue muy pródigo a la hora de ponerse tras las cámaras, pero se le recuerda con afecto por esta gran película, por Chitty Chitty Bang Bang (1968), basada a su vez en el relato de Ian Fleming, creador de James Bond; y sobre todo por la magistral Nueva moda en el crimen (The Internecine Project, 1974).


Son grandes relatos que nos siguen conmoviendo porque en definitiva tratan del tema universal del Hombre. Da igual el tiempo que haya transcurrido o los adelantos (?) técnicos con que se adorne. Siempre será, en esencia, el mismo. Es por ello que, los referidos autores clásicos nos siguen “hablando”. En este caso, de la “restauración” de unos mecanismos que permitan la libertad de un pueblo frente a la opresión. Como muchas buenas ideas, bella en su concepción, que no en su ejecución -perdón por el chiste- práctica.

Por otro lado, la Historia y los que se afanan en escribirla, que con frecuencia no son los que pasan a ella, al menos positivamente, se empeñaron en comparar la figura de Cromwell con otras menos felices del siglo XX, pero sus motivaciones –resultados al margen- y el periodo histórico que le tocó vivir, no hacen sino alejarlo de estas. Su celo religioso es fundamental para comprender sus actos y al fin, su propia vida.


Desconozco hasta qué punto se desechó material durante la fase del montaje (más que con vistas a una duración estándar, la cinta prefirió incidir en los aspectos fundamentales de ambos personajes, como comentaba), ya que los actores de apoyo aparecen fugazmente. No obstante, también ellos merecen ser recordados: Patrick Wymark (que falleció demasiado pronto), Robert Morley (inolvidable siempre, y al que rescataremos en la siguiente entrada de Sherlock Holmes), Frank Finlay (exactamente lo mismo, y antes de convertirse en un inolvidable Porthos), Patrick Magee (antes de sus trabajos para Kubrick), Charles Grey (después de Terence Fisher y antes de James Bond), Timothy Dalton (también antes de James Bond) o Nigel Stock (al que también recordaremos como doctor Watson). ¡La historia se bifurca, se imbrica y se entrelaza hasta en el cine!

Escrito por Javier C. Aguilera
 

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