La noche del demonio, de Jacques Tourneur

11 diciembre, 2012

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“Ahora quiero que de un salto en el tiempo… es la noche del demonio”.

Producción británica de 1957 distribuida por Columbia, La noche del demonio tiene como armazón el relato El maleficio de las runas, de M. R. James (1862-1936 -editado en España por la imprescindible Valdemar), el mejor cultivador de la ghost story.


Por esos vaivenes crítico-lectoriles, que se afanan en repetir los nombres de siempre hasta la saciedad, es James autor no tan conocido, aunque sea igual de estimulante que Poe, Stoker o Le Fanu. Igual podría decirse de Jacques Tourneur, en el sentido de que no solo dirigió un importante corpus fantástico y de terror, sino que es autor de otras obras que conviene ver, tales como Retorno al pasado (1947), El halcón y la flecha (1951) o Wichita (1955), sin desdoro del citado corpus, compuesto por las obras notables que todos conocemos: La mujer pantera (1942), El hombre leopardo (1943) y Yo anduve con un zombi (1943), todas para el mítico productor de la R.K.O. Val Lewton. Una influencia, la de Tourneur, que podemos rastrear en obras posteriores, como La novena puerta (Roman Polanski, 1999): los “defectos” de visión del bibliófilo en la biblioteca pública remiten claramente a La noche del demonio, donde a su vez se dan cita todos esos mitos ancestrales tan del gusto de Lovecraft y, para no quedarnos en lo de siempre, también del gran Ambrose Bierce.


La primera imagen de la película de Tourneur es un plano general de Stonehenge, sobre la que se impresionan los créditos y donde la voz en off evoca los poderes de la oscuridad y la brujería a través de las runas, “la forma más antigua del alfabeto”. El protagonista, el doctor Holden (Dana Andrews), más que un investigador, es un racionalista que rechaza lo sobrenatural. Un escéptico que antes de tomarse la molestia de investigar un hecho, presenta mil razones por las cuales es científicamente imposible. El personaje no puede estar mejor delineado desde el principio; ni que decir tiene que acabará cambiando de opinión: para James-Tourneur, el prejuicio y el inmovilismo nunca fueron una opción.

Bien, el doctor Holden acude a un congreso científico en Londres tras haber conocido en el avión, sin saberlo, a la sobrina de un colega que ha fallecido “en extrañas circunstancias”. Se trata de un encuentro nada edulcorado, como suelen serlo: más bien brusco. Curiosamente, en dicho congreso entablará Holden relación con otros colegas, tan científicos como él, que no se cierran ante “lo extraño”: Holden, que cree saberlo todo porque-ha-escrito-un-libro, se muestra impertérrito frente al torrente de indicios que le presenta uno de ellos.


Sin embargo, junto a la sobrina del fallecido profesor Harrington, Joanna (Peggy Cummins), nuestro doctor se adentrará (¿investigará por primera vez?) en el espinoso mundo de los cultos satánicos. Concretamente, en el de un tal Karswell (Niall McGinnis), afable inquilino de una mansión que responde al eufónico nombre de Lufford Hall. Bajo los ropajes de un filántropo familiar y bien educado (y con mayor don de gentes que Holden, sin familia que sepamos), Karswell hará tambalear los asertos de Holden. “¿Dónde está el límite de la realidad?”, le espeta el presunto brujo, añadiendo “Me gusta ir contracorriente”.

Y como nadie regala nada en este (ni al parecer en el otro) mundo, resulta interesante constatar como Karswell también está sujeto a una jerarquía, es decir, que también tiene jefes (estimulante idea) a los que ha de rendir cuentas como todo hijo de vecino. En pos de una explicación racional, escrita, Holden visitará la biblioteca del Museo Británico, pues basa su razón en lo que pueda encontrar impreso. Como llega a decir, todo lo que no pueda explicarse a través de la ciencia no existe, por tanto, son histerias, alucinaciones, autosugestión u otras taras psicológicas. Pero su visita al Museo le pone tras la pista de un Necronomicón perdido. Así, cuando lo intangible se va haciendo tangible y alcanza este plano de realidad, Holden recibe un pergamino que sella su destino, siendo esta la primera vez que ha de responder con un “no lo sé”.

 
Una somatización que culmina con la controvertida aparición del demonio itself. De hecho, lo que parece molestar, más que su presencia, es la toma de partido por una vertiente, por más que esta viniera impuesta por el estudio para disgusto de Tourneur. Pero recordemos que anteriormente, Karswell ha provocado todo un vendaval, es decir, que la “materialización” de lo extraño ya se ha manifestado. Desde ese momento, la película no es tan “ambigua” como se ha pretendido (¡salvo que creamos en la casualidad, y no causalidad, de la citada tormenta!). De tal manera que para enfrentar la postura de Holden parece necesario plasmar esa otra realidad a través de algo más que indicios y suposiciones; ha de ser constatada, por ejemplo, a través de la icónica figura de un gato negro, o de una mano que asoma furtivamente por el encuadre. Por otra parte, ¿por qué no ha de resultarles real lo que tanto Harrington como Holden ven? Al fin y al cabo solo ellos lo ven (solo las víctimas, que están solas...).

Bien, tras la objetivación, la plasmación de lo improbable -que también posee su cara de farsa: la sesión de espiritismo, representación chusca del fenómeno y mero juego de salón para damas ricas y aburridas-, nada podrá ser lo mismo. Como concluye Joanna, “tal vez es mejor no saber”.


En cualquier caso, lo anteriormente expuesto es una opinión personal con la que no hay que estar de acuerdo necesariamente. Lo verdaderamente importante es subrayar el carácter estimulante de la propuesta (infinitamente más interesante que la reciente e irregular Luces rojas, más que ambigua, ambivalente). 

La noche del demonio puede ser un plato perfecto para una noche de Halloween, además de una obra de obligada visión para todos los amantes del misterio y el buen cine. Cuenta con un guión ejemplar que hace honor al original de Montague Rhodes James (Lovecraft no ha tenido tanta suerte, salvo a ráfagas), además de una contrastada y prístina fotografía, en un expresivo blanco y negro, a cargo de Edward –a veces Ted- Scaife, que otorga densidad a los sólidos encuadres de Tourneur, junto a todo un ejemplo de empleo del sonido en la banda sonora.


Escrito por Javier C. Aguilera "Patomas"


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