Perro blanco, de Samuel Fuller

10 noviembre, 2012

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Cuando se hace cargo de Perro blanco (White dog, Paramount, 1981-doy preferencia al año de realización y no al de estreno), Samuel (Sam) Fuller acababa de regresar al cine con Uno Rojo: División de choque (The big Red One, 1980), tras pasar más de una década (la de los 70) sin (poder) hacer cine. Fuller, realizador de obras tan notables como Yuma (1957), Casco de acero (1951) o Corredor sin retorno (1963), era uno de esos directores de antaño con una visión personal y reconocible, una identidad que basculaba entre el registro realista más descarnado y la impronta metafórica más fulgurante.

El productor de la cinta, Jon Davison, interesado en el potencial atractivo del relato (obra de Romain Gary) de cara a eso que se llama “la taquilla”, contrató a Curtis Hanson, con el que había trabajado en la estupenda Piraña (1978) de Joe Dante, para que puliera el guión junto a Fuller (lo que también explica la presencia del entrañable Dick Miller en una aparición breve, ¡como todas las de Miller en esa época!). El equipo técnico contó además con la fotografía del recientemente desaparecido Bruce Surtees (hijo del mítico Robert L. Surtees), junto a otro elemento también muy apreciado por los aficionados, la banda sonora de Ennio Morricone.

Bien, lo que pasó fue que el guión presentado -y finalmente rodado con consentimiento de la productora-, resultó más controvertido de lo previsto. Lo suficiente para que Paramount, tras un rápido estreno en algunas salas, decidiera aparcar la obra a la que en principio había otorgado su plácet, considerando que sería mal entendida o resultaría incómoda dentro del circuito comercial habitual (plagado por activistas algo virulentos en aquel momento). Digamos que se puso el parche antes de que apareciera le herida, llegando incluso a negar su exhibición en prestigiosos festivales internacionales, donde era bastante requerida.


No fue hasta 1991 que pudo reestrenarse con gran éxito en EEUU. En España, concretamente, llegó a través del circuito doméstico en 1986, con la habitual edición en video (aunque ignoro si llegó a estrenarse en salas comerciales).

Perro blanco ofrece una narración muy atinada, punteada por la imagen desde el principio. Así ocurre cuando la joven July (Kristy McNichol) acude a la clínica veterinaria. Fuller la encuadra con la doctora en determinado momento, dividiendo el plano y refrendando así, a través de la imagen, lo expuesto verbalmente: que para la pareja de veterinarios de la clínica (seguramente, y dada la acidez del relato, para todo el gremio), un perro más es solo puro trámite, una mera cuestión crematística. Otro detalle interesante también lo dice y lo muestra Fuller: la soledad buscada de Julie. Una joven que ha decido vivir en un semi-aislamiento en las colinas, pero sin perder el contacto con el mundo urbano, “real”.


Al poco, otra secuencia magnífica, esta vez en el interior de la vivienda, en la que la cámara adopta una posición subjetiva, que no corresponde al perro como podríamos pensar en principio, sino a un intruso. Secuencia además no desprovista de cierta ironía: el can parece cerrar los ojos ante el espectáculo retransmitido por la televisión (que muestra a su vez otra secuencia violenta, curiosamente en blanco y negro), como espantado por dicha violencia, y molesto por el ruido. Pero Fuller reserva el momento más escalofriante al propio ser humano, en su manera de quitarse los problemas de encima, como comprueba la propia Julie durante su visita a la perrera.

Otros momentos magníficos son la aparición, casual, del policía durante la cena en el centro El arca de Noé, que hace a los comensales sentirse incómodos porque les recuerda su inacción para con la ley (¿la justicia?) después de los acontecimientos acaecidos (trato de nos desvelar mucho acerca de la trama en atención a quien no haya visto la película).


O la visita nocturna de Keys (Paul Winfield), el antropólogo y entrenador que vive de educar animales para el cine, al perro, convertido en auténtico sujeto-paciente destinado a la erradicación de un mal concreto; más el momento aparentemente gratuito del animal en su jaula, solo, y que a mi me recuerda, ¡salvando las distancias!, a aquel plano de Jack Nicholson en El resplandor (Stanley Kubrick, 1980), cuando la locura se va apoderando finalmente de él (ese tercer estado que ha expuesto Keys anteriormente).

O claro está, la propia conclusión del relato, en la que no resulta difícil hallar una metáfora del propio ser humano, que desarticula la sobada posibilidad de que las personas pueden cambiar, como se suele decir.

Samuel Fuller junto al perro del film
Perro blanco, gracias a la labor de Fuller, la aplicación de su estilo, halla en la concreción del resultado la baza de la inquietud. El oficio del cineasta de Massachusetts emerge a través de esa concreción y sequedad; es evidente que se siente cómodo con el material reescrito, ofreciendo la gran película que es, arriesgada, valiente y sincera. Como lo fue el cineasta toda su vida.

Diría que Perro blanco es una obra bien acendrada, una serie “B” ejemplar despojada de toda hojarasca. 

Escrito por Javier C. Aguilera


2 comentarios :

  1. Gracias por este blog como hago para conseguir la banda sonora

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    1. Hola John, te recomendamos buscar en algún sitio especializado en la venta de música.

      Un saludo.

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