Amazing Stories, de varios autores

08 septiembre, 2012

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Situémonos en el tiempo (es necesario para cualquier aproximación crítica a un texto o una obra de arte), concretamente a mediados de los años 20, porque es en estos años cuando la ciencia ficción (CF en adelante) comenzó a gestarse y a difundirse como un género literario independiente. De entre las muchas revistas pulp nacidas al albor de aquellos tiempos en los que mandar un hombre a la luna seguía siendo un sueño fabuloso, una de las primeras y más influyentes fue Amazing Stories, fundada por el inmigrante luxemburgués Hugo Gernsback (1884-1967) en 1926, y cuya impronta se completaba con la maravillosa labor de Frank Rudolph Paul como ilustrador.

Hugo Gernsback, fundador, y Fran Rudolph Paul, ilustrador
Y justo es también mostrar nuestro agradecimiento al editor español Francisco Arellano, que desde hace décadas nos ha acercado a los españoles lo mejor de todo aquel periodo, mundos perdidos, naves del espacio profundo, monstruos pesadillescos y experimentos malditos incluidos. Desde mediados de la década del 2000, Arellano, poco a poco, casi clandestinamente (del yugo editorial ya hablaremos en otra ocasión), pero siempre con rigor y calidad, nos viene ofreciendo auténticas obras maestras de la historia de la CF (y por ende de la literatura) a través de su colección Delirio/La Biblioteca del laberinto. A día de hoy, el catálogo de La Biblioteca es ya extenso; yo diría que indispensable.

Hoy nos ocupamos de uno de los primeros libros que aparecieron en la editorial, el dedicado a los relatos de Amazing stories, donde a cada uno de ellos le precede un texto introductorio acerca de su autor. En uno de estos, el editor comenta como hay que recuperar (pg. 116) como sea esos periodos perdidos, y que está muy contento de poder hacerlo. Que sea por muchos años-luz. Los relatos que conforman la presente recopilación son los siguientes:

Edición de Francisco Arellano
La llegada del hielo, de G. Peyton Wertenbaker, donde una intervención quirúrgica proporciona la inmortalidad, aunque priva al hombre del placer de los sentidos (como le ocurría al desdichado protagonista de la novela de Anthony Burgess La naranja mecánica).

De ese modo, toda la eternidad transcurre sin alicientes, porque, ¿se puede vivir eternamente sin amor, o peor, sin el arte? ¿Y si solo es necesario el amor para perpetuar la especie? Curiosamente, solo el escribir tranquilizará el alma cansada del atormentado y eternamente joven personaje. Todo es pasajero, solo la naturaleza permanece. Contemplarla es contemplar los eones.

Como vemos, ficción pura y dura, trascendente, pero narrada con rebosante amenidad, lo que nos retrotrae a varios relatos de la inmortal serie de televisión The Twilight Zone (La dimensión desconocida). Es la hermosa reflexión que subyace en los mejores (no necesariamente los más conocidos o de moda) relatos de ciencia ficción, pero que, perdón por lo tópico de la imagen, se degustan como un buen vino.

En Los huevos del lago Tanganika, el más que conocido por los aficionados guionista de ciencia ficción, Curt Siodmak (El hombre lobo, El cerebro de Donovan, El regreso del hombre invisible, Black Friday, Yo anduve con un zombi, La zíngara y los monstruos, Son of Dracula, La bestia con cinco dedos, El monstruo magnético, Misterio en la ópera… ahí es nada), nos presenta unos terroríficos monstruos gigantes (no desvelo cuales, porque tiene su gracia). Toda una boutade literaria.

Es El último hombre del relato, o un subgénero, abordado en múltiples ocasiones, con mejor o peor fortuna, origen de múltiples narraciones cuasi utópicas donde las grandes corporaciones controlan la simbiosis del hombre con la máquina. El relato que nos ocupa, obra de Wallace West, no solo está espléndidamente escrito, sino que anda teñido de una fina ironía (“cuando le miro veo un cuerpo que es considerablemente más grande que su cabeza, lo que significa que está dominado por las pasiones animales y que su capacidad mental no es muy elevada”).

El último hombre del relato (en un mundo poblado por féminas exclusivamente) hallará, no obstante, la felicidad con la última mujer “no evolucionada”, atavismos en un mundo hiper tecnificado. Llama la atención la referencia al Nobel Alexis Carrell, en su día hablaremos de él.


Relato en la línea del conocido El día de los trífidos de John Wyndham, La guerra contra la hiedra de David H. Keller, da cuenta del peligro que supone para los humanos una especie de planta, similar a la hiedra, pero con mucha más mala idea. Curiosamente, es llamada “la cosa”, ya que cada fragmento posee vida propia. Resulta entretenido, si bien la exposición resulta mejor que el desarrollo, formularia crónica periodística, eso sí, con todo el sabor twenties.

Con un lirismo y un ritmo envidiable se desarrolla Las ciudades de Ardathia, de Francis Flagg, que nos presenta una presunta sociedad utópica, con sus esclavos correspondientes, y donde la máquina es la deidad. Pero lo mejor de ambos mundos, como se suele decir, luchará por eliminar la injusticia. Todo ello desarrollado a través de una impecable -que no impoluta- atmósfera. Un salto temporal nos acerca a la figura de un redentor (aunque sea frustrado) y al destino de la humanidad 500 años más tarde.

Son evidentes los ecos con la coetánea Metrópolis (Fritz Lang, 1926) y en las posteriores La fuga de Logan (Michael Anderson, 1976), Rescate en Nueva York (John Carpenter, 1981), Blade Runner (Ridley Scott, 1982) o Dune (David Lynch, 1984). Y no es el único relato de este autor que aparece en la recopilación, en El hombre máquina de Ardathia (nada que ver pese a la utilización del mismo nombre), un anciano escritor recibe en el salón de su casa la visita de un ser extraterrestre. El diálogo que se entabla es impagable.


El planeta del sol doble, obra de Neil R. Jones, transcurre en el espacio, en un futuro rematadamente lejano y nos narra la segunda (puesto que dio origen a una saga) aventura espacial del profesor Jameson, descongelado por la raza de los simpáticos aunque inocentones zoronos, en el lugar del título.

Y finalmente, Una visión de Venus, de Otis A. Kline, nos devuelve a un tiempo feliz en que se elucubraba acerca de los habitantes de Marte y Venus. El doctor Morgan contacta telepáticamente con un caballero venusiano, Lotan, indómito Amadís de Gaula, con princesa incluida, en un entorno que parece entresacado de la hammeriana Hace un millón de años (Don Chaffey, 1966).

Saludemos con honores estos auténticos partos editoriales (mientras que en otras geografías se ha publicado todo), que nos permiten, al fin, refrescarnos en una de esas lagunas primigenias que se nos aparecen en sueños.

NOTA BENE: Al lector interesado dejamos que descubra por sí mismo a qué autor de los aquí seleccionados corresponde el mérito de haber sido el primero en emplear la palabra astronauta en un relato de ciencia-ficción (si bien en texto no recogido aquí; en los citados textos introductorios se desvela).

Escrito por Javier C. Aguilera

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