El hombre en el laberinto y La torre de cristal, de Robert Silverberg

25 julio, 2012

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En esta ocasión nos adentramos en el mundo de la ciencia ficción, o para ser más precisos, en el mundo de Robert Silverberg (Nueva York, 1935). Y lo hacemos a través de dos de sus obras más representativas, cercanas en el tiempo (1969 y 1970) y editadas recientemente con tino por la imprescindible La Factoría de las Ideas. Sirvan ambos relatos para rendir desde nuestro Baúl un merecido homenaje a su fantástico autor.

Robert Silverberg
Cronológicamente, la primera obra es El hombre en el laberinto, que nos presenta a una humanidad en expansión y con capacidad de autoregenerarse (para poder aparentar una edad satisfactoria aunque se tengan más de ochenta años, de este modo, la esperanza de vida se ha alargado considerablemente). Un mundo donde la hermenéutica es aplicada a todas las funciones comunicativas. Por contra, hay cosas que no han variado. La hipocresía sigue siendo la única constante en el universo. Y víctima de este mal tan humano es el protagonista del relato, Richard Muller, piloto explorador y embajador terrestre, que contrajo una curiosa enfermedad (no para sí mismo, sino para con los demás, y que lógicamente no desvelaremos), durante una delicada misión de contacto con los habitantes de un nuevo mundo alienígena. Esta dolencia lo convierte en un desterrado, un paria, razón por la cual decide abandonar su planeta, la Tierra, y su gente, para encontrar consuelo en otro mundo, deshabitado pero con capacidad para la vida, y que cuenta con unas ruinas fabulosas repletas de trampas (la ciudad-laberinto), antiguo testimonio de una civilización extraterrestre hace tiempo desaparecida. 


Estos son los antecedentes, pues el relato comienza stricto sensu cuando nueve años más tarde, Muller, aparentemente feliz en su voluntario retiro, lejos del mundanal ruido, recibe la visita de sus congéneres los terrícolas para que nuevamente les preste su ayuda, precisamente debido a la misma capacidad que provocó su rechazo. Así, Muller acaba entablando relación con uno de los viajeros espaciales, el joven Rawlins, un chico puro, aún no contaminado (por esas otras contaminaciónes con la cual los humanos sí pueden vivir), y quien de algún modo, continuará por la senda de exploraciones solares de su héroe. No desvelo nada vital, ya que el relato se centra en los intentos de los expedicionarios por atravesar el laberinto y dar con Muller, en las conversaciones de este con Rawlins una vez establecido el contacto, y en la resolución final del atormentado ex piloto con respecto a la nueva misión que le es ofrecida.

En dicho desarrollo se intercalan los oportunos flashbacks que proporcionan al lector la comprensión de los acontecimientos del pasado. Memorable resulta uno de ellos, la secuencia del hotel a la vuelta de su misión con los alienígenas, un magnífico ejemplo de tensión cinematográfica.

Si Muller, excelente retrato psicológico de su autor, decide ayudar a los de su especie tras haber sido rechazado, o si recupera parte de su humanidad perdida debido a su retiro, son cuestiones que ya dejamos al lector. 


En La torre de cristal (1970) el reconocido autor de Brooklyn nos presenta un futuro no muy diferente, si bien aquí aún no se ha producido aún el ansiado encuentro con una civilización extraterrestre. El hombre ha viajado por el sistema solar, pero es ahora cuando la posibilidad de contactar con otros seres inteligentes es un hecho (a través de los “taquiones”, más rápidos que la velocidad de la luz). En esta coyuntura, un empresario con posibles, Simeon King, construye una enorme antena que él mismo ha desarrollado (la torre) con ayuda de androides, ocurriendo que estos le toman por una deidad, viéndose King forzado a desmentirlo con fatales consecuencias (como todas las revoluciones, parecen justas hasta que se tuercen debido a intereses particulares o partidistas: entre los androides también hay castas). Pues bien, los androides, además de clasistas (el siempre presente orgullo de estirpe), comienzan a mostrar sentimientos (como sabemos, tema desarrollado también por Philip K. Dick un año antes), siendo su catalizador el androide apodado Alfa Vigilante.

Ideas estupendas impregnan el relato, como la de que el hombre necesita motivaciones para poder seguir adelante, ya que siempre ha de avanzar como el pez saliendo del medio acuático por vez primera, como recuerda Simeon King. También tiene cabida en el relato el juego espacio-temporal a través del transportador, y entre las propias personalidades con el derivador de mentes colectivo (objeto este bastante trascendente en el relato), planteándose el eterno conflicto entre caracteres, en este caso entre padre e hijo: Manuel King no llega a comprender realmente a su padre, y viceversa, aunque nunca dejen de quererse. La torre de cristal ofrece además uno de los más sentidos y hermosos finales que recuerdo haber leído.

 
En ambos casos, Silverberg hace gala de su habilidad en el estudio de caracteres, caracteres humanos. El autor desparrama ideas, como en toda buena obra de ciencia ficción, sumamente atractivas a la par de inquietantes, ya que por ejemplo nos presenta a Muller, muy a pesar suyo, como un condensador de los anhelos y las frustraciones humanas. De igual modo, nos recuerda el autor que de poseer la capacidad telepática, los humanos no podrían convivir los unos con los otros. ¡Demasiada sinceridad sería fatal! Y no por real resulta menos aterradora aquella definición del mismo personaje cuando recuerda que existe en la Tierra una necesidad histórica: la de cometer una traición por el bien común de cuando en cuando.

A través de una prosa concisa y elegante, nunca superflua, subyace en estas dos estupendas obras de Robert Silverberg una visión final que tiene mucho de esperanza en las bondades del hombre. No seamos perversos y digamos ¡ciencia ficción pura! Digamos que Silverberg tiene razón. 


Escrito por Javier C. Aguilera

1 comentario :

  1. No sabía quue aún viviera Robert Silveberg. Lo leí hace ya muchos años y me encantó. Isaac Asimov en su segunda autobiografía, tiene un capítulo de admiración para él, pues era su amigo. Yo creo que, entre los novelistas de ciencia-ficción, no ha tenido la fama que merece.

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